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¿Cómo respondería usted si la directiva del Barça amenazara con retirarle su abono en el Camp Nou por asistir demasiado poco a su localidad? El Bayern München anunció hace seis días que daría de baja al aficionado que no asista, por lo menos, a ocho partidos de Liga en el Allianz Arena en su localidad de Südkurve –grada sur–, donde se concentra el principal grupo de animación, y mandó una carta comunicando esta decisión a los 5.200 socios que ocupan dichas plazas. Defendió Markus Hörwick, director de comunicación del club bávaro, que “el abono en esta zona es barato, cuesta 140 euros y sale a unos 7 por partido. Hay más de 10.000 personas en lista de espera“.

Dicha decisión parece, a simple vista, un castigo, pero es en realidad una iniciativa de las 30 asociaciones de fans más numerosas del club, con la intención de evitar que los privilegiados en estas localidades asistan sólo a los tres o cuatro partidos importantes. Los propios fans quieren ver el estadio siempre lleno y animando, porque consideran que estar allí ya es suficiente lujo, y más a este precio en un club de tan alto nivel en el mundo, que a mediados de mayo tiene por costumbre anunciar que han agotado sus 71.137 localidades en todos los partidos de Liga previstos para la temporada siguiente.

Con muy mala fortuna obvió Dani Alves, el mismo día en que se tomó esta decisión en la nueva casa de Pep Guardiola, que la sociedad catalana para nada tiene algo que ver con la alemana. La afición azulgrana se tomó fatal que el brasileño disparara contra los suyos, insinuando que “si no vienen al estadio, igual no son tan culers“. Del mismo modo que la premisa principal en Alemania parte de que el público apoya a su equipo de principio a fin y cantará hasta el final sea cual sea el resultado, el público del Camp Nou ha sido y parece que será siempre un reflejo de lo que sucede sobre el terreno de juego.

El aficionado azulgrana asiste al estadio a mirar, como quien acude al teatro, y sufre hasta el punto en que ahora se da cuenta de que quizás no disfrutó lo suficiente en una época en la que creía, iluso de mí, que no acabaría nunca. El aficionado azulgrana es incrédulo en la victoria y calamitoso en la derrota. El aficionado azulgrana es el reflejo de una sociedad más acostumbrada a tener que levantarse para luchar y ver el mundo a sus pies, pero para nada acostumbrado a estar satisfecho. Y dicha sociedad está poco preparada para la victoria, porque siempre ha tenido miedo a perder otra vez. ¿Cómo vas a pedirnos, Dani, que vayamos y animemos, si tras tantos años ya nos conoces? ¿Cómo vas a rogarnos que cambiemos nosotros cuando el motor de esta afición siempre habéis sido vosotros? Si incluso puede que seamos la única sociedad en la que un joven cualquiera puede salir de fiesta convencido de que esa noche no va a pasarlo bien.

Para bien o para mal, Dani, somos así. Hemos probado el mejor fútbol de la historia y ahora añoramos ser el centro del mundo en lo que a este deporte se refiere. Paciencia no nos falta pero, como ya sabrás, nos sobra autocrítica en tiempos de errores, nervios en momentos de desequilibrio y desgana en momentos de desamor.

Albert Bermúdez es periodista.