Sencillos pero enormes tesoros

Todos los deportistas que hoy colman portadas fueron, en su día, niños. Muchos de ellos, lógicamente, hicieron guardias cargados de paciencia a las puertas de los hoteles o a las entradas de los estadios. Y, tras esas tediosas pero ilusionantes horas de espera, lograron cosechar aquellos tesoros que hoy, con suerte, quizás conservan al lado de numerosas copas de oro.

Esa muñequera sudada. Ese guiño al posar ante la cámara. Ese autógrafo, imborrable. Momentos con los que esos ídolos colmaron sueños. Provocaron sosiego. Y regalaron felicidad. Mucha. Porque uno, al hacerse mayor, recuerda todas aquellas conquistas con una enorme sonrisa.

Por eso podría describir cada detalle del córner en el que logré mi foto con ‘Poli’ Rincón. Cómo admiraba las piernas sudorosas a Perico Delgado la primera vez que las vi. Lo que logré decirle a Ayrton Senna. Tartamudeando.

Por eso entendí que Juninho fuera el más querido del OL. Daba igual que fuera brasileño. Él se pasaba muchas más horas regalando autógrafos que cualquier otro futbolista del club de Lyon. Por eso perdono a Del Potro que ahora, por fin, le haya concedido el placer de una foto al hijo de Emilio Sánchez Vicario. Por eso Federer tardó lo que tardó en salir del aeropuerto de Zúrich, después de ganar en Australia. Por eso cada primavera a muchos no nos deja de sorprender la paciencia de Nadal cuando viene a jugar a Barcelona. Cuando le vemos firmar y posar sin parar. Sin ningún atisbo de hastío o impaciencia. Los gestos feos, sencillamente, se los guarda.

Para los más pequeños de la casa, esos deportistas son lo más parecido a un padre. O a un Dios. Y un desaire puede hacerles bajar de ese pedestal. Puede hacer que todos los deseos se esfumen. De una vez. Merecidamente.

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