Se acabó la transición

Un pensamiento habitual las últimas semanas entre los aficionados culés es que su equipo acaba de realizar el mejor fútbol de la temporada. Lo que empezó como chispazos ocasionales ante el Atlético de Madrid, se confirmaría luego en un dominante partido en San Mamés, apenas unas semanas antes de la eliminatoria clave ante el City. Por el camino, el Barça dejó más victorias que esperanza, combinó partidos planos con otros en los que el campo parecía inclinado a su favor, jugó con velocidad diez minutos para luego cambiarla por el fuego. Incluso antes de viajar, ganar y convencer en Manchester, el equipo de Luis Enrique (pues este es tanto su equipo como el que echó a andar en agosto) se dejó tres puntos en casa en un encuentro horroroso ante el Málaga.

Ese Barça era uno de contrastes —y el uso del pasado no es caprichoso-. Amparado en su tridente (¿y quién puede culpar a un entrenador de dar el peso del juego a esos tres?), Luis Enrique pareció que fiaba la temporada a lo que saliese de las botas de Messi para que remataran Suárez o Neymar, una fórmula suficientemente fiable como para que el equipo acumulase una cantidad indecente de puntos en la primera vuelta. Pudo haber salido mal, pudo haberse quemado, pero no fue así y sería injusto reducirlo todo a la casualidad o el azar: ese Barça tenía un plan, más o menos vistoso, más o menos digerible. Este ya es un debate sobre gustos personales.

El peligro para Luis Enrique y su proyecto era esa pregunta que se hacía repetidamente Peggy Lee a finales de los sesenta: Is that all there is? ¿Es eso todo lo que tiene este Barça? Desde la eliminatoria contra el City, el equipo ha vivido inmerso en demostrar lo contrario. Ha habido tramos de partidos donde el Barça se ha visto superado (Madrid, Celta, Valencia), pero la norma ha sido bien distinta: los de Luis Enrique han dominado, algo que dista de tener únicamente la pelota. Hay que saber qué hacer con ella. Cada posesión tiene que tener un propósito, ya sea el de desarbolar al rival o el de defender el resultado. Y eso es algo que se vio en Sevilla durante una primera media hora fabulosa, se repitió contra el PSG, se exhibió en Cornellá y se deleitó a los aficionados con ello ante el Getafe. El Barça no hace distinción con el rival y lo somete como hace años que no lograba hacer.

Nadie más que Luis Enrique y sus compañeros pueden saber si era esto lo que quería a principios de temporada o si él y sus jugadores se han encontrado a medio camino. Sea como fuere, el Barça ha dejado la transición atrás, ese periodo en el que se dejó llevar por los tres titanes que forman su delantera. A día de hoy, cada partido es un precioso ejercicio coral en el que se hace difícil destacar a nadie. Es un equipo hambriento y generoso en la presión, es un conjunto que hace un uso mucho más inteligente de los espacios en campo rival (donde vive) y son unos jugadores que tienen más de una marcha, algo que llevaban dos años sin ser capaces de demostrar, y la posesión de la pelota ha vuelto a ser el medio y no el fin. El Barça seguirá dependiendo de la inspiración de los de arriba para ganar los títulos, no cabe otra forma (y no por ello es negativo; negativo sería, en todo caso, no ser capaces de aprovechar la habilidad de tres de los mejores jugadores del mundo), pero sus aficionados pueden respirar tranquilos: no es eso todo lo que hay.

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