Seattle reina en la locura

En el CenturyLink de Seattle, muchos aficionados empezaban a abandonar sus asientos. Russell Wilson había lanzado su cuarta interceptación y los Seahawks perdían 19-7 a falta de cinco minutos para concluir el partido. Los Packers tenían la posesión por medio de Rodgers. Decidieron correr para agotar el reloj y en tercer down Aaron lanzó un pase perfecto que se escurrió de las manos de uno de sus receptores. Green Bay sacaba su unidad de punt y enviaba a los Seahawks a la yarda 31 de su propio campo, con 3:52 para remontar 12 puntos.

Los de Wisconsin tenían el partido prácticamente sentenciado, habían logrado la machada de tener ese resultado a favor en Seattle en el partido más importante del año. Y lo peor para ellos era precisamente el electrónico, un 19-7 que no reflejaba para nada lo que había sido el partido. Los Seahawks habían perdido el balón en cinco ocasiones (sólo lo habían entregado en catorce ocasiones en diecisiete partidos) y Rodgers había dispuesto de buenas posiciones de campo para trabajar. Errores en la ejecución y un conservadurismo extremo de Mike McCarthy, el entrenador de los visitantes, con un playcalling temeroso de la defensa de Seattle y conformándose con field goals estando a media yarda de la zona de anotación, fueron los principales culpables de la corta ventaja.

La defensa de los Packers celebrando la interceptación a Russell Wilson por parte de Morgan Burnett (42). Era la cuarta del partido a Wilson y el defensa se tiró al suelo tras coger el balón para asegurar la victoria de su equipo, 19-7 arriba a falta de cinco minutos.
La defensa de los Packers celebrando la interceptación a Russell Wilson por parte de Morgan Burnett (42). Era la cuarta del partido al quarterback de los Seahawks y el defensa se tiró al suelo tras coger el balón para asegurar la victoria de su equipo, 19-7 arriba a falta de cinco minutos.

Aún con todo, Green Bay se había ido 16-0 al descanso. El ataque no había tenido demasiados problemas para cruzar campo -excepto cuando llegaban a la zona roja, la que está a partir de la yarda 20 del campo rival- y la defensa había engullido al ya de por sí rudimentario ataque de Seattle. Marshawn Lynch se estampaba una y otra vez ante una unidad liderada magistralmente por Clay Matthews, que hizo un alarde físico al alcance de muy pocos. Wilson estaba desesperado, no podía correr, no podía confiar en sus receptores y algunas de sus decisiones estaban lastrando a su equipo cuando más lo necesitaban. Entre ellas la segunda interceptación que lanzó, un pase profundo a doble cobertura que el safety Clinton-Dix (menudo rookie el de Alabama) se llevó con él. Otra interceptación al borde del descanso en otro pase sin ningún sentido acababa con el peor primer tiempo de los Seahawks desde que Pete Carroll aterrizara en el estado de Washington.

Seattle estaba en la yarda 31 de su campo. 19-7 abajo. Sólo tres minutos para lograr un milagro. Tres cuartos de horrores como los arriba descritos en su cabeza. La defensa de Green Bay había estado impoluta, perfecta, se había metido en la cabeza de Wilson y sólo Lynch lograba atravesarla y muy de vez en cuando. El primer y único touchdown hasta ese momento de Seattle había llegado en una jugada inesperada, un fake field goal en el que los equipos especiales de Seattle estaban atentos a Brad Jones, un linebacker de Green Bay. De él dependía que el fake se llevase a cabo o no. Ryan, el punter de Seattle y el que debía aguantar la pelota para el golpeo de Hauschka, se fijó en los movimientos de Jones y al comprobar que los Packers no se esperaban una jugada de engaño, cogió la pelota y envió la pelota hasta Garry Gilliam, un tackle de 140 kg que lo esperaba en la zona de anotación. En el CenturyLink, había partido según el marcador, pero no acorde a lo que se veía en el césped.

Jon Ryan (9) pasa el balón en el engaño de field goal que cogió descolocada a la defensa de Green Bay.
Jon Ryan (9) pasa el balón en el engaño de field goal que cogió descolocada a la defensa de Green Bay.

Lynch lleva la pelota a un primer down. Los segundos se van desprendiendo y ya no volverán. No es la mejor opción correr cuando estas en este tipo de situación, pero Wilson no había estado a la altura las veces en las que se había recurrido a él. Russell coge el timón, ahora sí, y conecta con Baldwin, el receptor que había perdido el balón en una zona crítica en un retorno de kickoff. Después Wilson busca a Kearse, al que en dos ocasiones que lanzó hacia él la pelota acabó rebotada e interceptada, y el envío esta vez es incompleto. En ese punto del partido, todos los jugadores de Seattle son perseguidos por fantasmas que los atormentan, recuerdos que hacen de la remontada aún una posibilidad más remota. Todos menos Lynch, un fantasma en sí mismo, un motor diésel que corre igual en el minuto uno que en el sesenta, con los defensas ya buscando oxígeno en todos los rincones. Es precisamente Marshawn Lynch el que recoge un pase de Wilson, hace la del funambulista por la línea de banda, y entra en la zona de anotación para poner 19-13 a Seattle a falta de 2:52.

Mientras los aficionados recobran la fe, en el centro de operaciones de la NFL situado en Nueva York, en la otra punta del país, un comité de árbitros con toda la tecnología audiovisual a su alcance observan que Lynch llega a pisar la línea de banda en su baile sobre el filo antes de conseguir el TD. El veredicto llega a la costa oeste del país, al filo de la frontera con Canadá, y los Seahawks se ven obligados a anotar el touchdown de nuevo. Un minuto corre hasta que Wilson, en una jugada en la que lee a la defensa antes de dársela a su corredor, decide llevar la pelota por su cuenta hasta la end zone. 19-14, ahora sí, pero ya sólo restaban dos minutos.

La decisión de ir a por el onside kick era obvia. Un primer down de Green Bay era el final del partido y en el mejor de los casos a Seattle le hubiera quedado un minuto para recorrer unas setenta yardas. Hauschka chuta el balón y el tiempo se vuelve perezoso. Las cámaras se tornan lentas. El ovoide vuela directo hacia la zona en la que lo esperan receptores de Green Bay. Brandon Bostick, un tight end de los Packers, salta a por él sin nadie de Seattle alrededor, todo a su favor. Sin embargo, en la tierra de las redenciones y las remontadas imposibles rodadas en plató, ese balón adopta vida propia, engaña al receptor de los Packers, lo golpea en el casco, cuya huella perdurará para el resto de su vida, y sale despedido, cómo no, hasta las manos de un jugador de Seattle.

El balón rebotó en el casco de Brandon Bostick (derecha) y fue recuperado por Seattle.
El balón rebotó en el casco de Brandon Bostick (derecha) y fue recuperado por Seattle.

Ese es el primer momento en el que los de Wisconsin ven que pueden perder el partido, sensación que se acrecenta con el ambiente en el estadio y en el césped, donde Wilson logra cabalgar sobre sus errores y Lynch, con ese visor tintado, te amenaza en cada parcela del campo. Russell encuentra a Willson, el tight end, para el primer down ya bien adentrados en territorio rival. Luego, con el reloj corriendo y la defensa esperando un pase, Marshawn Lynch coge el balón y atraviesa líneas plagadas de sombras blancas hasta el final del campo. 20-19 para Seattle, los decibelios llegando hasta la costa este del país, ensordeciendo por el camino todo el estado de Wisconsin. Los Seahawks van a por la conversión de dos puntos, la jugada no sale de primeras y Wilson intenta escapar de los defensas. Cuando es consciente de que lo acabarán atrapando, lanza el balón sin mirar hacia la zona de anotación. Allí, Willson se alza para atrapar el cuero y consigue el 22-19.

El guión es de esos que se empeñaba en gritar a voces que la realidad siempre supera a la ficción. Nadie habría esperado que, tras cinco pérdidas de balón y a falta de tres minutos, Seattle anotaría dos touchdown. Hubiese sido ya de película de haber acabado el partido en esa acción de Willson, pero a Rodgers le quedaba algo más de un minuto y tres tiempos muertos para maniobrar. Mucho tiempo para un quarterback de su calado. Con Sherman, el hombre de las grandes ocasiones, lesionado -qué partido el suyo, qué coraje el de seguir jugando sólo con un brazo, qué magnífico jugador-, Aaron conecta con Nelson y Cobb como no lo había hecho antes. Las leyes del fútbol ya no aplican en ese partido, impera la locura. Los Packers avanzan con firmeza y hasta parece que les sobrará tiempo para anotar un touchdown, pero llega un punto en el que ya no pueden atravesar la defensa de Seattle. Una barrera se ha levantado enfrente de ellos, Rodgers envía dos pases incompletos y en tercer down con diez por avanzar el balón llega a Jordy Nelson, pero no consigue el primer down. Será un intento de 48 yardas para Crosby, un kicker no muy allá, en condiciones de viento, lluvia y presión ambiental y propia que lo asemejan más a un lanzamiento de 60 yardas. Entra. 22-22. Habrá prórroga.

Cómo no.

El sorteo beneficia a Seattle y los que pensaran que el último ataque de Green Bay había devuelto las aguas a su cauce, pronto se iban a dar cuenta de lo equivocados que andaban. Wilson y sus Seahawks mostraron en ese drive todo lo que no habían enseñado hasta entonces. Y no era fácil: perder la pelota aquí sí que te enviaba muy probablemente a casa, verte obligado a hacer un punt por un par de malos pases igual. Mover las cadenas o ser estrangulado por ellas, todo se reducía a eso. Seattle avanzó, no de forma milagrosa porque el milagro era que se hubiese llegado a ese punto del partido. Los Seahawks afrontaban tercer down y siete por avanzar. Los números del partido en tercer down para Seattle hasta entonces hacían presagiar la vuelta al campo de Rodgers. Sin embargo, Wilson se saca un espectacular envío de la manga hacia Doug Baldwin para una ganancia de 35 yardas. Ya están dentro del campo de Green Bay y los aficionados de los últimos saben, tras ver ese pase, que este no va a ser su año. En la siguiente jugada, el coordinador ofensivo de los locales decide que es buen momento para acabar con el partido y Russell Wilson concuerda con él, enviando a volar el cuero, que atraviesa más de treinta yardas de aire -un aire denso, tenso, impregnado de recuerdos- y acaba en las manos de Kearse para el touchdown y la victoria y el pase a la Super Bowl en uno de los partidos más increíbles de un deporte cimentado sobre la base de partidos increíbles.

Jermaine Kearse (15) atrapa el pase de touchdown de Russell Wilson ante la defensa de Tramon Williams (38) para dar la victoria a Seattle.
Jermaine Kearse (15) atrapa el pase de touchdown de Russell Wilson ante la defensa de Tramon Williams (38) para dar la victoria a Seattle.

En la NFL todo es posible.

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