Ildefonso Urízar Azpitarte era un árbitro al que le gustaba el protagonismo. Decía que prefería arbitrar un Barça-Madrid antes que cualquier final, por la grandeza y el ambiente de estos partidos. Había estado recusado por el Barça (cuando se permitía a los clubs vetar a árbitros) después de un partido de Liga contra el Atlético, por expulsar a dos futbolistas azulgrana. Obtuvo el indulto por las buenas: Soriano Aladrén enfermó y no pudo arbitrar un Sporting-Barça y para allá se fue Urízar por la cara. “Me llamó José Plaza y me dijo: “ya sé que estás recusado, pero no digas nada. Te presentas allí y arbitras. Que digan lo que quieran, la responsabilidad es mía”. Así actuaba el colegio de árbitros con el F.C. Barcelona.

Pero al entrenador culé -por entonces Menotti– le pareció correcto el arbitraje y el Barça le levantó el veto a Azpitarte.

Años después, el cinco de diciembre de 1990 – hoy se cumplen veintitrés años- se jugaba en el Camp Nou el encuentro de ida de la Supercopa de España. El Real Madrid ganaría por 0-1 un partido muy caliente. Con el 0-0 en el marcador, a punto de acabar la primera parte, Hristo Stoichkov recibió -o no- una falta de Chendo enfrente del banquillo azulgrana, que el árbitro no señaló. Cruyff se quejó airadamente y Urízar le expulsó. Las quejas de Hristo también le costaron la tarjeta roja y entonces el genial pero temperamental delantero búlgaro le propinó un pisotón que le costaría dos meses de sanción.

Unos meses después, ambos firmarían la paz en una tertulia que organizó el diario Marca. El colegiado le ofreció su casa cuando viajase a Bilbao. Por su parte, Stoichkov le dijo que “los problemas que tengo con los árbitros son por el idioma, seamos amigos, ¿vale?” y se dieron la mano.