Theo Epstein nació un 29 de diciembre en Nueva York, mientras la ciudad se preparaba para despedir el año 1973, sesenta segundos después que su hermano gemelo Paul. Nacieron en la ciudad que nunca duerme pero crecieron en Brookline, una pequeña ciudad –mucho más tranquila– de algo más de 50.000 habitantes al norte de Boston, en el estado de Massachusetts.

De pequeño empezó a sentirse fascinado por el béisbol, que pasó a ser su deporte favorito. En secundaria jugaba para los Brookline High School Warriors mientras soñaba con llegar a debutar con el primer equipo de los Red Sox de Boston. Pero como no tenía suficiente nivel decidió centrarse en terminar sus estudios en la universidad de Yale, a la vez que enviaba cartas a varios equipos de la MLB ofreciendo sus servicios.

La primera oportunidad

Calvin Hill, ex alumno de Yale y ejecutivo de los Orioles de Baltimore, le dio su primera oportunidad como asistente de relaciones públicas del equipo donde trabajó tres años hasta que Larry Lucchino se lo llevó a los Padres de San Diego para ejercer de director de desarrollo de jugadores. Lucchino no dudó fichar a Epstein cuando los Red Sox le nombraron Presidente y Director Ejecutivo del equipo en 2001 y mucho menos en substituir a Mike Port por el joven de 28 años, al frente de la dirección general al año siguiente.

A partir de entonces Theo Epstein quedó al cargo de construir un equipo campeón. Tomó la dolorosa decisión de traspasar al campocorto Nomar Garciaparra a los Cubs de Chicago a cambio de Orlando Cabrera y Doug Mientkiewicz, así como la contratación del primera base Kevin Millar y el abridor Curt Schilling. Epstein tomó la decisión de prescindir de su jugador franquicia para construir un equipo ganador.

Theo Epstein y el espírítu de equipo

La leyenda dice que Theo Epstein quedó al cargo de la dirección general del equipo porque Billy Beane no fue capaz de dejar a los Athletic de Oakland. Pero de aquellas conversaciones el equipo de Boston se impregnó del espíritu que Beane estaba intentando inculcar en su equipo de la costa oeste. Epstein entendió que un equipo no es sólo una estrella capaz de sacar la pelota del estadio uno de cada 30 turnos al bate. Un equipo es una suma de jugadores que puedan aportar lo que mejor saben hacer.

El equipo se completa con el abridor Pedro Martínez, el cerrador Keith Foulke y los jardineros Manny Ramírez y Johnny Damon. Este último dejaba Oakland para sumarse al nuevo proyecto de Boston cerrando el círculo del cual habla el bestseller Moneyball. Y así nos presentamos en octubre de 2004. Primera cita marcada en rojo en el calendario de Epstein. Serie de Campeonato de la Liga Americana que enfrenta a los Yankees de Nueva York y la serie en contra tres partidos a cero y 86 años de la Maldición del Bambino sobre las espaldas del equipo de Massachussets. El equipo está obligado a ganar cuatro partidos en fila si quiere estar en la Serie Mundial.

La maldición del Bambino

Y se obra el milagro. El equipo accede a la Serie Mundial, que gana a los Cardinals de San Luís en cuatro partidos, sumando ocho victorias en fila y finiquitando la tercera sequía más larga en la historia de cualquier equipo de Grandes Ligas, después de los White Sox de Chicago (1917-2005) y los Cubs de Chicago (1908-2016).

red sox theo epstein

La Maldición del Bambino nace el 5 de enero de 1920 tras la venta de Babe Ruth, que había hecho campeón al equipo de Boston en tres ocasiones –1915, 1916 y 1918–, a los Yankees de Nueva York. El propietario de los Red Sox, Harry Frazee, decidió vender a su mejor jugador a cambio de 125.000 dólares en efectivo y otros 300.000 dólares en cesiones que usó para financiar sus producciones teatrales de Broadway. Sin lugar a duda una de las peores transacciones del deporte mundial. Con Ruth, los Yankees ganaron cuatro Series Mundiales.

El 12 de octubre de 2011, Theo Epstein acuerda un contrato como Presidente de Operaciones de Béisbol con los Cubs de Chicago no sin antes volver a hacer campeón en 2007 al equipo de su vida.

Epstein tiene varios aspectos en cuenta cuando conforma las plantillas. El factor principal es el hambre por ganar. Ahí caben jugadores de todas las edades; jóvenes que nunca han alcanzado el éxito y veteranos que quieran redimirse. Kyle Hendricks (26 años) y Jon Lester (32 años) ejemplifican a la perfección este binomio. Con apenas dos años de experiencia en las Grandes Ligas, Hendricks maneja muy bien la presión –otro factor clave en la confección de las plantillas de Theo Epstein– y Lester llegaba a los Cubs tras una última temporada tormentosa con los Red Sox. Un año en el que los jugadores eran acusados de beber cerveza y comer pollo frito durante los partidos. Lester ejemplifica a la perfección otra máxima de Epstein: ser bueno en lo mejor que sabe hacer. El destino quiso que ambos lanzadores actuaran en el partido más decisivo de la temporada.

Regreso al futuro

Para llegar hasta el séptimo y dramático partido de la Serie Mundial, el maldito equipo de Chicago ha tenido que lidiar varias veces con su destino. Tres pésimas primeras temporadas de Theo Epstein al mando, con récord de derrotas incluido. Y el golpe más doloroso cuando, un año atrás, el equipo de los Cachorros fue barrido por los Mets de Nueva York en las Series de Campeonato mientras todos los astros se alineaban para que fuera campeón. Hasta el almanaque de Regreso al futuro vaticinaba la victoria en la Serie Mundial de 2015.

Este guiño de la película no es gratuito. El equipo de Chicago está maldito. Arrastra una maldición de 1945 cuando un aficionado de nombre William Sianis, dueño de una taberna cercana al estadio Wrigley Field, quiso entrar al estadio con su cabra Murphy y los agentes se lo impidieron por el olor que desprendía el animal. Sianis, enfadado, lanzó una maldición. El equipo no volvería a ganar una Serie Mundial. Esta tardanza en volver a ser campeón despertó la osadía del guionista al cual se le ocurrió hacerlo campeón en la ficción durante el año 2015, finalmente errando por un año.

Una temporada impecable

Esta temporada el equipo se ha mostrado muy sólido. Ha realizado una temporada regular impecable (103-58). Pero a los Cubs le gusta coquetear con el fracaso y han estado contra las cuerdas hasta el último suspiro. La Serie Mundial no podía empezar peor. Derrota contra los Indians de Cleveland tras una blanqueada y un Lester incapaz de mantener al equipo con vida. Un extraordinario Jake Arrieta comandaba la primera reacción del equipo e igualaba las series para llevarlas a Chicago a ver si, frente a su público, el equipo era capaz de rematar la faena.

Pero una maldición de 108 años –pese a que la maldición de la cabra data desde 1945, el equipo no conquista el título desde 1908– no es moco de pavo y al equipo le flojearon los brazos. Los Indians aprovecharon el desconcierto para sumar dos victorias que les dejaba a una sola de conquistar un título que también se le resiste desde 1948. Los mejores Cubs de la historia se enfrentaban a la difícil situación de ganar tres partidos en fila para ser campeones. Y lo peor de todo, los dos últimos lejos del calor de su hogar.

Acabar con la cabra

Pero este equipo cuenta con mucha hambre. Tiene la juventud de Addison Russell (22 años), Kyle Schwarber (23), Javier Baez (23), Kris Bryant (24), Willson Contreras (24), Anthony Rizzo (27), Jason Heyward (27) y la veteranía de Dexter Fowler (30), Ben Zobrist (35) o David Ross (39), sumado a un elenco de lanzadores espectacular. Todos con un único objetivo: acabar con la cabra. Ganar.

Tras dos victorias en fila y un chute de optimismo en las venas de la parte de Chicago con sangre azul, llega el séptimo partido. El destino ha querido que el joven Hendricks lance para cambiar la historia y a este no le tiembla el pulso. Con el partido controlado llegamos a la quinta entrada, con 5-1 para los Cubs. Pero el aire empieza a enrarecerse. Hendricks no anda tan fino y el manager, Joe Maddon, decide apostar por la veteranía de Lester.

La jugada es perfecta. El piloto comanda al equipo hasta la octava entrada. Tan sólo queda rematar la faena. El marcador es de 6-3. La ventaja no es tan cómoda como hace un rato y la maldita cabra empieza a asomar en el Progressive Field. Lester concede una nueva carrera (6-4) y Maddon echa mano del cerrador Aroldis Chapman para salir de la situación complicada con un jugador en base y Rajai Davis al bate.

Murphy. La cabra y la Ley

Davis conecta un jonron de dos carreras para empatar a seis un partido que perdían 5-1 en el último suspiro y llevarlo hasta las entradas extras. Y encima empieza a llover. 17 minutos de interrupción que seguro nublaron la mente a más de uno. Jugadores y seguidores. 17 minutos insoportables.

Pero los Cubs cuentan con la tranquilidad que da la construcción de una plantilla impecable. Theo Epstein reunía a Lester y Lackey que coincidieron con él en Boston, Zobrist y el manager Maddon lo hacían tras su paso por Tampa Bay… Confianza y paciencia. Otros dos factores claves que tiene muy en cuenta el hacedor de milagros. Zobrist, un ejemplo de paciencia al bate, remolcó la carrera que les dio ventaja en la décima entrada, seguida por un sencillo de Miguel Montero que ponía las cosas 8-6.

Pese a recortar Davis la diferencia (8-7) el partido ya no se escapó. Mike Montgomery eliminaba a Michael Martínez con un rodado manso hacia el tercera base Bryant que mandaba a Rizzo para sacrificar de una vez por todas la maldita cabra y enviar a los fanáticos a celebrar el primer título que hayan visto en directo sea cual sea su edad mientras Zobrist era designado el Jugador Más Valioso.

Theo Epstein ha conseguido terminar con dos de las maldiciones más longevas del deporte mundial a base de confianza, de paciencia y de armar equipos con jugadores que suman. Jugadores que quizás no sean estrellas que brillen solas pero que hacen brillar al equipo. Y de qué manera.

Fotos: AP Photo/Amy Sancetta – AP Photo/Gene J. Puskar