A vueltas con Messi y Ussía

La verborrea es un mal muy extendido. Somos muy dados a opinar sobre cualquier cosa y a juzgar a todo el mundo sin el más mínimo rubor, se llame Obama, Rajoy, Messi, Gasol o Mourinho, sea rey, papa, presidente de la comunidad de vecinos o deportista de élite. Todos, en mayor o menor medida, ‘rajamos‘. Todos, incluso quien escribe esto; de hecho, aquí va un ejemplo.

La tecnología nos ha abierto un infinito mundo de posibilidades para comunicarnos y para lograr que lo que digamos, escribamos o contemos llegue hasta el más recóndito de los rincones del planeta. Internet es tan generosa, tan democrática y universal que incluso aquellos que cimientan sus opiniones sobre ideas y pensamientos propios de los años 50 del pasado siglo tienen su altavoz para quien quiera escucharle.

Y claro, en aquellos años oscuros del antiguo régimen, disparar era gratis para unos cuantos. Hoy se puede decir en tono despectivo que Messi sería poco menos que un enano de circo sin el club que le acogió y le formó sin que ocurra nada. Se le puede acusar de dopaje (nandrolono, le llama) disfrazando con una retahíla de adjetivos una pedantería de manual y nadie levanta un dedo. Es más, se puede verter un torrente de insinuaciones y calificativos despectivos para finalmente, en el mayor de los cinismos, acaba diciendo que todo “se la refanfinfla”.

El autor del artículo en cuestión –hijo del conde de los Gaitanes, sobrino del militar Jaime Milans del Bosch y Ussía y concuñado de Juan Antonio Samaranch Torelló, marqués de Samaranch– tiene la costumbre de mirar por encima del hombro a quienes cometen la tremenda osadía de no tener en su nombre más de 4 apellidos aderezados con un guión o una conjunción copulativa. Sobrado por naturaleza –o rancio abolengo, elijan ustedes–, incluso se atrevió a postularse como candidato a la presidencia del Real Madrid en 1991, aunque acabó siendo derrotado por Ramón Mendoza en un síntoma claro de que, pese a los tejemanejes del fútbol, el aficionado merengue de la época tenía dos dedos de frente.

Desde su atalaya de La Razón ¿dónde, si no?, a Ussia le gusta llamar la atención, puesto que a nadie con tantas ínfulas le apetece que su nombre pase inadvertido. Prolífico autor de libros –solo superado, tal vez, por César Vidal, otro adalid de la tolerancia– el personaje en cuestión se divierte del mismo modo alentando al ejército para que intervenga en el País Vasco que descalificando a un futbolista con formas propias de la fauna de ‘La escopeta nacional‘ carentes, eso sí, de la gracia berlanguiana.

De hecho, lo que se destila del artículo de Ussía es –y me perdonarán por la vulgaridad propia de quien en esta vida solo ha logrado un nombre compuesto, triste sino el mío– esa expresión que tanto gustan de usar los argentinos: “la tenés adentro, Alfonso“.

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