Mañana en la batalla piensa en mí

De entre la muy prolífica obra de William Shakespeare, su vertiente histórica es de las menos conocidas. Se suele pasar sobre ella de corrido, quizá por la dramatización de hechos que pudieron pasar o no, quizá porque gran parte de ella fue escrita en los inicios de su vida o quizá porque existen mejores fuentes para el que quiera revisar la historia de Inglaterra que los escritos de Shakespeare. Sea como fuere, de su tetralogía dedicada a la dinastía de los York se puede rescatar a uno de los personajes más sombríos y despreciables que llegó a describir el autor inglés, una cáscara de ambición y envidia, un hombre desprovisto de toda cualidad positiva, cuyas virtudes, si las hubiese en algún momento, fueron devoradas por su paranoia.

Suárez
Como en una obra de Shakespeare, Luis Suárez parece sufrir algún tipo de maldición.

Ricardo III fue el último rey de la dinastía de los York, que apenas se alargó un cuarto de siglo, una casa marcada por los conflictos y la Guerra de las Dos Rosas que enfrentaba a los York con los Lancaster por la sucesión en el trono. Su reinado fue corto -dos años- y Shakespeare acusaba al rey de haber accedido al trono mediante tretas y asesinatos. Relataba Shakespeare que Ricardo estaba atormentado por los fantasmas que lo perseguían, entre ellos el de sus sobrinos y el de su mujer, cuyas muertes le achacaba el escritor. «Mañana en la batalla piensa en mí«, le susurraban al oído en la víspera del combate, «y caiga tu espada sin filo. ¡Desespera y muere!«. Y el monarca, que en el combate ofreció su reino por un caballo, cayó y con él su dinastía.

El fútbol cobija y da vida a tantas situaciones inverosímiles que una maldición shakesperiana podría encontrar un hogar en el prado, una cabeza en la que murmurar sin voz una y otra vez la profecía de la espada cayendo sin filo. La pelota evitando la red, la desesperación brotando fruto de ello y la muerte cíclica cada hora y media, cada tres días, cada semana.

Desde aquel fatídico mordisco en verano, a Luis Suárez se le han multiplicado los fantasmas. Cambió la inglesa ciudad de Liverpool por la calurosa Barcelona (aunque en estos días cueste acordarse de ello) tras su regreso de Brasil, condenado a cuatro meses de ostracismo debido a sus acciones pasadas. Sin embargo, el castigo parece no haber quedado en esos cuatro meses sin pisar su reino ni exhibir su corona por las nuevas tierras a conquistar. De no ser porque lleva su nombre pegado a la espalda allá donde va, nadie podría asegurar que Suárez es Suárez. El balón se comporta como un extraño al tacto con sus pies, los porteros aumentan su tamaño a medida que Luis se acerca y los tres palos se comprimen hasta hacer desaparecer la que fue mejor amiga del uruguayo durante los últimos años. Las redes ya respiran tranquilas cuando ven que es él el que viene. No las va a inquietar. Quizá ellas escuchen lo que nosotros no, quizá ellas están al corriente de lo que sucede en la cabeza del delantero.

Mañana en la batalla piensa en mí y caiga tu espada sin filo.

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