En una escena de una película muy yanqui pero que no me canso de ver, “Wind” (“La fuerza del viento”), Matthew Modine le dice a un amigo y compañero de regatas: “Hay algo más emocionante que ganar la Copa América. Perderla… y volverla a ganar”.

 Tras ver las diez finales parisinas, podría jurar que he visto algo parecido en la cara de Nadal al levantar el trofeo en 2010…. y en este 2017. Son los años en los que volvía a Roland Garros sin la vitola de máximo favorito. Sin el dorsal número uno a su espalda. Con dudas. Y no parando de recordar que el año anterior algo falló y que no se llevó la copa a casa.

Mil expertos, tenistas, entrenadores y analistas lo han dicho. Era difícil que volviera… No por talento o ganas. Sino porque las lesiones, la ansiedad y una serie de rivales que de repente empezaron a ganarle casi sin sorpresa metieron al mallorquín en un enredo de interrogantes y derrotas. Un auténtico laberinto.

Pero volvió a salir. Tomó aire. Empezó (casi) de cero. Se convenció y se dejó convencer del tenista competitivo que es y demostró (si es que había algo que demostrar) que fue, es y será un tenista inolvidable. Superó puntos en el alambre cual funambulista, tumbó a los favoritos, desenmascaró a los emergentes e hizo subir un peldaño de calidad a su revés y a su saque. Porque su derecha y su endiablada velocidad habían sido celosamente guardadas. Solo hacía falta rescatarlas de su baúl.

 Ya en la final, se mostró seguro y regular, a pesar de todo. Fue demoledor e insaciable, sin querer despertar al gran ‘Stan’. Y decoró con más quilates siquiera su palmarés. Solo tiene a Federer por delante y, con lo amigos que son y la humildad que siempre profesa, parece como si no quisiera superarle.

Pero desconfíen. Este chico tiene hambre para rato. No le inviten a cenar a un japonés. Y no jueguen con él ni a las chapas. Si lo hacen… tal vez se les ponga la misma cara que al bueno de Wawrinka.

PD: Muchos aficionados al ciclismo se resignaron y recuperaron la siesta veraniega cuando tocó ver los tours de Francia con Olano. Porque, y mira que lo intentó Abraham, no logró emular a todo un Indurain. Y la gente se maldecía. Por no ver en sus pantallas a un sucesor tan bueno como Miguel. Y no hubo milagro. Así que les recomiendo que se apliquen la moraleja: no dejen de ver a Rafa.