Supercopa de verano

Una derrota como la de ayer en San Mamés da mucho juego. Permite que todos tengamos la ocasión de demostrar cuánto sabemos (?) de fútbol y de sentar cátedra sobre conceptos como las rotaciones, la intensidad, la valía de los jugadores menos habituales o, si se tercia, sobre si la abuela fuma o prefiere el anís.

Lo cierto es que desde que a más de uno se le llenó la boca de sextete, la Supercopa de España, una competición que siempre había sobrado –si no molestado–, se ha convertido en la nueva Copa de Europa. Hablamos de un torneo nacido para gozo del tesorero de la Federación Española de Fútbol y cuya única virtud es que no se disputa –al menos de momento y será mejor no dar ideas– en China o en Estados Unidos; una copa que si se gana no sirve para nada y si se pierde, en cambio, se transforma en una vía para la llegada de un aluvión de críticas para quien no se la lleva a sus vitrinas.

Y así estamos, sin saber si resulta más patética la lectura dramática de muchos barcelonistas o el afán de buena parte de la prensa de vender la burra de la remontada. Más bien creo que deberían ser los culés quienes enarbolaran la bandera del optimismo y los periodistas quienes ejercieran, si supieran, la crítica necesaria.

Por mucho que Roberto Fernández dijera lo contrario, el Barça jugó muy mal en San Mamés y dejó sobre el césped de la Catedral una imagen olvidada desde la famosa derrota de enero en Anoeta. Durmió a las ovejas, se despistó en innumerables ocasiones y se llevó un más que merecido revolcón que deberá afrontar como pueda el lunes en el Camp Nou. Fue una noche aciaga, para olvidar o, mejor aún, para aprender. Pero fue en la Supercopa de España, una competición que enfrenta a los campeones de Liga y Copa y que, a día de hoy, puede llevarse a casa un equipo que no ganó ni una ni otra.

En 48 horas conoceremos el desenlace de este torneo de pretemporada para el que el Barça, según muchos, aún no está descartado. Si se gana, será por un gran partido; si se pierde, quizá aprenderemos todos que ganar seis títulos en un año natural no es tan fácil como creemos. Tal vez así valoraremos algo más al equipo que lo logró en 2009 y al señor que lo entrenaba. O tal vez no, que para eso somos el Barça.

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