Y Federer regresó a Barcelona

El cielo azul intenso y el dulce sol de aquella primavera tampoco quisieron perderse la cita y allí acudían, junto a una central a rebosar, cuando Roger y Rafa saltaban a la pista. Sí, Federer, más de quince años después de su primera y última aparición en Barcelona, había aceptado la oferta de Nadal y del Real Club Tenis Barcelona para que, antes de que se retirase del circuito, disputara un último Godó.

Su “sí quiero” disparó lógicamente la venta de entradas. El público de Barcelona soñaba con una final que ambos jugadores fueron dándole forma con el paso de los días. Así, mientras Rafa hacía sus deberes habituales sobre su arcilla predilecta, Roger, día tras día, fue salvando a auténticos especialistas de la tierra batida, a los que ya sacaba unos cuantos años.

Más de uno podía pensar que lo que Roger había aceptado, jugar en casa de Rafa, era toda una encerrona. Sin embargo, fuera de la pista, Federer tenía mucho que ganar. Volver a Barcelona, disfrutar de la ciudad, sentirse arropado en uno de esos pocos clubes con solera que todavía perduran en el circuito. Y lo que es más importante: sobre la pista, tampoco tenía tanto que perder. Lo importante era cumplir con su rol de favorito y plantarse en la final. Y allí… aunque sus cara a cara con Rafa (sobre todo en tierra) eran demoledores, le atraía el desafío. Porque precisamente cuando uno ya lo ha ganado todo como Federer (17 Grand Slams, Copa Davis…), este tipo de citas quizás cobran más interés humano o poético que estrictamente deportivo.

Por eso el suizo, cada vez más abierto a expresar sus sentimientos, parecía sonreír durante los prolegómenos del encuentro, en los que el speaker se encargaba de recordar que estaba a punto de dirimirse una batalla entre dos auténticas leyendas. Que sumaban cientos de títulos y miles de golpes para enmarcar pero que hacía mucho que no se veían las caras a uno y otro lado de la red. Y menos en una final.

A la hora del sorteo, las bromas volvieron a aflorar entre dos amigos que nunca tuvieron un mal gesto hacia el otro, para maldición de los que siempre buscaron una sucia rivalidad entre ambos. Pero, tras un intensísimo primer set que cayó del lado de Rafa, Roger se puso serio y supo enderezar el rumbo del partido, sacando su mejor repertorio para doblegar a Rafa y llevarlo a un tercer y definitivo set. Más no se podía pedir.

Y es que Roger no había venido a claudicar fácilmente ante Rafa, por mil piropos merecidos que hubiera recibido el mallorquín por su gestas logradas en tierra. Ni había venido a hacer turismo ni se iba a arrugar en toda una final. Forzando aquella última manga, venía a decirle a Rafa que no quería retirarse sin un Godó en su palmarés. Y que, por muy mal que se le diera enfrentarse a aquel maldito zurdo que no le había permitido triunfar en Monte Carlo o que solo le había dejado llevarse una Copa de los Mosqueteros en Roland Garros, a él no le gustaba perder ni a las canicas. El problema es que su amigo, el de enfrente, también odiaba perder.

¿Se imaginan el desenlace?

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