Tolerancia cero

Salvo unas pocas e ilustres excepciones, en España existe demasiada permisividad con los violentos en el fútbol. Desde principios de los ochenta, 11 personas , con la última acaecida en los prolegómenos del Atlético de Madrid-Deportivo de La Coruña, han muerto por alguna incidencia relacionada con el fútbol, unas cifras muy alejadas, por suerte,  del mundo de las ‘Barras Bravas‘ (297 muertos en Argentina), de los ultras italianos o de los hooligans ingleses.

Un aficionado de 43 años de los ‘Riazor Blues‘ encontró la muerte y la Administración, los clubes, la Federación  y la Liga de Fútbol Profesional no pueden mirar hacia otro lado. Una muerte, como tantas otras que podía evitarse, de un padre de dos hijos que recorre media España para acudir a una convocatoria realizada por ‘whatsApp‘ para pegarse y que acaba de la peor de las maneras. ¿Pero quién tiene que tomar cartas en el asunto? Desde la Administración, el ministro Wert asegura que se hace un seguimiento exhaustivo de las redes sociales en prevención de este tipo de encuentros, pero que ésta, en concreto, no se pudo monitorizar al realizarse directamente por ‘whatsApp‘.  La primera cuestión que se plantea es obvia: ¿Había sido declarado el partido de alto riesgo? ¿Qué dispositivo de seguridad se había creado? ¿Qué respeto se tiene por la víctima cuando no únicamente se juega posteriormente el partido, sino también toda la jornada de Liga? ¿Qué responsabilidad asume La LFP? ¿Y la Real Federación de Villar?.

El problema de la violencia en el fútbol nace de la connivencia del poder con los radicales. Un acuerdo tácito que retroalimenta la relación entre ambos. El paradigma se vivió en el Barça de José Luis Núñez. Durante su mandato los ‘Boixos Nois‘ camparon a sus anchas en el Camp Nou, donde disponían de salas para guardar su material, libre acceso a entradas y facilidades en los desplazamientos. Los ‘Boixos’ tenían tal ascendiente en aquel barcelonismo que consiguieron que el club ordenara en dos ocasiones sendos minutos de silencio por la muerte de sus miembros, en una ocasión por un accidente de tráfico y en otra por una sobredosis de droga.

Con la llegada de Joan Laporta a la presidencia del Barça en 2003, todo eso cambió. Desterró a los radicales del estadio y eso le creó multitud de problemas en el ámbito personal. Desde que se hizo cargo del club, los ‘Boixos Nois’ intentaron chantajear a la nueva junta directiva, exigieron dinero y entradas a cambio de un buen comportamiento en el estadio. La primera demostración de fuerza ocurrió en el Gamper de 2003, donde se produjeron lanzamientos de bengalas y un par de radicales fueron detenidos por propinar una paliza a un marroquí en los aledaños del Camp Nou.

La solución llegó extremando los controles de acceso y una mayor colaboración con los Mossos d’Esquadra. Se variaron los protocolos de seguridad, se  sustituyeron a los antiguos responsables en esta área, fueron expulsados socios y con el paso de los meses, los radicales desaparecieron del Camp Nou. A cambio, Laporta sufrió amenazas de muerte personales y contra su familia. Con el cambio de directiva y la llegada a la presidencia de Sandro Rosell (2010),  las cosas pudieron cambiar, aunque el trabajo preventivo realizado por los Mossos, impidió concretar un documento pre-electoral firmado por Rosell con diferentes grupos, entre ellos los Boixos Nois, con la idea de crear una grada de animación. Los Mossos vetaron una iniciativa que había sido aprobada por la Asamblea de Socios barcelonistas.

El Real Madrid de Florentino Pérez ha vivido diferentes estados de relación con los ‘UltraSur‘. En la etapa de Jose Mourinho en la entidad, los radicales sirvieron de paraguas para la directiva y apoyaron al presidente en su cruzada a favor de Mou. ¿Recuerdan la pancarta: «Mou tu dedo nos señala el camino» o aquellas visitas del portugués al fondo sur para agradecer el apoyo tras un partido de la Champions?  Desde entonces, la relación entre Florentino y los radicales madridistas ha dado un giro copernicano.

El presidente del Madrid aprovechó una guerra intestina en el seno de ‘UltraSur’ para en colaboración con la Policía, desterrarlos del Bernabeu. Se les prohibió primero el acceso, después se expulsó a los socios pertenecientes a ese grupo o se reubicó a otros dentro del estadio. Como le ocurrió a Laporta, ahora Florentino vive en primera persona la presión de los violentos y ha tenido que denunciar en dos ocasiones que se hayan realizado pintadas en la tumba de su mujer, fallecida en mayo de 2012.

El trabajo tiene que iniciarse desde los clubes, pero continuarse desde las instituciones. Por ejemplo, según ha anunciado hoy el programa ‘Al rojo vivo‘ de La Sexta, el Frente Atlético disponía en el Calderón hasta de un punto de venta de productos.  Es una tarea de educación y de prevención. La clave la da el periodista y ensayista argentino Rodolfo Braceli, autor entre otros de ‘Querido enemigo‘. Expone Braceli que el fútbol es un espejo exagerado de la vida, en las gradas de los estadios se resume lo peor y lo mejor de cada uno de nosotros.

«El fútbol es un juego prodigioso, es una flor de herramienta para conocernos. Espeja nuestras violencias, nuestro amasijo entre supersticiones y religión y viceversa, nuestro racismo agazapado y ese jodido nacionalismo odiador que hasta justifica guerras y matanzas. Espeja, además, el exitismo y el derrotismo, tan alentado por los medios y periodistas estelares de nuestros medios de descomunicación. El fútbol espeja hasta la extenuación; espeja la violencia, el racismo, el gangsterismo, el exitismo y el fracasismo (…) El espejo no tiene la culpa de lo sucedido y enojarse con el espejo es inútl y resulta ridículo. Si queremos comprobar si somos racistas, o si queremos ver hasta qué punto y de qué manera lo somos, entremos en un partido de fútbol… Si queremos ver la facilidad y la naturaleza de nuestra violencia, entremos en un partido de fútbol».

Ante una muerte llega el momento de preguntarse muchas cosas y de ver la manera de que no se vuelva a vivir una situación igual. Es el momento de activar protocolos, de pedir responsabilidades, de tener tolerancia cero con los violentos, de ser respetuosos y de preguntarse por qué alguien es capaz de recorrer media España para encontrar su muerte en el lecho de un río sin que nadie, nadie, lo haya podido evitar.

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