Tarahumara, los hombres de pies alados

Perdidos en las montañas de la remota región de Sierra Madre (México), vive una tribu indígena de aproximadamente 50.000 habitantes, los Tarahumara. También conocidos como Rarámuri que significa “pie corredor” o en un sentido más amplio “los de los pies ligeros” o “pies alados“.

Los tarahumaras ocupan una cuarta parte del territorio en el suroeste del estado de Chihuahua, en una de las partes más altas de la Sierra Madre Occidental, conocida también como Sierra de las locas. El 90% de la población rarámuri se concentra principalmente en los municipios de Bocoyna, Urique, Guachochi, Guadalupe y Calvo, Batopilas, Carichí, Balleza y Nonoava.

 

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El corredor tarahumara Arnulfo Quimare corriendo con Scott Jurek en Sierra Madre

Su tradición más antigua es correr. Ataviados con ropa ligera y prácticamente descalzos son capaces de correr durante horas entre sus pueblos. Corren en condiciones extremas, sin apenas bebida y entre unos 1,500 y 2,400 m sobre el nivel del mar.

Muchas veces no corren solamente sino que son capaces de estar 48 horas cubriendo distancias de hasta 200 km chutando una pelota. A esto le llaman rarajipari y se ha consolidado como uno de los ejes de su identidad cultural.

En 1928, el Comité Olímpico mexicano decidió enviar a los Juegos Olimpicos de Ámsterdam a dos tarahumaras para disputar el maratón. No obtuvieron unos grandes resultados, finalizando en los puestos 32 y 35 de la general, pero lo sorprendente fue cuando los dos corredores no entendían porque la prueba había finalizado a los 42 kilómetros. La organización tuvo que detenerles mientras ellos seguían corriendo al grito de “demasiado corto, demasiado corto”.

Después de esta experiencia fallida, los tarahumara, enviaban sólo mujeres cuando eran invitados a participar en maratones de ciudades próximas de los Estados Unidos. Consideraban que la distancia no se ajustaba a sus condiciones.

Los tarahumaras viven ajenos al resto de la civilización. No acostumbran a recibir visitas y les cuesta relacionarse con el resto del mundo. Scott Jurek, ultrafondista y vegano americano que convivió y corrió con ellos, explica en su libro “Correr, comer, vivir” que una vez se vio a una tarahumara corriendo sola en Texas, Estados Unidos. Al no hablar ningún otro idioma que el propio de los rarámuris fue ingresada en un centro psiquiátrico durante años hasta que una persona reconoció el dialecto y la sacaron de allí. Se supone que llegó corriendo durante varios días desde su poblado trarahumara.

En 1992 el pueblo Rarámuri recibió la invitación para participar en la prestigiosa Leadville Trail 100 Run que se celebra en las Montañas Rocosas de Colorado. Se trata de una prueba de 100 millas que ha de completarse en 25 horas. Más de la mitad de los corredores que emprenden la salida no consigue terminarla. No sólo está la dificultad de sus 161 kilómetros sino que hay que sumarle desniveles de 3.100 m y un ascenso al Hope Pass a 3.800 m de altitud. El nivel de oxigeno es muy inferior al que se encuentra a nivel del mar. Los indios participantes en esta ocasión pagaron la inexperiencia de no conocer ni la ruta ni las reglas.

Un año más tarde, tras la promesa de uno de los promotores de la carrera de llevar comida al pueblo que acababa de sufrir una sequía que hizo que se disparase la mortalidad infantil, se contabilizó la primera victoria de un indígena. Victoriano, de 55 años, ganó la mítica Leandville por primera vez. Además colocaron otros dos corredores entre los cinco primeros puestos.

Pero la edición de 1994 fue para muchos la más legendaria. La edición del duelo entre el pueblo Rarámuri y la mejor ultrafondista de la historia, Ann Trason. Trason, corredora de San Francisco de 33 años, venía de vencer a todos los hombres en las pruebas disputadas por entonces. Venía de conseguir el récord mundial tras ser segunda en la Western States 100-mile race en California.

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Ann Trason corriendo durante la Leadville 100 miles

A las 4:00 de la madrugada se dio el pistoletazo de salida. Más de 300 corredores atravesaban la oscuridad de la noche con sus frontales. Los tarahumaras competían contra los materiales de última tecnología de sus rivales con sus tradicionales sandalias de suela de neumático y tiras de cuero.

Micah True, más conocido como Caballo Blanco, que nos descubre Christopher McDougall en su libro “Nacidos para correr”, era el escudero del líder rarámuri y favorito a la victoria, Martimiano Cervantes. Él mismo se encargó de narrar esta maravillosa historia de la que McDougall se hizo eco en su bestseller. Caballo Blanco trazó la estrategia a seguir por los tarahumaras. Denominó “la bruja” a Ann Trason para infundir respeto a los de su tribu y les instó a no pasarla nunca en carrera hasta los metros finales. Trason explicó después de la carrera que fue desesperante ver como se paraban tras ella cada vez que se ataba una zapatilla, comía, bebía u orinaba.

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Fragmento del relato de Caballo Blanco de la carrera en el momento que hablan de Ann Trason

Finalmente el tarahumara, Juan Herrera, de 25 años, consiguió ganar la prueba con un tiempo de 17:30:42 horas. Ann llegó segunda con uno de los mejores tiempos de la historia de la prueba, 18:16:26 horas, batiendo el récord de tiempo de una mujer en 2:37 horas. Su marca sigue siendo imbatible para cualquier corredora que se propone disputar esta carrera. Martimiano Cervantes, que por entonces tenía 41 años, llegó tercero tras 19:40 horas corriendo.

Los tarahumaras tuvieron una segunda oportunidad de disputar un maratón en los Juegos Olimpicos de la Ciudad de México en 1968 pero volvieron a fracasar demostrando que en distancias de menos de 100 millas no son precisamente los más rápidos.

Para conocer más sobre la vida y las costumbres de este pueblo indígena del norte de México podéis leer el libro de Santiago Tejedor “Amara, un viaje tras las pisadas del pueblo rarámuri”.

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