Be water, my friend

No te establezcas en una única forma, adáptala y construye la tuya propia y déjala crecer, sé como el agua. […] El agua puede fluir o puede chocar. Sé agua, amigo mío (Be water, my friend)”. Estas frases, pronunciadas por Bruce Lee en su última entrevista en televisión, resumían tan adecuadamente la filosofía del artista que se convirtieron en un filón irresistible para la publicidad. El producto a anunciar era lo de menos, aunque este tuviese una forma bien establecida y no fuese lo más inteligente probar de chocar como el agua con él. Esas palabras, por su fuerza, lograrían llamar la atención de cualquiera que estuviese cerca de un televisor, el objetivo primordial de las agencias de publicidad.

Puede ser que el actual técnico del Barça también girara la cabeza al escuchar a Bruce Lee en la televisión. Puede ser que entonces esas sentencias se le quedaran grabadas a fuego en algún lugar de su mente. O quizá haya que hacer caso a la navaja de Ockham y buscar la explicación más simple, que coincide con una de las citas que hicieron célebre al escritor norteamericano Dale Carnegie: si la vida te da limones, haz limonada.

El equipo que heredó Luis Enrique tenía una forma muy bien definida, un contorno que conocían en toda Europa y que, aún así, siempre encontraba formas de sorprender al espectador. El tiempo fue volviendo romas las armas que abrían heridas cuyas trayectorias desangraban al rival y la erosión se encargó de distorsionar una figura que enamoraba a primera vista. Cuando esta llegó al entrenador asturiano, estaba tan deformada que resultaba prácticamente irreconocible. Empeñado en palabra y no tanto en mente, Luis Enrique empezó a pulir los costados con la esperanza de recuperar el pasado. Cansado de perseguir el horizonte y con la erosión que había arruinado lo que él trataba de enmendar amenazándolo con seguir el mismo destino, el asturiano parece haberse hecho propias las palabras de Lee.

El Barça que vimos ayer contra el Atlético fue como el agua, chocando en la primera parte y fluyendo en la segunda, adoptando una forma que aborrecía hasta hace no mucho durante cuarenta y cinco minutos y transformándose en un equipo acompasado y suave en los restantes. Fueron dos actuaciones tan diametralmente opuestas que no hubiese sorprendido encontrar once nombres distintos en el campo. Sin embargo, el Barça, ese equipo que se daba de bruces contra el muro una y otra vez -y que solía tirarlo en la mayoría de ocasiones-, optó esta vez por usar las catapultas y danzar alrededor de las ruinas cuando la batalla ya estaba decidida, absorbiendo con una fascinante calma los últimos estertores del adversario, calma que, otra vez, contrastaba con el fuego del primer acto.

Quizá ese pragmatismo, esa exhibición cerebral, no sirvan para conquistar alguna de las escaramuzas que se dirimen en noventa minutos y puede que ello le cueste al equipo la guerra en mayo. Sin embargo, después de tres victorias en tres partidos ante el conjunto que había asombrado a Europa el curso pasado, tras apropiarse incluso de algunas de las armas de estos, no se puede ser más que optimista respecto a las posibilidades de los azulgrana de levantar el Santo Grial. Sería la quinta vez, pero, a su vez, la primera.

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