Sao Paulo: el trienio mágico

Sao Paulo FC. Un equipo lejano, un nombre acaso poco relevante en Europa… Un gigante en el fútbol. En Brasil y en el mundo entero. No hace mucho refrescamos una jornada maldita para el Barça, un 13 de diciembre de 1992 en que el club paulista, liderado por Raí, le arrebató la gloria mundial en una inolvidable Copa Intercontinental. Poco se sabía de aquel equipo en Europa. Algunos nombres, mínimas referencias… Pero se descubrió, de golpe, la excelencia que representaba. Y con el tiempo, anterior y posterior, se demostró que fue un equipo magnífico.

Aquel gran Sao Paulo nació un año y medio antes, en el Brasileirao de 1991 que conquistó a las órdenes de Telê Santana, legendario futbolista del Fluminense y que el club fichó en 1990 después de tener hasta seis entrenadores en los cuatro años anteriores. Con el técnico se catapultó Raí, apareció Zetti, procedente del Palmeiras, explotaron Vítor o Cafú, renació Müller (regresado del Torino)… Y luego llegaron Palinha o Cerezo (de vuelta desde la Sampdoria), Ronaldo Luiz, Juninho o André. Un equipo sobresaliente que entre 1991 y 1994 conquistó once títulos, destacando dos Intercontinentales y dos Libertadores. Y que perdió la Libertadores de 1994 ante el Vélez Sarsfield en la tanda de penalties.

«Fue un equipo mítico. En España, en Europa, se habla del Dream Team de Cruyff y del Milan de Sacchi o Capello… Pero los dos cayeron con el Sao Paulo. Fue el mejor equipo del mundo, sin duda», advierte desde la misma ciudad brasileña Joaquim Piera, corresponsal del diario catalán Sport y que vive muy de cerca la actualidad futbolística del país.

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Pero si la historia se escribe, a veces, a partir de victorias casuales, ajustadas o inesperadas (y de eso el Barcelona tiene un máster), el caso de aquel Sao Paulo no fue muy distinto. La leyenda nació a partir de un gol de Mário Tilico en Morumbí, un 5 de junio de 1991 en el partido de ida de la final del Brasileirao contra el modesto Bragantino. Aquel equipo, dirigido por el Carlos Alberto Parreira que después se hizo cargo de la selección brasileña que conquistó el Mundial, no fue capaz cuatro días después de remontar el 1-0 de la ida. A los mandos de un Mauro Silva descomunal y que un año después ficharía por el Deportivo de La Coruña, el Bragantino se quedó con la miel en los labios… Y dio paso a la mejor era del Sao Paulo.

«Lo que nosotros hablamos de Cruyff o Guardiola, de Aragonés o Del Bosque, Sacchi, Ferguson o Clough no es diferente a la consideración que en Brasil se tiene por Telê Santana. Posiblemente es el mejor entrenador de la historia de este país», explica el periodista catalán afincado en Sao Paulo, quien refresca la memoria para explicar no pocas anécdotas del veterano y venerado entrenador. «Telê educaba a sus jugadores además de entrenar. Lo que ha sido Cafú se lo debe a él. Era un personaje obsesivo y la historia le ha reservado el lugar que merece. No ganó el Mundial en 1982… Y sin embargo aquella selección está en el corazón de toda la gente. Es difícil de explicar».

Aquel Sao Paulo que ganó en junio el Brasileirao aplastó en la final del Paulista, en diciembre, al Corinthians, el gran rival al que en un repleto Morumbí goleó por 0-3 con un hat-trick del excelso Raí y dio paso en 1992 a su ascenso a lo más alto, ganando en junio su primera Copa Libertadores al Newell’s (en el que jugaban entre otros Gerardo Martino o Pochettino y entrenaba Marcelo Bielsa) y en diciembre la Copa Intercontinental al FC Barcelona. Por si fuera poco, aún celebrando el éxito mundial, una semana después, el 20 de diciembre, cerró el año revalidando el Paulista ante el poderoso Palmeiras, al que en el partido de ida ganó por 2-4 y por 2-1 en la vuelta.

Imparable en resultados y maravilloso en su fútbol, el Sao Paulo se había convertido en la tendencia de todo el continente. Pero aún prometía más. «Era un espectáculo y logró una cosa muy especial: la torcida acudía al campo para ver al Sao Paulo. Fuera quien fuera el rival, por encima de su importancia, lo que llamaba era el equipo de Santana, su fútbol, su juego. Enamoraba. Es fácil decirlo a partir de los títulos, claro, pero es un caso similar al Dream Team de Cruyff, cuya personalidad superaba el partido o rival en si mismo. Aquel Tricolor marcó una era que no se ha superado veinte años después», afirma Piera.

Si 1992 significó el ascenso a la gloria, 1993 fue el año de la confirmación. Si ya había logrado inscribir su nombre en el palmarés de la Copa Libertadores, el reto, mayúsculo, era convertirse en el primer equipo que revalidaba el título desde que lo hiciera en 1978 el Boca Juniors o ser el segundo club brasileño en lograrlo después de 30 años, cuando lo había conseguido el Santos de Pelé.

Y lo hizo a lo grande. Comenzó por remontarle un 2-0 a Newell’s goleándole por 4-0 en octavos, eliminó por la mínima en cuartos al Flamengo, en semifinales al Cerro Porteño paraguayo… Y sentenció la final en la ida arrodillando a la Universidad Católica de Chile, que cayó por 5-0 en un partido eléctrico. El 2-0 de la vuelta no fue más que un trámite en la fiesta tricolor.

De ahí, claro, a la misión definitiva. La Copa Intercontinental frente al poderoso Milan de Fabio Capello, protagonista del partido por la sanción que pesaba sobre el Olympique de Marsella y que llegaba a Tokio sintiéndose favorito y convencido de recuperar el cetro mundial que había ganado consecutivamente en 1989 y 1990. Como en la Libertadores, el Sao Paulo podía convertirse en el primer club brasileño en enlazar dos títulos mundiales desde que lo hiciera el Santos en 1963. Y como en el torneo sudamericano… Lo consiguió.

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El Milan de Rossi, Baresi, Costacurta, Maldini, Desailly, Massaro o Papin igualó por dos veces los goles de Palinha y Cerezo. Lo hizo por segunda vez Papin a los 81 minutos, pero Müller, cuando ya se esperaba la prórroga, marcó el 3-2 decisivo. La explosión definitiva. El cielo abierto, de par en par, para el Tricolor. Bicampeao mundial.

Brasil respiraba ya por el Mundial que se acercaba y seguía desde la lejanía los éxitos de Romario o Bebeto en la Liga española, pero allí, en casa, tenía al equipo mayúsculo, que en dos años y medio había ascendido todos los escalones y se había quedado instalado en lo más alto, el lugar del que no le pudieron descabalgar ni el Barça ni el Milan. Nadie.

Lo había hecho, ahí es nada, habiendo ganado también la Supercopa al Flamengo y la Recopa al Cruzeiro en un año que el equipo cerró conquistando cuatro títulos, como en 1992. Fue el Canto del cisne. La gran época, el esplendor máximo del Sao Paulo comenzó a decaer. Ya se había ido Raí al PSG y a partir de ahí se fueron marchando Cafú al Zaragoza, Ronaldao, Müller y Leonardo a Japón, Juninho a Inglaterra, Toninho Cerezo al Cruzeiro… La felicidad estaba instalada en el corazón de la torcida, la apuesta futbolística de Santana permanecía, pero la gloria de los títulos se apagó con la conquista de la Copa Conmebol que logró, con goleada (6-1) al Peñarol uruguayo.

Perdió, en la tanda de penalties, la oportunidad de hacer aún más historia en la Copa Libertadores de 1994 que le arrebató el Vélez Sarsfield de Chilavert, Pellegrino o Cardozo y que, entrenado por Carlos Bianchi, tomó el relevo en cuanto a dominador del fútbol sudamericano.

Pero dos décadas después, en el imaginario del fútbol permanece la historia de aquel Sao Paulo, el Tricolor de Telê Santana que un mes de junio de 1991 comenzó su ascenso hacia la leyenda. «La gente aún habla de aquello. No sólo por lo que ganó, sino por cómo lo hizo. En Europa no tenéis conciencia de lo que significó aquel equipo para el fútbol. Fue el mejor del mundo. Lo dicen los resultados, pero también el corazón de la torcida. Y eso es lo más importante» sentencia Joaquim Piera, orgulloso como está de tener la oportunidad de vivir ahora en primera persona lo que significa la religión futbolística en una mastodóntica ciudad que parece no acabar nunca.

Sao Paulo 3 – Milan 2 / Copa Intercontinental de 1993

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