Si hay un deporte que bebe de la épica, que la lleva cosida en sus entrañas de cuero, es el fútbol americano. No hay otro que haya contemplado dinastías caer y nacer con el reloj ya agotado, no hay otro que cree héroes de la nada con tanta facilidad, no tiene parangón como fábrica de historias inconcebibles. Se hablará estos días de la magnífica historia de Chris Matthews, el receptor de Seattle que destrozó a los Patriots y que no hace ni un año compatibilizaba los entrenamientos con un trabajo de vendedor de zapatos; también oiremos mencionar el nombre de Malcolm Butler, el cornerback novato que dejaron pasar todos los equipos en el draft, el chico al que nadie consideró entre los 250 mejores jugadores noveles que entraban en la Liga y que la pasada madrugada solventó el partido con una interceptación en el último minuto. La NFL produce historias como la más prolífica productora de cine y la Super Bowl es su particular Bollywood.

Empecemos por el principio, porque la cuadrigésimo novena edición de la Super Bowl lo merece. En Arizona estaban destinados a chocar los dos mejores equipos de la temporada y esto, que parece lo lógico, no es lo que suele ocurrir (tan sólo en cinco ocasiones). Tanto Seattle como New England fueron los mejores equipos de sus conferencias y los Patriots no iban a poner las cosas tan sencillas como los Broncos el año anterior. Con dos secundarias de lujo y poco –pero intenso– destello en los ataques, el pronóstico era de un partido apretado y de marcador bajo. Nada nuevo bajo el sol para los de Bill Belichick en su sexta Super Bowl: las otras cinco se habían resuelto en, como mucho, cuatro puntos. El primer cuarto, que concluyó 0-0 (los de Brady tampoco habían anotado en ese periodo en ninguna de sus cinco apariciones anteriores), encajaba a la perfección con lo esperado: los Patriots moviendo las cadenas a través de pases cortos y carreras en drives largos y los Seahawks encomiándose al dúo que forman Wilson y Lynch a falta de que algún receptor obrase el milagro de conseguir separación con su defensor. Sólo una fea interceptación que lanzó Tom Brady chirrió en un guión que se cumplía página por página.

La interceptación de Jeremy Lane (20) salió muy cara a los Seahawks. Se lesionó en la misma acción y su reemplazo, Tharold Simon, fue vencido una y otra vez por los receptores de los Patriots.

La interceptación de Jeremy Lane (20) salió muy cara a los Seahawks. Se lesionó en la misma acción y su reemplazo, Tharold Simon, fue vencido una y otra vez por los receptores de los Patriots.

Los de Nueva Inglaterra habían ido avisando de sus intenciones y finalmente estas fructificaron a los cinco minutos del segundo cuarto. En otra de esas jugadas en las que Brady se deshace del balón tan pronto como este llega a sus manos, el quarterback encontró a Brandon LaFell corriendo el slant (la ruta de fuera hacia dentro) y este se abrazó al balón con la fuerza que sólo proporciona el derecho a ser historia. El 7-0 obligaba a los Seahawks a despertar en ataque: hasta entonces no habían completado ningún pase. Wilson bailaba –qué delicia es verlo jugar, con qué facilidad elude a tipos que viven de golpear– tras su porosa muralla, pero la secundaria liderada por Revis no dejaba margen ni para la imaginación del número 3 de Seattle, seguramente también influido por su actuación en la final de conferencia. Del atisbo del precipicio surgió Chris Matthews, una figura de casi dos metros, desconocida hasta hace un par de semanas donde recuperó el onside kick que acabó dando vida a su equipo, un jugador que llevaba apenas un mes y medio en la plantilla. A él fió Wilson las esperanzas de Seattle, que volaron altas en una espiral preciosa y acabaron en las manos del susodicho, ante la sorprendida mirada de un defensor que no podía más que preguntarse “¿quién demonios eres?“. El partido más grande del año daba pábulo, por enésima vez, a las historias más inverosímiles. Tu turno, Hollywood.

Lynch fue el encargado de empatar el partido a siete y poner en guardia a todos aquellos que, sólo dos semanas después del milagro contra Green Bay, daban por muertos a los del estado de Washington. Entre ellos no estaban Brady ni Gronkowski ni Edelman, que cruzaron la distancia que separa las dos ciudades en un santiamén. Josh McDaniels, el coordinador ofensivo de los campeones de la AFC, parecía tener una apuesta en pie con su quarterback, el ya legendario número doce de los Patriots, un reto para el hombre que está dando caza a su sombra, que está ganando la carrera al tiempo. McDaniels, a través de un diseño de jugadas exquisito, provocaba a Brady para que tomara decisiones en función de lo que veía en la defensa. Y Tom, que ya lo ha visto todo e incluso algo más, castigó una y otra vez a Seattle cuando estos creyeron que podían contener a Rob Gronkowski con un solo hombre. Gronk, demasiado grande hasta para él mismo, disfrutó de la osadía de los Seahawks y puso de nuevo por delante a los suyos.

Rob Gronkowski (87) fue un dolor de cabeza continuo para la mejor defensa del campeonato. Los marcajes al hombre no funcionaron y los zonales eran destripados por Edelman.

Rob Gronkowski (87) fue un dolor de cabeza continuo para la mejor defensa del campeonato. Los marcajes al hombre no funcionaron y los zonales eran destripados por Edelman.

Con 14-7 y el descanso a sólo un minuto, con los espectadores pensando ya más en con qué iba a sorprender Katy Perry que en cómo los de Seattle iban a recorrer 80 yardas en apenas cincuenta segundos, Wilson volvió a hacer la de Juan Palomo, corriendo cuando no había huecos y pasando cuando tampoco los había. Como si se tratara más de un estudiante de astrofísica que de un quarterback, el escurridizo jugador de los Seahawks abría brechas en el muy bien armado tejido de los Pats. Así, medio minuto después del inicio del drive más improbable del partido, los entrenados por Pete Carroll se habían plantado en la yarda once de Nueva Inglaterra con seis segundos por delante. Aún en posesión de un tiempo muerto, la elección era complicada: asegurar el field goal y situar el 14-10 o arriesgarse a ir por el touchdown e irse sin botín al descanso. Los valientes del cementerio aplaudirían sin duda la decisión tomada por Carroll. No sólo se la jugó, sino que volvieron a recurrir al tipo que no llevaba ni dos meses entrenando con el equipo ni posiblemente más de dos semanas recibiendo pases de Wilson. Matthews lograba la segunda recepción de toda su carrera y segunda en el partido, atrapando el cuero, firmando su primer touchdown y devolviendo el equilibrio al electrónico.

Chris Matthews (13) fue autor de recepciones como la de la imagen. Fueron sus primeros pases atrapados en toda su carrera. Kyle Arrington (25), con su 1,78, no podía hacer frente a los 196 centímetros de Matthews.

Al ataque de Seattle le tocaba volver al campo en el inicio de la segunda mitad. Es curioso lo que sucede con la unidad liderada por Wilson y Lynch, cómo bordean en cada partido la esquizofrenia, cómo pueden correr en tres downs consecutivos y volverse al banco o lanzar un balón a cincuenta yardas que ni los equipos más osados intentarían contra defensas como la de los Patriots. No sabes qué va a pasar desde el momento en el que Wilson la recoge de su center: ¿correrá él o la cederá a Lynch? ¿Bombardeará la secundaria o buscará un pase corto? Los de Belichick, que muy posiblemente se esperaban un ataque conservador con el marcador empatado y toda una mitad por delante, pronto se vieron de nuevo asombrados por la conexión entre Wilson y Matthews. El receptor no estaba abierto, pero Russell colocó un pase delicioso allá donde sólo su compañero contaba con rango para hacerse con él y eliminó de un plumazo de genio cuarenta y cinco yardas de campo. Los Seahawks amenazaban con echar otra vez la puerta abajo, pero fueron contenidos a un field goal. 17-14 y primera ventaja para el equipo que mejor gestiona estas en toda la Liga.

Quizá aún anonadados por lo que estaba ocurriendo, pasmados por la resurrección de un ataque que sólo estaba de parranda y desquiciados ante la aparición de un profeta con manos de artesano y cuerpo de dos metros, los Patriots enlazaron sus peores momentos en ataque. Nada funcionaba en un lado y todo en el otro. El momentum había abandonado la banda de los de blanco. Ello lo aprovecharon sus rivales. El linebacker Bobby Wagner robó de las manos de Gronk un balón de Brady y puso a los suyos otra vez ante el muro, a cuarenta yardas de la tierra prometida. Lynch se ajustó el casco cuya visera negra anticipa el futuro a sus adversarios, se puso la bata y empezó a diseccionar como el mejor de los cirujanos a la magnífica defensa comandada por Matt Patricia, el coordinador defensivo de los de Boston. Un corte tras otro y de nuevo él y sus compañeros estaban a unas pocas yardas de poner diez puntos de por medio, anotación que lograría Baldwin a pase de Wilson. 24-14 y el ataque de los Patriots seguía desconectado, obligados a patear el balón al campo de los Seahawks en el siguiente ataque.

Los Patriots sufrieron con Marshawn Lynch (24), experto en arañar yardas como si fuesen de tiza, al que es muy difícil llevar al suelo.

Los Patriots sufrieron con Marshawn Lynch (24), experto en arañar yardas como si fuesen de tiza, al que es muy difícil llevar al suelo.

El partido entró en el último cuarto después de que ambos equipos patearan el balón y los Patriots estrenaron los últimos quince minutos haciendo lo propio. De los Seahawks ya poco cabía esperarse y a la vez la sombra de Matthews recordaba lo que sucedería si bajaban la guardia. No obstante, los de Seattle decidieron atenerse al guión que tantas veces les había funcionado en vez de seguir con la brillante improvisación de los últimos dos cuartos, y se acogieron a Lynch. Marshawn merecería un artículo aparte porque cualquier mención que se reduzca a unas pocas líneas diluidas en una crónica no hace justicia a su partido. Como si fuese más recaudador que jugador de fútbol, la bestia de Lynch se cobra en cada intento de carrera un impuesto de varias yardas que hay que añadir a las que ya de por sí consigue. Aún así, los Patriots sabían que sus adversarios iban a correr y frenaron el Beast Mode.

Si Lynch fue sinónimo de frustración para la defensa de los campeones de la AFC, un tipo que se pasó tres años en la universidad jugando de quarterback lo fue para los de la NFC a base de capturar un envío tras otro de Brady. Julian Edelman, un receptor que no llega al metro ochenta, fue la peor pesadilla para los Seahawks. Una vez y otra apareció en el lugar del campo donde Tom enviaba un balón y sus manos, una vez y otra, dieron cobijo al ovoide. Nadie se habría sorprendido si Edelman hubiese recogido el premio al final del partido como jugador más valioso, porque su habilidad para encontrar los huecos en la masa sólida que es la mejor defensa del país fue tan encomiable como asombrosa, tan cruda como improbable. Con él los Patriots consiguieron romper el ritmo del partido, avanzar la artillería hasta el terreno de Seattle y completar el asalto con un pase a Amendola para situar el 24-21 a falta de ocho minutos, lo que equivale en el último cuarto a una eternidad y media.

En ese momento los de Belichick creyeron que los Seahawks insistirían en que ellos habían venido a hablar de su libro. Es decir, pelotas a Lynch mientras el marcador nos sonría. Sólo un down de los tres fue destinado para la carrera de Marshawn, mientras que los otros dos fueron para Wilson que, sin embargo, no pudo completar ninguno de los dos pases que intentó. Su equipo se veía obligado a patear el balón de nuevo sólo un minuto después de haberse hecho con él. Los Pats tenían siete minutos para recorrer 64 yardas. Pan comido, estaría pensando Brady, o quizá el más adecuado piece of cake que es el equivalente en inglés. Si Montana era conocido como Joe Cool por su templanza en los momentos en los que se dirime la historia, Tom no merece un apelativo menor que el genio de Pensilvania, al que superó en pases de touchdown esa misma noche. Los Patriots mostraron su versión más demoledora y lo hicieron como si fuese una suerte de tortura china: gota a gota, pase a pase, la herida estaba desangrando a los Seahawks. El golpe de gracia lo asestó Edelman, quién si no, al recibir un pase corto de su compañero, que acabó completando nueve pases de nueve intentos en ese drive, quemando reloj y dejando a sus rivales con un par de minutos para remontar el 28-24.

Julian Edelman (11) celebra la anotación que puso por delante a su equipo mientras Simon (27) se queja de un empujón que no existió.

Julian Edelman (11) celebra la anotación que puso por delante a su equipo mientras Simon (27) se queja de un empujón que no existió.

Si ocho minutos son una eternidad y media, dos minutos son tres cuartos de ella. Con todos sus tiempos muertos por delante, el parón obligado a falta de dos minutos de la conclusión y la pelota en la yarda veinte de su propio campo, la pregunta era cuándo llegarían a campo rival más que si lo harían. El ataque empezó con un magnífico pase a Lynch para que este hiciese el campo treinta yardas más corto. Después se sucedieron dos pases incompletos en los que Wilson quizá arriesgó demasiado, volviendo a esa contradicción perpetua entre un conservadurismo atroz y un amor enfermizo por el riesgo. Tercera y diez en medio campo, down clave, pero los Seahawks no se achican y consiguen un nuevo juego de intentos tras ganar once yardas en un pase a Lockette. Una más de las necesarias, tic del pragmatismo sólo unos segundos después de haber lanzado un pase a cincuenta yardas. Y, a falta de 1:15, la locura. Russell envía un balón a Kearse, el defensa Butler lucha con él, la pelota sale desviada y, como si esta estuviera empeñada en refutar la Ley de Probabilidad, de entre todos los lugares posibles cae en las piernas del receptor de Seattle, rebota azarosamente, divertida, y se planta en sus manos. Kearse, tan sorprendido como poco dispuesto a rechazar el regalo de la providencia, se aferra al cuero y sólo cinco yardas se interponen ahora entre Seattle y repetir campeonato.

La pelota cayó del cielo en las manos de Kearse (15) ante la atenta mirada de Butler (21). Duron Harmon (30) saltó por encima pensando que el pase sería incompleto.

La pelota cayó del cielo en las manos de Kearse (15) ante la atenta mirada de Butler (21). Duron Harmon (30) saltó por encima pensando que el pase sería incompleto.

Sin embargo, como les pasó a sus archienemigos de San Francisco dos años atrás, es tan peligroso tener demasiado tiempo como tener demasiado poco. El tiempo nunca es aliado de nadie, corre en solitario sin mirar los otros carriles y siempre lo hace de manera muy rápida o muy lenta. Nadie dirá nunca que el tiempo transcurre adecuadamente: o vuela o se hace eterno. Para los Seahawks un minuto para recorrer cinco yardas era un regalo envenenado: anotar ya significaría dar otra vida a los Patriots, quemar segundos sin sentido los abocaba a sufrir el mismo futuro que los 49ers contra los Ravens. La infinidad de posibilidades ahoga, abruma. En otras condiciones, si los Seahawks hubieran llegado con diez segundos, habrían decidido correr tantas veces como hubiese hecho falta hasta derribar a la historia, para eso contaban con una apisonadora entre sus filas. A Lynch fue el primer balón y consiguió abrirse paso hasta la yarda uno. Wilson dejó consumir el reloj, estaban a una yarda, menos de un metro. Con poco más de veinte segundos, más preocupado en dejar el mínimo tiempo posible a sus rivales que de lograr ponerse por delante, el oso se escapó cuando en la banda de Seattle ya repartían su pellejo. Butler apareció de la nada y se interpuso entre el receptor y el quarterback, y ese balón que un minuto atrás había desafiado al azar se dormía gustoso, caprichoso, en las mismas manos que había evadido. La interceptación sellaba el partido. Los Seahawks, en una decisión tan incomprensible como lo eran colgar balones a un receptor que nadie conocía, buscaron sorprender a los Patriots en vez de ganarlos. Con un tiempo muerto y veinte segundos habrían conseguido la anotación de delegar en Lynch, pero la abundancia de tiempo con la cima tan cerca, la falta de oxígeno, nublaron el juicio de un equipo que no disponía de Tom Cool para tomar la decisión adecuada cuando esta no existe.

El novato Darius Butler interceptando a Russell Wilson a falta de veinte segundos para el final. Su acción dio la victoria a los Patriots.

El novato Malcolm Butler interceptando a Russell Wilson a falta de veinte segundos para el final. Su acción dio la victoria a los Patriots.

El ataque de los Patriots regresó al campo, ya con el partido tan sentenciado como puede estar un partido en la NFL: nunca suficiente. Sin embargo, sólo tuvieron que jugar con la frustración y los nervios de Seattle para agotar los últimos granos del reloj. Tom Brady, elegido MVP, se hacía así con su cuarto anillo y sentenciaba –tan sentenciado como puede estar un asunto en la NFL– el debate de la década (¿él o Peyton?) y da un paso más en su leyenda. Va a ser difícil desterrar a Brady del debate de mejor de todos los tiempos y con él a su equipo, una franquicia que, catorce años después de ganar la primera Super Bowl de la era Belichick, levanta otra más desafiando al tiempo, que, acostumbrado a cambiar de compañía con frecuencia, ya no sabe qué hacer para que se despeguen de su estela. No parece que vaya a conseguirlo a corto plazo.