Vivos y sin esperanza

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Apenas dos años después de ganar la primera Champions League en más de una década y sólo uno antes de ganarlo todo, Laporta se presentaba en abril en un congreso de peñas barcelonistas más cuestionado que nunca. Allí dejó una de sus frases más célebres, recordando que el club seguía vivo en todas las competiciones. Las señales eran de todo menos positivas, pero el monitor de las constantes vitales seguía ofreciendo su monótono pitido tras cada semana. Como cabe esperar cuando se pasea al filo del abismo durante demasiado tiempo, la fuerza de la gravedad acabó engullendo al equipo que devolvió la sonrisa a los culés y se llevó por delante al que la personificaba.

2008 es un año que provoca sentimientos contradictorios en el barcelonista. Fue un desgarrador adiós y un inesperado hola. No estábamos tan mal, tal como Laporta decía, aunque ni él posiblemente hubiese soñado que estábamos tan bien como en la segunda mitad de 2008. Esos tiempos, hasta hace unos meses, parecían pertenecer a un pasado lejano, un sueño al que se intenta devolver a la vida en los primeros minutos de la mañana. ¡Incluso se reclama la vuelta de Joan cuando se quedó a un 6% de ser expulsado en el alba del mejor equipo de la historia! En un macabro giro del destino más propio del eterno retorno del que hablaba Nietzsche, 2014 vuelve a ser 2008.

¿Puede ser 2014 un cuento de dos partes como lo fue 2008? Como ocurrió hace seis años, nadie apostaría por un triplete a catorce meses vista. Hay diferencias significativas entre ambos periodos: el fichaje del momento, Neymar, está ascendiendo un pico que los seguidores esperan que llegue hasta donde el oxígeno escasea, mientras que Henry empezaba a distinguir el decorado del horizonte. Los paralelismos entre los genios, Messi y Ronaldinho, comienzan y acaban en el común «¿qué diantres le pasa?«. Leo, un Maradona en dosis semanal, nada en una aparente apatía de la que no se conoce huevo ni gallina. ¿Es el equipo la causa o la consecuencia? A Martino no le precede el pasado de gloria de Rijkaard, aunque su gestión de los onces y cambios provocan que muchos aficionados tengan que frotarse varias veces los ojos para no ver al afable holandés de mirada perdida en el banquillo local. El problema de Xavi es ahora, por desgracia, de piernas y no de cabeza. Y el referente espiritual del equipo, el eterno capitán, ya no se va a desgañitar más con 4-0 a favor en el minuto noventa en cuanto la siguiente temporada se dé por iniciada.

El mayor cambio, sin lugar a dudas, no se halla en el campo. Hay que mirar hacia arriba para localizarlo. A falta de una sorpresa que sería tan mayúscula como bien recibida, es altamente probable que el Barça acabe la temporada con ningún título más en las vitrinas o con el trago amargo de la Copa del Rey. Partiendo de esta premisa, en 2008 había un plan. Tan arriesgado como jugar a la ruleta rusa, pero definitivamente un madero al que agarrarse. Si se volviese a dar la misma situación, lo más seguro es que el escenario hubiese sido completamente diferente al de mayo de 2009. Era tan complicado tocar las teclas adecuadas que la faena de Guardiola fue más equiparable a la de un compositor clásico que a la de un entrenador de fútbol. Entonces, sin embargo, contaba con el aval de un Laporta tan tocado socialmente como firme en sus decisiones. ¿Ahora? El presidente electo dimitió, dejando al club en los juzgados, y su sucesor es un ingeniero especializado en la construcción de castillos en el aire. Su sonrisa calmada se encuentra en el polo opuesto del furioso «¡al loro!» de Laporta y parece más preocupado por alzar un nuevo feudo que por llenar el que tiene. Quizá para el club sería más rentable, económica y deportivamente, pararse a buscar los polvos que han traído estos lodos que enfangarse en un proyecto que, sin alma en el césped, se antoja la más lujosa de las pirámides.

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