Dicen que no hay un estadio de la NFL con mayor grado de ánimo que el CenturyLink Field de Seattle. La capital de Washington vivió hasta el año pasado con la añoranza de recordar a los desaparecidos Sonics como el último club (o franquicia) de la ciudad en conquistar un título nacional, no olvidando al equipo dirigido por Lenny Wilkens que logró el anillo de la NBA en 1979.

En 1917 los Metropolitans habían conquistado la Stanley Cup de hockey hielo… Pero de todo ello hacía ya mucho, muchísimo tiempo.

Los Seahawks subieron el último escalón el año pasado al aplastar a los Broncos en la Super Bowl en su primera aparición y ahora aspiran a ser el primer equipo en repetir título desde que lo hicieran los Patriots en 2005. Y serán los de Nueva Inglaterra, que se dieron un festín en la final de la AFC ante los Colts, los que traten de impedirlo.

Pero aquello de lo que tanto orgullo muestran no pocos estadios, el ‘jugador número 12’, adquiere en Seattle una connotación especial. Los Seahawks retiraron este dorsal en homenaje a sus aficionados en 1984 y a la pancarta que preside cada uno de sus partidos se añade el homenaje antes de su comienzo, cuando se saluda a los fans izando una bandera gigante con ese número 12. No es solo una cuestión del equipo ya que celebridades de la ciudad y el propio dueño Paul Allen han saltado al césped portando esa bandera tan especial.

El desaparecido Kingdome, donde los Seahawks jugaron entre 1976 y 1993, era un escenario especialmente antipático para cualquier rival, abrumado ante los decibelios de la música rock con que se caldeaba el ambiente antes del comenzar los partidos y por la pasión de una hinchada que muchos consideraban ‘extraña’ en el contexto deportivo profesional de Estados Unidos.

Porque dicen que Seattle, cuna del grunge y donde nacieron Bill Gates y Paul Allen (confundadores de Microsoft y dueño de los Seahawks este último) es una ciudad del este instalada en el oeste, una capital alejada, y hasta enfrentada, al glamour de Los Ángeles o el nivel mediático de San Francisco. Más cercana a Portland en el fondo y en la que sus habitantes no dudan a la hora de apoyar a sus equipos profesionales.

Aún lloran a los SuperSonics, suspirando con el regreso de la NBA, para convertir a los Sounders en el club más auténtico de la MLS. Los Mariners, que nunca han ganado un título en la MLB, suelen llenar las cerca de 48.000 plazas del Safeco Field y el gobierno de la ciudad no cesa en su intento de conseguir una franquicia en la NHL que resucite a los viejos Totems. Y hoy, ahora, los Seahawks son su orgullo.

Gary Payton, probablemente la última gran estrella de los Sonics, recordó en una entrevista que jamás vio en la NBA “un ambiente tan fantástico como en Seattle. Quizá solo podría compararse con Boston” y Robbie Keane, el jugador franquicia de los Galaxy de Los Angeles que derrotaron a los Sounders el 30 de noviembre en la final de la Conferencia Oeste gracias al doble valor de los goles en campo contrario, consideró a la hinchada de Seattle como “la más europea” de la MLS.

Puede que así se explique que los Seahawks fueran capaces este domingo de no hundirse tras el 0-16 con que los Packers vencían al descanso en la final de su conferencia de la NFL y que el desastroso papel de Rusell Wilson diera paso a la mayor remontada de la historia en un partido de estas características. Ya ocurrió el año pasado, cuando los 49ers se fueron al descanso ganando por 3-10 para acabar perdiendo por 23-17 con una última jugada taquicárdica en la que Richard Sherman evitó un touchdown para los de San Francisco, que podría haber cambiado el rumbo de la historia.

El estadio de la Universidad de Phoenix acogerá el primero de febrero una Super Bowl a la que los Patriots vuelven por primera vez desde 2012 para buscar su cuarto título y primero desde 2005. Para los de Seattle, favoritos en las apuestas, será su segunda aparición consecutiva y acuden con el ánimo de ser el primer equipo en diez años que repite título. Lo que tienen todos claro es que los Seahawks jugarán, como siempre, con 12.