“Desde Anoeta ha cambiado la actitud del equipo, las ganas, salir al campo de otra manera. La forma de presionar o querer tener la pelota, no es como lo hacíamos”

La frase que encabeza estas líneas es una obviedad para quien haya visto los partidos del Barça desde aquella derrota en San Sebastián. El hundimiento en Donosti y todo lo que vino después, comenzando por la escenificación del mal rollo entre Messi y Luis Enrique, generó en el equipo la misma sensación de quien recibe mientras duerme un cubo de agua helada.

El Barça estaba mal, alternaba partidos plácidos en el Camp Nou con inexplicables desconexiones fuera de casa y no encontraba el patrón de juego que buscaba Luis Enrique. Peor aún, mucha gente no terminaba de averiguar cuál era ese patrón.

Ante esa situación, el técnico comparecía en público con una actitud más propia de un gato panza arriba que de quien, desde una posición indudablemente incómoda, debía enderezar el rumbo. Habituado como estaba el público a escuchar hablando de fútbol a Rijkaard, Guardiola, Vilanova y Martino, sorprendía –o no– el talante de Luis Enrique.

En los últimos partidos, el técnico asturiano ha variado ligeramente ese proceder y, pese a que es como es y nadie va a cambiarle, ha hecho alguna concesión para argumentar en términos futbolísticos.

Algo cambió en Anoeta y todo el mundo lo sabía, pero pero ha tenido que ser Messi quien, desde su nuevo santuario de Adidas en Barcelona, lo dijera claramente, demostrando que el argentino, a día de hoy, no sólo es quien protagoniza la fulgurante reacción de su equipo, sino también quien marca la pauta en el club.

Y si lo dice Messi, va a misa.