Un Barça en busca de rumbo

Uno de los males que ha afectado a las últimas directivas del Barça ha sido la deriva constante a la hora de elegir ejecutivos. Primero ocurrió en el área de comunicación, por donde pasaron en pocos años una larga lista de profesionales que nunca tuvieron fácil su trabajo porque es más que probable que nadie desde la junta les dijera qué querían comunicar. Seguramente porque ni ellos mismos lo sabían.

Siendo importante el área de comunicación, lo verdaderamente crítico en un club de fútbol es el área deportiva. Y esos mismos errores, esa misma indefinición, se contagió en su día a la dirección deportiva, por donde han pasado tres responsables en los últimos cuatro años: Andoni Zubizarreta, despedido por Bartomeu tras la derrota de Anoeta, Robert Fernández y Pep Segura. La figura de Segura, alabada por mucha gente que sabe o dice saber de fútbol, es polémica. Se le acusa de haber implantado una filosofía de gestión que poco a poco ha ido demoliendo el modelo de éxito del Barça, en el que probablemente no crea. Una gestión que, para más inri, debería ser proactiva porque ha coincidido con el adiós de Xavi e Iniesta, con el envejecimiento de la quinta del 87 y con la pérdida de rumbo a la hora de confeccionar el equipo.

La figura de Arturo Vidal, como la de Paulinho anteriormente, es un buen ejemplo de ello. No porque se trate de malos futbolistas, que no lo son, sino porque reflejan la dirección que se ha tomado a la hora de fichar en el centro del campo, verdadero eje sobre el que se ha construido siempre el juego del Barça. Desde la llegada de Rakitic –de enorme clase, gran rendimiento pero diferente escuela– no ha habido una sola incorporación a la media que haya aportado su grano de arena en la reconstrucción del equipo.

Tras la marcha de Guardiola y la muerte de Tito Vilanova, el Barça ha ido mutando poco a poco su esencia. Luis Enrique apostó por un fútbol más directo y alcanzó su cénit apabullando a sus rivales en aquel semestre espectacular de 2015 que se inició con la lamentable derrota en Anoeta y finalizó con el triplete y la victoria en Berlín, pero tampoco el asturiano pudo evitar la decadencia.

Ernesto Valverde ha recurrido al pragmatismo y a la versatilidad y, en cierto modo, ha renunciado a la estética del juego para buscar el resultado. Una opción que le ha bastado para dominar en España pero se ha mostrado a todas luces errónea en Europa, donde ha recibido más cornadas que Padilla, el torero del parche en el ojo. Lo que ocurre con esa forma de trabajar es que si te agarras solo al resultado, cuando éste decide abandonarte te quedas sin nada. Y así, desnudo, están Barça y barcelonismo después de una humillante, vergonzosa y lamentable derrota en Liverpool.

Cualquiera que haya leído la prensa o escuchado la radio estos días habrá percibido que conceptos como ‘intensidad’, ‘físico’ y ‘velocidad’ parecen la solución definitiva a los males del Barça. Incluso hay quien ha dicho que si todos los jugadores hubieran puesto la intensidad de Arturo Vidal no se habría perdido, del mismo modo que decían sin pudor que con el chileno en sus filas, el equipo no habría sido eliminado en Roma.

Y ocurre que, como la memoria es frágil, olvidamos que el gran Barça que ganó las últimas Ligas de Campeones era un equipo físicamente muy potente, capaz de presionar sin descanso al rival para recuperar la pelota y de descansar recurriendo a la velocidad a la hora de mover el balón y de ofrecerse al compañero. Y eso ya no existe. Solo queda Messi que, a base de calidad y de testarudez, ha ido tapando las carencias de un club que va a menos.

¿Qué ocurrirá ahora? La decisión más cómoda para los que mandan sería destituir a Valverde, a quien renovaron hace apenas un par de meses y que se ha visto superado dos años seguidos en la Liga de Campeones. Sin embargo, el enigma que se plantea va mucho más allá del nombre de quien se siente en el banquillo. Convendría decidir si el técnico, sea Valverde o sea cualquier otro, tendrá el apoyo de alguien que decida retomar la senda marcada durante tantos años o se seguirá persistiendo en el error y dando palos de ciego para ver si suena la flauta.

Nadie puede garantizar la victoria en una competición como la Champions League, pero respetar la historia de lo que te ha hecho más grande es el mejor modo de intentar vencer. Y si luego se pierde, porque solo gana uno, queda la tranquilidad de las cosas bien hechas, el dulce sabor de boca de haber sido fiel a tu esencia y no la amargura de quienes vuelven a casa humillados y sin vestir siquiera el invisible traje del emperador.

Foto: FC Barcelona

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