Volando como Roland Garros

Son muchos los niños que, al ver un avión, acumulan en su cabezas mil y una fantasías. De ahí que muchos confiesen que, de mayores, quieren ser pilotos. Yo, de pequeño, cuando la final de Roland Garros estaba a punto de comenzar, pensaba: ojalá tuviera un avión, ahí, aparcado en la puerta de casa, para que me llevase a París en un periquete y poder ver el partido. En primera fila, claro. Siempre se ha dicho que soñar es gratis. Y vaya cómo lo hacía.

Esfumado el sueño del avión, clavaba mis ojos en la televisión para disfrutar del partido más emocionante de la temporada de tierra. Por eso recuerdo con facilidad los cortocircuitos que provocó el juego de Chang en el poético Edberg y en el milimétrico Lendl. La lluvia que socorrió a un desconocidísimo Courier. El corazón que Kuerten dibujó en la pista. El ansiado triunfo de Agassi. La amarga locura del Gaudio-Coria. Y, cómo no, lo que me hicieron saltar del sofá Bruguera, Berasategui, Moyà, Corretja, Costa y Ferrero.

En 2005 vivía en Francia y durante toda la primavera intuía que aquel chaval llamado Rafa Nadal haría cosas importantes en París. Así que allí me planté. Para verlo. In situ. Mi primera vez en Roland Garros. Y sin avión.

Recuerdo lo que le dije a mis amigos. “Es muy probable que le gane a Federer en semifinales. Si le gana… se llevará el torneo“. Pensaban que fanfarroneaba.

Volví tres años más tarde. Ya vivía de nuevo en España, así que esa vez sí que volé expresamente a París. Pero sabía que Nadal no me decepcionaría. Sin entrada, cuando logré que un reventa aceptara mi oferta ya había empezado el partido. Un trabajador del acceso al torneo me dijo: “Ya van 6-1“. Era increíble que Rafa hubiera arrancado con semejante contundencia. Y lo cierto es que fue una final corta y abultada. Al día siguiente, tomando un café y leyendo L’Équipe, parecía que fuera de las personas más felices que se había despertado en aquella mañana parisina.

Han pasado los años y sigo clavando los ojos en esas pistas rojizas en las que muy pocos privilegiados han triunfado. Pero que tan felices nos han hecho a los que nos parece una delicia esto de salvar una red con una pelotita amarilla. Algo tan sencillo como mirar al cielo y pensar que uno, con el tiempo, será piloto. Para ser quien atraviese las nubes, a los mandos de un avión.

PD. Roland Garros fue un aventurero francés que pasó a la historia por ser pionero de… la aviación.

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