Claro que se puede remontar (y sin amaños)

En un deporte tan psicológico y visceral como el tenis, las remontadas forman parte habitual de los torneos. Los jugadores están tan acostumbrados a llegar hasta lo más alto de la cima en un primer set… como a desvanecerse, cuesta abajo como Sísifo, en la siguiente manga. El esfuerzo, físico y mental, se paga. Y eso lo saben todos los tenistas.

Después de un trabajado éxito en los primeros minutos de un encuentro, es más que frecuente que el jugador que se ha llevado esa primera e igualada meta volante… pierda la siguiente. Y, en muchas ocasiones, de manera precipitada, tipo 1-6 o 2-6. Por lo que se llega a la tercera y definitiva escena del partido, para deleite de los aficionados, a los que no les gustan las victorias por la vía rápida. Ahí, en ese último acto, es en el que se demostrará quién merece pasar de ronda.

La psicología, clave en el tenis

En los partidos a cinco mangas, la psicología tiene aún mucho más que decir. Queda tanto por delante… que la cabeza más amueblada suele llevarse el gato al agua en el cuarto o quinto set. Empezar rápido y darlo todo cuando es tan temprano para verse en la portada de los diarios (porque los finalistas nunca aparecen ensaladera o plato en mano) no es la clave del éxito. Ni demuestra síntoma de superioridad. Es como aquellos corredores del Tour que, en una etapa alpina, se escapan en el primer alto especial. Tranquilos, diría Indurain. Queda bajar… subir… y volver a bajar… tantas otras veces.

Si a ese intercambio de superioridad sumamos la lluvia o la falta de luz, no hay diván argentino que lo arregle. Porque, cuando las gotas caen y toca guardar la raqueta, el que iba por delante se enfría y el que perdía respira. Que se lo digan a Nadal y Federer en la mejor final de la Historia del tenis. La lluvia socorrió al suizo, cuando perdía dos sets a cero… y el español rezaba en la última manga porque el tímido sol le esperase a verle coronarse como campeón. Rafa temía que si la final volvía a suspenderse, esta vez hasta el día siguiente, quizás se le podría escapar la victoria. Tal vez para siempre.

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Por eso es tan feo simular lesiones. Porque el mando del timón de un partido, sin lluvia de por medio, hay que ganárselo a pulso. Por eso molesta que los rateros que se lucran gracias al lado más sucio del tenis, esos que saben apostar y ganar, vivan ante las magnánimas remontadas. Aunque, afortunadamente, los grandes favoritos no se han dejado sobornar y, sin ayuda de nadie, acaban dándole la vuelta a un partido que, hasta ese momento en que la gasolina vuelve a hacer de las suyas, hacía tiritar a más de uno. Como cuando Nadal perdía dos sets a cero en Madrid (quizás su mejor remontada) o un set abajo y 1-4 en Barcelona. Federer sobrevivió a un aguerrido Haas en el único Roland Garros que se llevó el suizo. Sampras ganó tras suplicar (y vomitar) ante Corretja. A un desconocido Courier le sonrió la lluvia frente a Agassi. Tsonga obró el milagro de remontar y tumbar a Federer nada menos que en Wimbledon, siendo el único rival hasta hoy que le ha remontado dos sets a cero en un partido de Grand Slam.

Pero, para idas y venidas, para confirmar lo raro que puede llegar a ser el desenlace de un partido de tenis, sobre todo cuando hay un hipotético favorito y una hipotética víctima, la final de Roland Garros entre Coria y Gaudio. Todavía somos muchos los que nos preguntamos cómo perdió Coria. Cómo ganó alguien que parecía no querer hacerlo. Cómo sufrieron, lloraron y se desgarraron dos maravillosos jugadores cuyo partido y cuyo final, precisamente, marcó y sentenció la carrera de ambos. Desgraciadamente no hubo muchas más sonrisas después de aquel encuentro. Ni para el que iba ganando. Ni para el que acabó remontando. Cosas de la insobornable locura de este deporte.

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