Viuda del Barça eterno

El fútbol es un juego relativamente sencillo en sus principios. Su interpretación, por el contrario, se presta a la más grande de las subjetividades. En el caso del Barça, uno tiene la impresión de formar parte de la mayor de las familias “subjetivas”, de un hogar en el que habitan sensibilidades distintas y que, de tan trasversal, roza la esquizofrenia.

Ver un partido del Barça de Martino me provoca sensaciones agridulces. Por un lado, la incontestabilidad de los resultados debería hacerme sentir más que satisfecho; por otro, el modo de lograrlos hace que me asalte la nostalgia de un tiempo pasado, sí, pero no lo suficientemente lejano como para haber caído en el olvido. El Barça actual me nutre y me alimenta, pero no consigue saciar mi apetito de fútbol.

Porque el fútbol que lo logra es el que tuvimos y se ha ido. El que obtenía resultados pero te hacía gozar también en el trayecto. El que te ponía en pie sin necesidad de haber marcado un gol. El que ni siquiera se planteaba la posibilidad de echarse atrás después de adelantarse en el marcador. El del Barça de pantalones rojos que triunfó en Wembley con una masterclass nunca vista hasta entonces.

Aquel fútbol ya no está. Se fue con el entrenador y con la edad de los futbolistas más determinantes de aquel equipo, con la autocomplacencia de algunos de ellos que, aún hoy, se permiten el lujo de dar arrogantes lecciones a la afición acerca de la historia y del carácter del club. Y se ha ido también ¿por qué no decirlo? por la ineptitud de los dirigentes a la hora de incorporar nuevas piezas que ayudaran a perpetuar aquella esencia el máximo tiempo posible. Aquel Barça, como escribió no hace mucho Ramiro Martín, nos dejó viudos a muchos.

Leer las columnas de muchos colegas periodistas hace que me plantee si realmente veo lo que hay o, por el contrario, vivo en una suerte de caverna platónica desde la que lo único que percibo son sombras, proyecciones distorsionadas de lo que en realidad anhelo. Quizás las lágrimas no me dejen ver las estrellas, esté ciego de nostalgia y, como ocurre cuando se esfuma aquel primer amor de adolescencia, sólo sea capaz de añorar lo que no tengo. Y quién sabe si tal vez el tiempo rompa sus reglas conmigo y, en lugar de sublimar lo pasado, me ayude a adaptarme y a ser más pragmático.

No sé qué ocurrirá, de modo que mientras llevo el duelo lo mejor que puedo, no me queda más que confesar que, efectivamente, yo también soy una viuda del Barça eterno.

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