Sin juego no hay paraíso

Quienes conocen mínimamente al Barça saben que es una institución en la que raramente el ámbito deportivo y el institucional caminan de la mano. Durante años, como explicaba Ramon Besa en el artículo que publicó en esta misma web, el club sostuvo al equipo, especialmente en aquellos tiempos en los que la derrota era protagonista. En otras ocasiones, la situación era la inversa: los triunfos deportivos ayudaron a mantener en pie –que no a pacificar– un club que, de tan goloso, era zarandeado por las ambiciones de unas y otras facciones.

El aficionado culé no es ajeno a todo eso. Al contrario, siempre ha querido tomar partido por uno de los muchos de bandos que han acompañado las disputas en can Barça desde 1899. Eso que tan fácil y gratuitamente suele calificarse como ‘cainismo’ es una de las riquezas del club. Frente al monolitismo del Real Madrid, el barcelonismo opone la diversidad de opiniones de quienes –interesada o desinteresadamente– no desean permanecer al margen de las decisiones, las polémicas, los fracasos y los éxitos de su equipo, aunque sea mediante la mera expresión de su voz. Y eso es, precisamente, lo que ha hecho crecer a la institución.

Cuando hace unas pocas semanas estalló esa bomba de fragmentación que ha desembocado en juicios, dimisiones, relevos presidenciales, proyectos de nuevos estadios e investigaciones de la Audiencia Nacional, era fácil suponer que el Barça podría ir capeando la situación sosteniéndose, de nuevo, en el equipo. Desde el mes de diciembre, la evolución del juego del equipo de Gerardo Martino había sido claramente ascendente, confirmando una tendencia que hasta entonces sólo se había visto avalada por los intachables resultados.

A pocos días del enfrentamiento contra el Manchester City, la victoria del Valencia en el Camp Nou ha levantado las alarmas. El modo en que el equipo sesteó durante sesenta minutos recordó demasiado a los últimos estertores de la etapa Rijkaard y despertó unos fantasmas que parecían olvidados.

Preocupado, el Tata Martino ha explicado que tiene la sensación de que “un partido bueno nos pone en el cielo, uno malo en el infierno, pero no encontramos el paraíso”. Alguien debería haberle explicado cuando llegó que es este un club de extremos en el que se suele estar en el cielo, en el infierno e incluso en ambos sitios a la vez, pero que el paraíso sólo se alcanza de una manera: haciendo que los jugadores trabajen, que busquen el segundo gol tras marcar el primero y el tercero después del segundo. Que no crean que el famoso crédito que todos les conceden es ilimitado, porque eso no tiene más que un destino, y es una autodestrucción similar a la de 2007 y 2008.

Ahora mismo, en manos del equipo está sostener a un club cuyo entorno se prepara para quién sabe qué acontecimientos. Una derrota no es más que eso, por mucho que haya dolido la pérdida del liderato. Pero si queremos encontrar la gloria, si de verdad Martino quiere descubrir si existe el edén blaugrana, sólo hay un camino: hacer que su equipo martillee al contrario durante los noventa minutos.

Ojalá lo encuentre, porque sin juego no hay paraíso.

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