#UriRoad2Berlin. Crónica personal del Maratón de Berlín 2015

Segundas partes nunca fueron buenas, el refranero es sabio y hasta el profeta lo avisó. Hace justo un año cumplí uno de los sueños de mi vida: correr el Maratón de Berlín (el Maratón de mi vida) y conseguir una gran marca en el mismo, 2 horas, 45 minutos y 42 segundos, que significaron batir el récord del mundo, ¡mi récord del mundo! Las sensaciones y la alegría que sentí fue tan intensa que todavía hoy emociona recordarlo.

Pero la avaricia rompe el saco, seguimos con el refranero que mucha moral no da precisamente. Con el deseo de volver a experimentar esas sensaciones, decidí regresar e inscribirme de nuevo en el Maratón de Berlín en su 42 edición. Pero claro, uno no vuelve de nuevo a Berlín a repetir marca o pasearse en busca de una marca peor, decidí subir la apuesta, intentar bajar 43 segundos mi marca, un sub 2h45. Casi nada.

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Mejorar una marca de este calibre solo se puede conseguir mediante la variación con respecto al año anterior de los entrenamientos para que las piernas y el cuerpo se acostumbren a un ritmo más alto sin llegar a desfallecer. Sin entrar en detalles aburridos solo mencionar que esta vez Andreu (mi entrenador) me planificó en vez de 2 semanas de carga y una de descarga, 3 de carga y una de descarga. Caña al mono que es de goma.

En esta segunda edición gano en la previa un tanto por ciento muy alto de tranquilidad que no tenía en la anterior, me refiero a la logística que la tengo más que controlada del año anterior: los vuelos con salida viernes mañana y vuelta domingo tarde, el mismo hotel que me fue de lujo el año anterior, las conexiones con el transporte público, la feria del corredor, restaurantes para comer pasta, etc.

Me sorprende lo tranquilo que estoy en los días previos, no me cuesta dormir y no pienso demasiado en lo que me espera el domingo. Durante la semana hago la tradicional dieta disociada, de lunes a miércoles solo proteína y a partir del jueves, hasta sábado noche, hidratos por un tubo, es decir, comer pasta hasta aburrirla.

El último entrenamiento serio va muy bien, el miércoles por la noche dos series de 3.000 m en las pistas de atletismo de Mataró a un ritmo de 3’50” el km, este debe ser más o menos el ritmo de la carrera y tengo muy buenas sensaciones, las mismas que me deja el masaje de descarga que me hace el jueves por la mañana el fisio de confianza. Por primera vez me hace tratamiento de acupuntura, un tibial excesivamente cargado requiere un pinchazo. A pesar de la angustia, quedo contento de cómo hemos puesto remedio a un dolor camuflado que podría haber dado mucho la lata el domingo de marras.

Nada más llegar a Berlín, voy con la maleta a cuestas hasta la feria del corredor, quiero quitarme cuanto antes la gestión de ir a buscar el dorsal y todo el material que te suministran para evitar las aglomeraciones del viernes por la tarde. La feria es espectacular, enorme, no se acaba nunca. Ubicada en el mítico aeropuerto de Tempelhof, ahora ya cerrado que se utiliza para eventos de toda índole, los hangares donde antes había aviones ahora se ven remplazados por stands de material deportivo, todo lo que uno se pueda imaginar y más, espectacular.

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Lo importante es el dorsal y rápidamente me dirijo a la zona de recogida. Mi número favorito es el 7 desde que jugaba a básquet y baloncesto (para que lo entienda Sergio Ramos) y me toca el 7707. Toma ya. Todo contento me voy con mi dorsal y cuando me dispongo a abandonar la feria me da un vuelco el corazón. Veo que me han ubicado en el start block H, me han puesto en el último cajón de la salida… ¡la madre que los parió! Como un poseso voy a buscar alguien de la organización que me dirige a una zona donde, en teoría, me lo pueden solucionar. Cabe decir que me correspondía salir desde el cajón B, 2h40-2h50, y me han puesto en el H, que cabreo llevo.

Finalmente me dicen que acredite la marca del año pasado, y le muestro mi marca a través de mi móvil, finalmente todo arreglado pero el susto no me lo quita nadie, si tenía que salir del bloque H cojo el primer avión y me vuelvo a casa.

Poco turismo y mucho descanso, Berlín es una ciudad que me conozco de maravilla por algunas visitas que he hecho en los últimos años por diferentes motivos, entonces me dedico a pasear y comer pasta las horas previas y dormir, descansar mucho. Me pongo a dormir a las 23 horas de la noche. Estoy tan relajado que me empiezo a preocupar, ¡joder, que necesito tensión competitiva!, necesito estar enchufado. En fin, a dormir y punto, que por la mañana toca cascarse un buen maratón.

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Duermo de las 12:00 hasta las 3:30 de un tirón, abro los ojos y me siento tan descansado que me imagino que falta poco o nada para que suene el despertador a las 5:45 que es la hora señalada para levantarse, pues no. Las 3:30 y me tengo que meter en la cama ya con pocas ganas de dormir, descanso y doy alguna cabezadita pero nada más, ya estoy más que activado, los nervios han empezado a salir para no irse hasta la salida de la carrera. Aunque uno sea hombre de costumbres, y en el maratón funciona mucho lo de “lo que va bien no lo toques”, me permito la licencia de hacer alguna variación en la rutina previa a la carrera y antes de bajar a desayunar me doy una buena ducha que me espabila y me refresca, me arreglo como si tuviera un cita, de hecho tengo una cita con el Maratón de Berlín. Me gustó, y pienso incorporar esta nueva rutina en las próximas Maratones, queda dicho.

Desayuno completo y lo que me más me apetece, la manzanilla para preparar el estómago, un plátano, sándwich de jamón dulce, sándwich de nutella y un café bien cargado. Quizás un nutricionista me mataría pero a mi me va muy bien.

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Tener el hotel a 2 minutos andando de Savigny Platz es un chollo, primero porque es una plaza preciosa con mucho encanto y con restaurantes italianos cojonudos. El segundo motivo es que tiene una parada de metro que pasa una línea que en 10 minutos te deja en la estación de Hauptbahnhof (tela el nombre de la parada), la ideal para ir a la salida del maratón.

El día se ha levantado espectacular, mucho fresquito con el sol saliendo tímido de detrás del Reichstag y nada de viento, ¿qué más se puede pedir? Puestos a pedir una liebre no iría mal, ya que no hay liebres por debajo de las 3 horas, para mi gusto uno de los pocos fallos que tiene la organización.

Claro que sin una liebre de la organización uno siempre tiene dos opciones, contactar previamente con algún compatriota que tenga un objetivo similar o dentro de la carrera buscar un grupo que vaya al ritmo que te conviene, o las dos cosas a la vez, ¿porque no?

Previamente, durante la semana previa, contacté con Rafa, leí en el foro de Corredors.cat que buscaba bajar de 2 horas y 45 minutos. Dicho y hecho, tras algunas conversaciones por whatsapp, quedamos que en Berlín empezaríamos la carrera juntos y después ya veríamos, que Dios reparta suerte.

Tensa espera en el Tiergarten, consigo hacerme un hueco en un banco del parque y descansar hasta última hora, estoy ya realmente nervioso y tiemblo de arriba abajo, aunque el frío de la mañana berlinesa también tiene su culpa. Suerte que ya llevo el dorsal puesto desde el hotel sino con estos temblores y los imperdibles me hago una desgracia.

8:15, todo preparado, solo falta dejar el petate en el guardarropa que tengo asignado e ir calentando hasta el cajón de salida, allí he quedado con Rafa pero no aparece por ningún lado, espero los 5 minutos de rigor y decido apenado ir a la salida, ojalá nos encontremos allí pero con tanta gente, complicado.

Calentar en el Tiergarten temprano por la mañana tiene algo de sobrecogedor, será por los múltiples documentales o películas sobre la 2ª guerra mundial y el nazismo que uno se ha llegado a tragar. Tenía la sensación que en cualquier momento un hombre uniformado de las SS saldría de detrás de un árbol y me pediría explicaciones empuñando un arma. Allí dentro entre los árboles del inmenso parque uno le puede dar la sensación que ha ido atrás en el tiempo, ningún signo de modernidad, los árboles altísimos, la bruma matinal y el silencio en mi cabeza.

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Dejo mis películas ya de lado y me dirijo a la salida B (2h50-2h40) una vez dentro y con toda la suerte del mundo localizo a Rafa, ¿como? Ni idea porque no nos habíamos visto nunca antes, pero cruzamos miradas, le saludo y me saluda, como si nos conociéramos de siempre. Hablamos un poco antes de empezar y nos ponemos de acuerdo, ritmos de 3’54” el kilómetro como partida y vamos viendo sobre la marcha.

Empieza la cuenta atrás para oír el pistoletazo de salida y empezar a correr, la adrenalina recorre mi cuerpo a toda velocidad, miro al cielo de Berlín y espero concentrado, empieza la fiesta.

Los primeros quilómetros hay cierta aglomeración, ésta no tiende a desaparecer hasta bien entrado el kilómetro 8-10 de la carrera, donde se empiezan a crear los grupetos de corredores que van al mismo ritmo o bien los corredores que quedan en tierra de nadie, haciendo la guerra solos y por su cuenta, no lo recomiendo.

A nivel personal, los primeros kilómetros discurren sin sobresaltos, a ritmo alto pero prudente vamos con Rafa a 3’52/53″ el km sin perdernos de vista el uno del otro, las sensaciones son positivas con el cardio controlado y las piernas en perfecto estado (solo faltaría tener las piernas jodidas la primera media hora). Berlín sigue como hace un año, el ambiente es extraordinario con una multitud de gente a ambos lados del asfalto que no paran de gritar, multitud también de banderas de todos los países del mundo dan un colorido fenomenal como en las etapas del Tour de Francia, uno se siente por un día como un deportista profesional, alentado por miles de personas, una sensación que no tiene precio.

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pues yo tropiezo muchas veces con la misma, pese a parar de beber 45 minutos antes de la salida y haber orinado dos veces en el Tiergarten, voy corriendo con ganas de mear y lamentablemente no hay otra que aguantarse durante la carrera a no ser que quieras parar 20 segundos y romper el ritmo que llevas parando en una esquina. En fin, otra vez beberemos menos o pararemos de beber antes, ¡yo qué sé!

No me consuela que Rafa también se esté orinado. Encima me dice que lleva un pie dormido, pues si que estamos bien… aunque todo lo dicho da igual porque en el maratón hay que aguantar lo que sea, todas estas cosas son secundarias y de lo que se trata es de correr y correr y correr y después correr, hasta la línea de meta, punto.

Los kilómetros me pasan muy rápido, sensacional noticia, ya he tomado el primer gel energético alrededor del km 10 y vamos de camino hacia la mitad de la prueba, mientras el show alrededor nuestro sigue por todo lo alto. Grupos de música amateur, batucadas, orquestas, cheerleaders, Dj´s, gente disfrazada, etc. Pese a ir concentrado en el ritmo que llevo y el cansancio está presente no soy ajeno a toda esta movida, me gusta interactuar con ellos, saludarlos, chocar manos con niños y niñas, sonreír y levantar el puño cuando alguien suelta un “Visca Catalunya!” “Som-hi!” u otros gritos que ponen la piel de gallina escuchadas tan lejos de tu tierra.

Se acerca la mitad de la prueba y pasamos con un tiempo de 1 hora, 21 minutos y 47 segundos, un poco más rápido de lo previsto con mi compañero de fatigas pero ambos nos sentimos muy bien y no hacemos ascos a la primera parte de la carrera que nos hemos cascado.

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Empieza la fase del maratón más desagradable a mi modo de ver, explico el porqué. Del km 21 al 30 no tienes nada que ganar y mucho que perder. No puedes cambiar mucho el ritmo porque quedan demasiados kilómetros hasta la llegada para aguantar un ritmo más intenso, solo puedes mantener y con el temor siempre presente aunque sea en el subconsciente de que se acerca el temido muro del km30. Se trata de poner el piloto automático rezando para que el cansancio en estos 10 kilómetros no te pase factura y te permitan encarar los 10-12 últimos de la prueba con garantías de acabar en plenitud.

El muro se acerca sigilosamente preparado para castigar a los maratonianos que se han equivocado de estrategia, los que han calculado mal sus fuerzas o el ritmo que su cuerpo podía soportar. El castigo del muro la podríamos definir como aquella sensación que el cuerpo se ha quedado sin gasolina, se va apagando la energía hasta que no queda otra que bajar el ritmo de carrera, y aún así, se sufre cada vez más, los kilómetros pasan muuuuy lentamente, un calvario en toda regla. Los que hemos pasado por ello no lo olvidamos en la vida. Afortunadamente al muro le hago una peineta impresionante, le saco la lengua y le digo “lárgate granuja!” no solo el muro no me ha pillado sino que hago un cálculo de lo que voy a tardar en acabar la Maratón para dar la estocada final.

“Vamos a ver, llevo 1h.58′ de carrera y la previsión es acabar en 2h.44′, me quedan unos 46′ de darle a las piernas, Uri, ¿te ves capacitado de hacer un ligero cambio de ritmo más exigente y aguantarlo durante 46 minutos de sufrimiento?” Intuyo que sí pero no lo sé pero como dicen en la película Le llaman Bodhi –en el riesgo está el placer– “¡a por el marcón!”.

Empiezo a apretar, ya no sigo a nadie, no hay grupos que acoplarse, solo concentración máxima, apretar los dientes y que vayan pasando los kilómetros lo más rápido posible. Empiezo a alcanzar corredores que no me pueden seguir, yo a lo mío con ritmos alrededor del 3’50″/3’48” el kilómetro, salen dolores en las piernas que son la antesala de la lesión pero es lo  normal, la exigencia es máxima y lo único que deseo es que no se rompa ningún músculo que abortaría cualquier intento de buena marca o incluso provocaría un abandono.

31, 32, 33, 34… el público impresionante no deja de animar mientras los kilómetros pasan más lentos de lo que uno desea, la agonía y la fatiga es tal que incluso yendo más rápido la sensación es que el cartel con el siguiente kilómetro ¡no llega nunca, nunca!

De repente una sorpresa mayúscula, Rafa, el compañero de la primera parte del maratón me aparece por detrás, no entiendo nada, me lo imaginaba 200 m lejos de mi y el tío me dice, “venga que vas muy bien!” le animo a seguirme en mi huida loca hacía la meta a ritmo infernal pero se queda atrás y ya no vuelvo a oírlo ni verlo más, me vuelvo a concentrar en mi ritmo, mi agonía, mi sufrimiento y, bueno, también hay lugar para cosas positivas que parece la guerra un maratón y no.

Principalmente lo que te hace disfrutar a pesar del momento de fatiga extrema es sentir que tu cuerpo te responde cuando le exiges un rendimiento espectacular, en esos momentos ves reflejados los esfuerzos de multitud de entrenamientos en los largos 7 meses de preparación, es una satisfacción enorme y de trabajo bien hecho, llevo 35 kilómetros y voy a más estoy pletórico, es una pasada sentirse así. ¿Disfrutar en el sufrimiento? Puede costar de entender pero a los que practicamos deportes agonísticos nos pasa.

Se acercan los últimos kilómetros del maratón, puedo recordar del año pasado las calles que quedan y los giros que faltan, en mi cabeza cuento los kilómetros que faltan como si fueran series de velocidad en las pistas de atletismo de Mataró. Ahora te queda un 5 mil, ahora un 4 mil, ahora un ¡¡¡3 mil!!! Y cuando paso por el kilómetro 40 decido hacer el último 2.000 a tope, todo lo que pueda a muerte hasta la línea de llegada, la respiración se me desboca las piernas duelen pero ¡qué más da! El sufrimiento acabará en pocos minutos. Varios giros y de repente la interminable recta de llegada con la imponente, espectacular, mágica, histórica Puerta de Brandenburgo, coronada con la cuadriga que representa la diosa victoria, ¿qué mejor estampa se puede tener para rematar un Maratón como el de Berlín? Paso entre las columnas de la Brandenburger Tor, y ya solo faltan unos 200 metros hasta la línea de llegada, miles de personas repartidas a lado y lado del asfalto animan a los corredores, una grada a rebosar también jalea los exhaustos atletas que finalizan su Maratón. Mi serie de 2.000 a todo poder está finalizando, en el electrónico 2 horas y 42 minutos y sumando segundos, madre mía… quiero acabar, me abro de brazos mirando al cielo de Berlín, el mismo cielo que observé en la línea de salida, y ¡final! bajo la cabeza me sostengo con las manos en las rodillas y solo puedo llorar de cansancio, de emoción y de satisfacción, estoy exhausto y dolorido pero tan emocionado y ¡tan contento! Poco a poco voy recobrando una respiración más pausada. He vuelto a Berlín, a mi maratón favorito y lo he vuelto a hacer, he vuelto a mejorar mi marca casi 3 minutos, ¿qué más puedo pedir? Me cuelga la preciada medalla una señora mayor mientras me dice una palabras en alemán que no acierto a entender, le doy las gracias y me miro la medalla, cuánto sacrificio para llegar a este momento, cómo la había deseado, con todas mis fuerzas y ya la tenía colgada del cuello, la miro, la beso mientras los fotógrafos me acribillan a fotos, uno de ellos es catalán, ya estaba el año pasado, me felicita y me da la mano, que bueno sentir palabras de aliento en tu idioma y en ese momento.

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Me acuerdo de mucha gente, los que me han apoyado, los que sé que estaban pendientes de que me fuera bien mi reto personal. Mis compañeros, que digo compañeros, amigos de entrenamientos que sin preparar nada concreto se apuntaron a sudar a mi lado codo con codo en muchas jornadas de series durísimas bajo el riguroso sol del verano.

Camino medio destartalado hasta llegar al guardarropa, los voluntarios me reciben con una gran sonrisa y me aplauden al ser de los primeros en llegar a recoger el petate, yo sonrío y les doy las gracias “danke!” no saben lo que llenan estos detalles, la ilusión que provocan.

Me desplomo en el césped delante del Reichtag, busco el móvil entre mis cosas e inmortalizo un momento que quiero recordar siempre, me hago un selfie con mi medalla y con la cara de “ya es mía, lo he conseguido, ¡soy la ostia!” y lo envío/comparto con los míos. Llamada a la familia, les da igual la marca, solo quieren escuchar que estoy bien y si estoy contento, pues estoy contento y estoy bien si no entramos en detalles, porque me duele todo.

Renqueante cojo un taxi de vuelta al hotel para ducharme y recoger la maleta, las simpáticas (y guapas) chicas de la recepción del hotel me felicitan y me dicen que he ganado. Yo les digo que no, que ganar ni de coña, pero me dicen sonriendo que soy el primero del hotel, vaya, al menos soy el primero del hotel, parece ser que no hay premio para el primer clasificado del Hampton by Hilton, que pena.

Antes de ir al aeropuerto quedo con unos amigos, XaviMar, que están en Berlín por motivos diferentes al mío. U2 está en la ciudad para una serie de 4 conciertos y ellos han asistido a dos.

Volvemos en el mismo avión, ellos con unas experiencias y vivencias espectaculares y yo con las mías, ambos con sueños cumplidos e ilusiones que se han hecho realidad, ¿qué sería la vida sin todo esto, sin sueños, ilusiones y retos por conseguir? Cada loco con su tema.

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Caigo finalmente muerto de cansancio junto a la ventanilla del avión, me duermo profundamente y vuelve a girar la rueda, nuevos sueños, nuevas ilusiones y retos a la vista, en mi cabeza la canción de U2 ZooStation, inspirada en la estación de metro de Berlín Zoologischer Garten, con un mensaje que me va como anillo al dedo.

“I’m ready, I’m ready for what’s next”.

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