Guardiola gesticulando al límite del campo. Poseído y moviendo los brazos de manera endiablada, el de Santpedor es la viva imagen del líder que transmite a sus futbolistas el qué, el cuándo y el cómo. Discretamente, sentado en el banquillo, los ojos de Vilanova no siguen la jugada. Se fijan en otra zona del campo para anotar algo en su libreta. Y cuando Pep se da un respiro y acude a sentarse al lado de su amigo sus miradas se encuentran y Tito le transmite lo que ha anotado. Y entonces es momento de cambiar algo. Y el Barça, el mejor Barça que se ha visto, da otra vuelta de tuerca para acorralar al rival, sea el Real Madrid, el Chelsea o l’Hospitalet.

Ese podría ser, deportivamente, el resumen de los cinco años que compartieron desde que un buen día, recién nombrado entrenador del Barça B, Guardiola descolgó el teléfono y se citó con Tito Vilanova. “Quiero que me acompañes”debió decirle el hoy técnico del Bayern y como si esa noticia tan trascendental fuera rutinaria, él aceptó con una calma absoluta.

Así, no sorprendió nunca verle en un segundo plano, dando la sensación de estar al margen de todo por mucho que nada se le escapase. “Abróchense los cinturones porque nos vamos a divertir”, proclamó Guardiola el día en que fue presentado como primer entrenador del Barça. A un lado, Tito miraba con una media sonrisa que se adivinaba ya tan lejana del primer plano como indiscutiblemente cercana al proyecto que estaban a punto de comenzar.

Lo que ocurrió en los siguientes cuatro años es de sobras conocido. El Barça se tomó al pie de la letra el lema de Luis Aragonés y ganó, ganó y volvió a ganar. Pero lo hizo con un sello tan propio como innegociable porque la idea era, fue siempre, “indiscutible”. Al límite de la excelencia, el Camp Nou disfrutó lo insospechado y abrumando a cualquier rival alcanzó esa inmortalidad en la que se ha instalado ya por siempre Tito.

El 25 de abril no era una fecha cualquiera en la vida del Barça e, ironías del destino, ha vuelto a quedar marcado en la historia del club. Un 25 de abril de 1947 nació en Amsterdam Johan Cruyff, el padre de la idea, un 25 de abril de 1965 debutó con el primer equipo en Santander Carles Rexach y este 25 de abril de 2014 se ha marchado Vilanova. El tipo tranquilo que con 17 años lideró al equipo juvenil que, dirigido por Charly, apabulló al Real Madrid en una final de Copa disputada en Logroño. 6-3 con cuatro asistencias de un Tito que al año siguiente volvió a ser el director del grupo que repitió éxito frente al Athletic de Bilbao por 2-1, marcando él la diana de la victoria cuando asomaba la prórroga.

Siempre a la sombra, fue trascendental al lado de Guillermo Amor en ese conjunto imborrable y no tuvo la fortuna de alcanzar el primer equipo más allá de un par de amistosos, queriendo la casualidad que su debut coincidiera, en Banyoles, con el de Guardiola, en junio de 1989 jugando la segunda mitad de un partido en el que tomó, precisamente, el puesto del de Santpedor.

‘El fútbol te devuelve lo que le das’. Este fue uno de los lemas que presidió esa época inolvidable y eterna y podría relacionarse al recorrido de Tito. La suerte que le faltó en el momento preciso y que lejos del Barça le llevó desde Figueres y hasta Santa Coloma de Gramenet pasando por Vigo, Elx, Badajoz o Mallorca, llamó a su puerta de manera casual en el verano de 2007 para devolverle a casa y un año después catapultarle al primer plano. Si en 2002 su ciclo al frente del Cadete B de Messi, Piqué y Cesc fue muy breve, el retorno fue arrollador.

‘Los que se van siempre reciben buenas palabras’. Este es un hecho indiscutible. En la hora de estas trágicas y tristes despedidas, del protagonista sólo se recuerdan sus buenas obras. Y, sin embargo, se hace imposible encontrar puntos oscuros en el recorrido vital de Vilanova. Cercano con los suyos, la imagen de seriedad que ofrecía ocultaba a un tipo apasionado por la profesión que confesó disfrutar hasta el último momento y que nunca tuvo una mala palabra para nadie. Si como muestra vale un botón, la noche indigna de Mourinho no mereció que Tito VIlanova perdiera el tiempo en guerras dialécticas con el portugués. “Pito” se calló muchas cosas de aquel episodio y siguió su camino. Muchos deberían aprender de esa filosofía.

Adiós. Adiós con el corazón compungido y amargo. Impotencia humana y pesar deportivo de lo que pudo ser y quedó a medio camino. “Estoy orgulloso de lo que hemos hecho y orgulloso de tener la posibilidad de continuarlo”sentenció con firmeza el día que fue presentado como primer entrenador del Barça y los futbolistas le acompañaron hasta donde alcanzó la gasolina. Sería atrevido decir que su recaída, en diciembre de 2012, significó un punto y aparte en la historia reciente del Barça pero de la misma manera es innegable que el futuro deportivo comenzó desde ahí a escribirse de manera distinta. Alcanzó para obsequiarle con otro título de Liga y cuando estaba dispuesto a liderar su segundo proyecto, aparcado todo lo pasado, la realidad le golpeó para impedírselo.

Hasta siempre. Si es verdad que la muerte sólo alcanza a quien se olvida, Tito Vilanova nunca morirá. El chaval que con 14 años llegó a La Masia y el tipo que a los 38 se sentó en el banquillo al lado de Pep Guardiola deja un legado que merece el reconocimiento del fútbol en general y del barcelonismo en particular. Hay veces que no se necesita ser especial para convertirse en eterno. Y el Barça, perdiendo a un hombre ha ganado una leyenda.