Fieles imitadores de Djokovic y Nadal

Muchos niños, al irse a dormir, sueñan con lograr los mismos éxitos que sus ídolos. Meter ese gol en el último minuto. Esa canasta imposible, cayéndose. O esa volea que casi besaba la cinta antes de caer mansamente del otro lado de la pista. Desean con todas sus fuerzas imitar a los mayores, darían lo que fuera por levantar uno de esos títulos con los que saltaron de alegría en el sofá. Por eso, cuando juegan, calcan todos sus gestos.

En el pasado Barcelona Open Banc Sabadell se disputó por primera vez el torneo en categoría sub 14. Y no dejaba de sorprenderme cómo aquellos chavales escogían las bolas, se secaban la cara entre punto y punto o bebían agua con la mirada perdida en el horizonte tal y como hacen Djokovic, Nadal y compañía. Igual que los padres saben que sus máximos observadores e imitadores son sus hijos, los tenistas son (o deberían ser) conscientes de que las generaciones venideras intentan reproducir todos sus golpes… y sus gestos, sean buenos o malos.

Por eso me entristece ver cómo se enrabieta Andrey Rublev cada vez que falla una bola. Apenas tiene 17 años y, en determinados lances de un partido, parece convertirse en todo un ogro malencarado sin rastro alguno de risueña adolescencia. Pareciera que su máxima sea idolatrar e imitar a Mikhail Youzhny, otro ruso conocido por sus malas pulgas. Rublev gesticula, maldice, tira la raqueta y en ocasiones destila todo tipo de rabia.

Uno no busca siempre la candidez en todo joven tenista que ve jugar, pero el agrio carácter de Andrey Rublev llama la atención haciéndote que te olvides de su calidad como tenista. Pero está a tiempo. Tiene margen de mejora. Y ojalá lo consiga. Como esos tenistas extremadamente respetuosos y educados. Los que logran un sobresaliente en una asignatura en la que otros suspenden. Saber perder.

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