El mes de enero suele ser un mes especialmente detestado por muchos. Es el mes de desear “Feliz Año” a todo amigo, conocido y saludado, el mes de las resacas post Navidades, el de correr y correr para quemar el turrón, el del frío y el de la famosa cuesta de números rojos. Sin embargo, de entre todas las cosas que nos deparan los primeros 31 días del año hay una que particularmente me aborrece por encima de todas: La cansina, cargante y anodina entrega del Balón de Oro.

El surrealista comunicado del Real Madrid ya nos indicó por dónde van a ir los tiros y todo indica que con los tres finalistas decididos, las maquinarias de unos y otros empezarán a desempolvarse y a coger ritmo para llegar en plena forma al fatídico 12 de enero en Zúrich, momento en el que algo me dice que no hablaremos de otra cosa. Por si fuera poco, parece que en esta edición la disputa va a estar más reñida, por lo que la cuenta atrás puede ser insoportable.

El Balón de Oro representa, simple y llanamente, todo lo que no me gusta del fútbol. El concepto ya de por sí no convence ¿Cómo se puede dar un premio al mejor en un deporte en el que interceden hasta 22 jugadores con puestos tan diferenciados y específicos como un portero hasta un extremo, pasando por un pivote defensivo? Aun así, se puede aceptar que este tipo de actos responden a la parte de show que todo espectáculo de masas requiere. En este sentido, la gala organizada antaño por France Football cumplía con esa función ritual de ver a los futbolistas vestidos con traje y corbata cuando aún no eran hombres anuncio como ahora.

Pero, como en casi todo, tenía que llegar un día en que la FIFA decidiera meter la zarpa y dejar su pegajosa huella en el balón dorado. La excusa era que los periodistas no tenían ni idea de fútbol y que estaban sujetos a presiones, por lo que hacía falta involucrar a jugadores y técnicos para que el premio realmente tuviera credibilidad.

Pues bien, cinco años más tarde el FIFA Ballon d’Or se ha convertido en la versión futbolística de Eurovisión, una especie de circo de los horrores en el que los chupópteros que rodean este mundo se mueven entre bambalinas para hacer y deshacer campañas a favor de uno u otro en función de sus intereses. Esto ha dado lugar a situaciones esperpénticas en los últimos años, como que un jugador pasara en solo unos meses de ser promocionado para optar a mejor jugador del 2012 a quedar relegado en el banquillo.

Además, en la previa de esta edición hemos podido observar cómo el galardón dorado puede convertirse también en arma arrojadiza dentro de este juego de trincheras. El revuelo con las declaraciones de Xabi Alonso sobre Manuel Neuer nos demuestra que postularse a favor de un compañero ya no sólo indica simpatía hacia éste, sino que puede conllevar un dardo envenenado a otro jugador que juegue en su misma posición. De locos.

Que el Balón ya no brilla como antes es un hecho consumado, una realidad que reflejó a la perfección el Subdirector de Mundo Deportivo, Paco Aguilar, en su artículo de renuncia al Jurado del Trofeo: “Por qué ya no voto en el FIFA Balón de Oro”.

Visto el rumbo que está tomando todo lo que concierne a este premio les propongo algo: la creación de una especie de candidatura popular, el soporte masivo a un jugador de virtudes futbolísticas limitadas que asumiera el rol de infiltrado para poner de manifiesto la decadencia en la que ha entrado este galardón. Una mofa colectiva, una burla desde dentro parecida a la que hizo en su día la gente de El Terrat colando a Rodolfo Chikilicuatre con la complicidad de miles de españoles. La idea es a todas luces utópica, lo sabemos. La FIFA tiene restringidos los candidatos a una lista previa y parece improbable que entrenadores y capitanes se prestasen a una bufonada de esta magnitud. Sin embargo, no me negarán que sería impagable ver la cara de Sepp Blatter y compañía al tener que entregarle el Balón de Oro a, por ejemplo, Douglas Pereira dos Santos. Quizás ésta sería la forma de quitarle trascendencia a algo que, por desgracia, hace tiempo que no se merece.