Tenis con rabia

Cuando uno entra en la pista, almacena varias cosas en la cabeza. Un planteamiento, una estrategia a llevar a cabo, una emboscada en la que tarde o temprano caerá tu rival. Siempre se empieza cada partido de tenis esperando que una serie de deseos se hagan realidad. Como cuando soplabas de pequeño las velas de una tarta de cumpleaños. Y todos imaginan que, al acabar el encuentro, será nuestro nombre el que coreen las voces de los espectadores.

Pero no. A veces los planes no salen bien.

En las últimas semanas hemos visto a varios jugadores pagar su rabia… contra todo. Ya no solo destrozan sus raquetas, gesto al que estamos más o menos acostumbrados. Ahora la pagan incluso contra su propio físico. E incluso algunos jueces de línea han sufrido en sus carnes la rabia mal gestionada. Pelotazos, gritos… la mala educación siempre ha aflorado en determinados lances de algunos encuentros pero ahora, gracias o por culpa de youtube y de las redes sociales, antes de que el jugador recupere su calma habitual, su mala praxis ya circula por medio planeta y gran parte del otro.

Esa rabia, ¿es normal? ¿Se puede controlar? ¿La podemos justificar? No olvidemos que estamos hablando de uno de los deportes psicológicamente más duros. Por su individualidad (de hecho es raro ver esas reacciones enfadadas en un partido de dobles). Y por la fragilidad que rodea una victoria (ya saben, puntos que caen de un lado u otro por cuestión de milímetros).

Está claro que, cuando uno juega solo y de manera amateur en un frontón, es más fácil desahogarse tras una mala jugada que cuando está vestido de blanco impoluto en medio del silencio sepulcral de Wimbledon.

Mil y un psicólogos podrían desplegar mil y una recomendaciones para gestionar esa rabia y no pagarla con nadie. Todos podríamos exigir la actitud de Rafa Nadal, sobre el que únicamente existe una leyenda urbana de que una vez destrozó una raqueta… y al que su idílico mentor le ha enseñado hasta quitarse los zapatos desabrochando los cordones. Haya ganado o haya perdido.

La mayor satisfacción sería errar un golpe fácil y contenerse. O, al menos, aparentar que no vas a pagarlo contra nada ni contra nadie, por muy fácil que fuera aquella volea o aquella derecha con media pista vacía. Pero son humanos. Irracionales. Sensibles. Y, de igual forma que uno estruja el papel y hace una bola con aquellas palabras que nunca llegarán, ellos, a veces también tienen derecho a un grito. A un salirse de lo establecido. No se trata de justificar que rompan una raqueta. Por no hablar de hacer daño a alguien. Pero de alguna manera tendrán que canalizar esa impotencia tras contemplar con tristeza que aquella maldita bola de “Match Point” besó la red… pero cayó de nuestro lado.

Comparte este artículo

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email
Share on pinterest

Artículos relacionados

Artículos recientes

Síguenos