Fútbol y mentiras

A Josep María Bartomeu, que aparca su coche en el interior del Camp Nou, Travessera de les Corts, Riera Blanca, Arizala, Felipe de Paz, Emerita Augusta o Comandant Benítez le deben sonar apenas como calles adyacentes al estadio del Barça. Él, como el resto de directivos del club, como el 99 por ciento de los periodistas que acuden a los partidos, llegan por Diagonal, bajan por Arístides Maillol y entran sus vehículos ajenos a todo lo demás. Otros llegan por Travessera y entran por Maternitat. Nada de a pie.

Cuando Lluís Miquel Venteoinspector de los Mossos y coordinador de seguridad del Camp Nou, avisó el lunes que la directiva del Barça «no hace todo lo que debería hacer», sabía de qué hablaba. Y choca que sus palabras sean contestadas con la ligereza que se ha escuchado o leído a partir de ahí, descalificándole o pareciendo reducirlo todo a una rabieta, un ataque de protagonismo o de celos. Porque Venteo, se supone, sí conoce lo que pasa en los aledaños del estadio. Los Mossos sí saben de esa realidad incómoda.

La violencia, o ausencia de ésta, el miedo escénico o la incomodidad no se reduce solamente a escuchar con más o menos asco los gritos desafiantes y maleducados que surgen del gol sur del Camp Nou dedicados a los ‘infieles‘ y desgraciados que no profesan la religión barcelonista. Va más allá y empieza lejos del graderío. Allí donde Cerezo tuvo la osadía de proclamar que «no tiene nada que ver con el fútbol» porque también debe desconocer lo que pasa por el Paseo de los Melancólicos, la calle San Epifanio o el Paseo de la Virgen del Puerto.

Cambiar de acera, esquivar botellas vacías de cerveza y andar con cuidado para no tropezar con un grupo de exaltados gritones a las puertas de cualquier bar cercano al estadio es un deporte arraigado en este fútbol suyo. Y de riesgo, descontrolado y más o menos peliagudo, en el caso de acercarse al campo con una simple camiseta o bufanda del equipo rival. De las bromas que puede el atrevido escuchar a los desafiantes insultos media solo un paso y de ahí al puñetazo poco más.

La directiva del Barça proclamó que «las familias que vienen al Camp Nou pueden estar tranquilas porque no corren ningún tipo de riesgo» y así lo recogieron los medios sin preocuparse, ¿para qué?, de la realidad diaria en las cercanías del estadio. Simplemente porque no la conocen, porque no tienen ni idea y pasan de los canapés en casa a los canapés del palco unos y de la redacción a la tribuna de prensa los otros.

Ellos escuchan cuatro gritos en el gol sur… Algunos hasta sonríen, y siguen a la suya. Sin caer en la cuenta de que ese centenar de tipos que gritan en el estadio son fácilmente medio millar, o más, en sus cercanías antes de los partidos.

Todo sigue siendo una mentira. Y el descerebrado que murió en Madrid el domingo (porque él iba a matar y acabo muerto) provocará, lo ha hecho, que todos se rasguen las vestiduras proclamando su intención de acabar con todos estos sucesos. Pero dentro de dos semanas se seguirán escuchando los mismos gritos en los estadios y continuarán las mismas escenas alrededor de ellos antes de los partidos.

¿Dos semanas? El domingo hay derbi en el Camp Nou. Sería interesante que Bartomeu, alguno de sus directivos o algún periodista que tanto proclaman que el estadio azulgrana es lo más seguro del mundo mundial, hiciera el experimento de invitar a algún amigo o conocido periquito al partido. Y que este hincha del Espanyol fuera con su hijo o amigo tan contento al campo a pie, con su bufanda o camiseta blanquiazul.

Menuda chorrada. Menuda mentira. Menudo asco.

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