Xavi en tiempos revueltos

Cuando el Barça despertó resacoso tras años de fiesta, encontró en Xavi su principal dolor de cabeza. El motor de Terrassa, ese jugador que podía revolucionar un partido a su antojo para luego dejarlo en punto muerto, se encontró de repente apeado de la élite competitiva. Esos rivales que, a pesar de estar advertidos de lo que se les venía encima, seguían cayendo hipnotizados a sus pies hallaron el antídoto, que no fue otra cosa que dejar actuar al único veneno para el cual no hay remedio, el veneno con el que todos nacemos y que va ganando terreno con cada segundo que transcurre.

Para el puesto de Xavi opositaron numerosos sucesores y todos fracasaron, quizá porque el rey aún no quería abdicar, quizá porque no eran los adecuados para el puesto, quizá porque no les dejaron desarrollar su versión en lugar de pedirles una vulgar imitación o quizá por un poco de todo ello. Con la llegada de Luis Enrique y ese feo, feísimo, final de temporada ante el Atlético de Madrid, pareció que el de Terrassa iría en busca de nuevas tierras y nuevas culturas como su compañero Víctor Valdés, aunque por razones distintas: los reyes no van al banquillo.

Al final no fue así y, fuese por lo que fuera, el 6 empezó otro año más en el club de su vida. Lo comenzó desde otro punto de vista, uno al que estaba poco acostumbrado y al que quizá le gustará acostumbrarse en un futuro, y poco a poco cambió las tornas, volviendo al césped e incrementando su cuota de minutos junto al avance de la temporada. Un sistema que no acababa de cuajar y un centro del campo que desaparecía sin oponer resistencia obligaron a Luis Enrique a recurrir a una solución de lujo y, sin embargo, una a la que no le hubiera gustado atenerse cuando el sol de verano vio nacer su proyecto.

Cada partido cuyo signo cambia Xavi es un fracaso de Luis Enrique, un fracaso que asume gustosamente porque le compra tiempo y oportunidad. Xavi no contaba desde la primera rueda de prensa y, ya metidos en abril, se ha alzado como uno de los jugadores más decisivos del equipo aunque sus minutos sean pocos, aunque su presencia en los partidos importantes se vea reducida pues Luis Enrique considera (en mi opinión acertadamente) que su fútbol no va a doblegar a los mejores conjuntos de Europa. No obstante, para el resto de partidos, Xavi es un arma tan preciosa como precisa para un conjunto que depende en exceso del estado de forma de Messi y en cuyo centro del campo aún no ha surgido una figura con personalidad suficiente como para tomar las riendas.

La media hora que juega Xavi en Vigo no entrará en su extenso material de highlights al final de su carrera. El de Terrassa no practicó su mejor fútbol ni recordó al tirano que una vez fue. Ni falta que hizo. Xavi dio discurso a un equipo mudo, un discurso que a día de hoy ya se hace algo pesado y repetitivo, pero que sigue siendo efectivo cuando nadie más se atreve a alzar la voz. Su salida proporcionó al Barça una idea y a ella bien que se aferró hasta conseguir el gol y la victoria, esos tres puntos que darán una semana más de calma y poso a un técnico que necesita a su Xavi, aunque no se llame tal o practique un fútbol antagónico al egarense, un jugador que sepa hacia dónde sopla el viento en cada momento o, en el caso ideal, que sea él el que sople. Mientras tanto, cada partido en el que el técnico del Barça tenga que echar mano de Xavi será admitir que algo no está funcionando. Y esto no es lo que ningún técnico quiere pensar en abril, por mucho que, de momento, el Barça tenga una vista privilegiada de sus problemas.

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