Con la mirada puesta en el Manchester City, Valladolid desapareció de escena. El día después de la debacle en el Nuevo ZorrillaGerardo Martino lo dedicó a sus pensamientos más íntimos y acudió funcionarialmente a la Ciutat Esportiva de Sant Joan Despí como quien está obligado, a su pesar, a cumplir un trámite. Los jugadores debían esperar una bronca, un ánimo, una arenga, una crítica… Algo. Y no encontraron respuesta en su entrenador.

El Barça camina en el alambre, deslizándose hacia el precipicio sin un líder capaz de reconducirle. Lejos quedan los tiempos en que el entrenador daba un golpe sobre la mesa, gritaba a fulanito o señalaba a ojos de todo el mundo a menganito porque en este presente en que los jugadores han tomado el mando del vestuario, no se adivina nadie por encima suyo dispuesto al menos a llevar la voz cantante.

En la hora del éxito nada se sospecha. Golear en Vallecas, a la Real Sociedad, Valladolid o Ajax convierte a los críticos en dudosos primero y en enemigos después. Pero cuando los resutados ya no son capaces de ocultar la realidad y la imagen de Anoeta se ata a la segunda mitad frente al Almería o al Nuevo Zorrilla, el desastre se catapulta al primer plano. Y entonces, cuando las alabanzas se tornan críticas, la desnudez es absoluta.

En el Camp Nou resuenan todavía los gritos de Van Gaal. De Rijkaard algunos recuerdan que no era tan plano de carácter como podía suponerse y de Guardiola quizá sea mejor no hablar. No es saludable en este club referirse a él. ¿O sí? Quizá debiera dejar de ser tabú llamar a las cosas por su nombre o, al menos, referirse a ellas desde la perspectiva de lo poco que se sabe del interior de ese vestuario.

Xavi advirtió no hace demasiados días que los tiempos de Pep no volverán. Debió hablar acerca de la excelencia del juego, pero podría adivinarse más que eso. Contemplarse que con aquel entrenador las bromas en el trabajo eran desconocidas, recordar que al Hospitalet se le ganó 9-0 por “respeto a la profesión” y entender que hubo un tiempo, no tan lejano, en que existió algo llamado la cultura del esfuerzo. ¿Hambre? No sólo hambre, era mucho más que eso.

No es difícil recordar imágenes de aquel entrenador rodeado de todos sus jugadores antes de un entrenamiento cualquiera y es fácil adivinar que después de cualquier derrota, o incluso de cualquier actuación poco convincente, quien les dirigía tuviera unas palabras con todos ellos. Pocas, muy pocas, fueron las veces que aquel entrenador señaló públicamente a ninguno de sus jugadores pero todos ellos se sabían vigilados de cerca las 24 horas del día.

Y hubo ocasiones en que llegaron a Sant Joan Despí temerosos porque sabían de lo que era capaz un tipo que siendo un don nadie despachó a todo un Ronaldinho o que, borracho de títulos, fue capaz de despedir a Eto’o. Aquel entrenador, antes jugador de este mismo club, conocía hasta el más mínimo detalle de dentro y de fuera, controlaba el entorno y no dejaba nada fuera de su alcance.

Y sí. Los futbolistas sentían por él una mezcla de reverencia y admiración que pudo llegar al hartazgo con el paso del tiempo, porque la tensión al final pasó factura en las relaciones de todos ellos. Pero, igualmente, hasta el último día, hasta el último instante, supieron quién les dirigía, quién les lideraba, quién les mandaba. De las cenizas de la gloria se reconstruyó el mejor equipo que jamás existió porque todo el mundo entendió cuál era su cometido y cuál su posición. Y quien no lo entendió, Ibrahimovic como ejemplo máximo, no tuvo cabida.

Ayer, un día después del derrumbe en Valladolid, el entrenador pasó con el máximo disimulo posible por Sant Joan Despí. Nadie advirtió a Alves que está cruzando peligrosamente una línea ni regañó aunque fuera cariñosamente a Xavi por esa escusa del terreno de juego. Nadie se rodeó de la plantilla para preguntar en voz alta ¿Chicos, qué pasa? ni tampoco abrazó a Neymar para darle un coscorrón por su imagen en el Nuevo Zorrilla. Ni le exigió a Messi que sonriera con la mirada altiva y desafiante del pasado o solicitó a Piqué menos vida más allá del fútbol y más dedicación al equipo.

¿Quien iba a hacerlo? ¿Un entrenador que proclama que desconoce su futuro? ¿El técnico que en Anoeta acogió toda la culpa pero después no les trasladó a ellos sus pensamientos? Gerardo Martino, llegado por accidente desde Rosario, aterrizó en Barcelona con lo puesto y se compró en El Corte Inglés un simpático polo pistacho con el que deambuló al abrigo de los resultados con la mejor de sus sonrisas. Pero en cuanto llegó el frío y comenzó a ser puesto en cuestión fue perdiendo la batalla del vestuario de manera evidente.

Los jugadores están con él, que no junto a él. Porque superado por la exigencia, en el momento más crítico, no ha sido capaz de dar un golpe sobre la mesa. Y los futbolistas, que en el fondo de sí mismos deberían esperar esa bronca, esa charla, esa crítica, esa arenga o ese ánimo, se marcharon ayer domingo de Sant Joan Despí sin saber cuál es la hoja de ruta. Porque este Barça, fuera del terreno de juego, no tiene ni líder ni patrón.