Sharapova se quedará sola

No han pasado ni 24 horas desde que Maria Sharapova,  ganadora de los cuatro Grand Slams, anunciase que jugó el pasado Open de Australia ingiriendo un fármaco prohibido y ya son muchos los que le han dado la espalda. Criticándola. Rebajando su calidad tenística a la nada. Retirándole su apoyo, sea moral, físico o económico. Nada de ayudarla. De intentar entenderla. Ni un atisbo de aceptar que los mejores jugadores también son de carne y hueso. Y que, como tú y como yo, cometen errores.

Más allá de su grado de responsabilidad (¿se dopó sin que nadie de su equipo lo supiera?) o de la gravedad de los hechos, lo peor es que son muchos los que ahora se suben al carro para apedrearla. Una lista interminable de ventajistas. Pero que vivieron (y bien) a costa de sus éxitos. De sus golpes. De su cuerpo. Una reacción, al fin y al cabo, de manual. Tan zafia. Pero tan humana.

Qué triste. Y qué injusto. Porque el tenis es una de esas disciplinas en las que el deportista es el primer y último responsable de lo que pasa en la pista. Y por ello están obligados, solos, a rendir cuentas. Cuando la bola entra y cuando no.

Piensa en el fútbol. Si un jugador quiere, puede llevarse meses sin ofrecer una rueda de prensa o una entrevista. Nadie le obliga. Ya saldrá otro. En el balonmano, en el baloncesto o en el waterpolo ocurre lo mismo. En la Fórmula 1, únicamente comparecen los tres que suben al podio. En los partidos políticos (ahora que estamos inmersos en plena vorágine post o preelectoral, según se mire), los líderes responden a veces a los periodistas rodeados de sus ejecutivas. O declinan sus intervenciones a sus números dos. O hablan sin preguntas y a través de un plasma.

En el tenis todo eso no existe. Tras cada partido, sea cual sea el torneo, gane o pierda, el tenista debe conceder una rueda de prensa y contestar. Si un solo medio de comunicación lo solicita, el jugador está obligado a hacerlo. Y podría ser sancionado si no lo hace.

Están solos en el fondo de la pista. Solos en la silla en la que descansan. Solos a la hora de tener que levantar, sin ganas, el trofeo como dignos finalistas. Solos cuando explican por qué perdieron. Y solos, también, más aún, a la hora de confesar un error. Como Sharapova.

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