Racing… de Portsmouth

En enero de 2006, siete años después de que Milan Mandaric salvase al club de la bancarrota a la que le habían dirigido aventureros como Terry Venables, Alexander Gaydamak compró el Portsmouth FC con la promesa de convertir al club en el Chelsea del sur. El millonario israelí (de origen francés y con raíces rusas) se lanzó a una atrevida aventura en la que llegaron al club Andrés D’Alessandro, Kanu, Glen Johnson, Calamity James, Andy Cole, Defoe o Crouch. El Pompey, salvado del descenso en 2006, se catapultó deportivamente en la Premier, conquistó la FA Cup en 2008 y vivió en una burbuja de felicidad de la que despertó de golpe en 2009, cuando las autoridades futbolísticas de Inglaterra advirtieron que la deuda del club, descapitalizado brutalmente por su dueño, ponía en peligro su supervivencia.

Gaydamak vendió sus acciones a Sulaiman Al Fahim a la vez que reclamó el pago de 32 millones de libras que dijo haber invertido durante sus años de mandato en calidad de préstamo. El derrumbe económico provocó que en marzo de 2010, siendo el equipo colista de la Premier y habiendo malvendido (o simplemente regalado la libertad) a sus mejores hombres, le cayera una sanción de 9 puntos condenándole al descenso… Y que en febrero de 2012, al borde del colapso financiero, fuera castigado con 10 puntos de penalización que le condujeron a un nuevo descenso, a League One, la tercera categoría.

La hinchada nunca dio la espalda al equipo. Raro era el día que no acudían 18.000 aficionados a Fratton Park a pesar del derrumbe. Y en abril de 2013, cuando la caída a la cuarta categoría estaba casi sentenciada, llegó la puntilla con una nueva penalización de 10 puntos después de una temporada infernal en que se vio obligado a dar la libertad a todos sus futbolistas para sobrevivir. Al borde de la liquidación, la administración le dio una última oportunidad al club, acordando que el ‘Pompey Supporters Trust‘ se hiciera cargo de la dirección de la entidad, que de esta manera se convirtió en el equipo con más hinchas propietarios en la historia del fútbol inglés.

El Pompey Supporters Trust había nacido un año antes por la decisión de un grupo de aficionados dispuestos a salvar al club de la desaparición. Paralelamente a todas las desdichas, fueron sumando adeptos con aportaciones que iban de las 10 libras hasta las 500 en un principio y que en junio de 2013, con el beneplácito de las autoridades de la FA ya sumaban 16.000 asociados. El club era, es, suyo.

Hoy el Pompey, todavía vigilado por la administración y sin poder realizar fichajes, sobrevive en la parte baja de la League Two, la cuarta división del fútbol inglés. Y sin embargo raro es el partido en que no acuden a su estadio, con capacidad para 20.000 espectadores, 15.000 aficionados. Más aún, es el visitante más deseado por los rivales por cuanto arrastra no menos de 2.000 hinchas en cada desplazamiento para demostrar que Portsmouth, una ciudad de 200.000 habitantes que se extiende sobre la isla de Portsea, frente a la isla de Wight en el Canal de la Mancha, no ha dejado, ni dejará, en la estacada a su club.

Probablemente vendrán días mejores. Cuando consiga sacarse de encima judicialmente a Gaydamak y normalice su situación económica volverán a llamar a su puerta sponsors que le den aire y opciones de volver a competir en condiciones. Y cuando eso ocurra apenas nadie duda que el Portsmouth FC recuperará su posición. Quizá no en la Premier. O quizá sí.

Su historia, con todo, es menos dramática que la del AFC Wimbledon, fundado en 2002 por un grupo de hinchas engañados por el dueño del antiguo y legendario Wimbledon FC, quien se llevó el club a Milton Keines. El club de Londres también es propiedad de sus aficionados, que se cuentan por encima de los 5.000 y que en nueve años vieron como el club ascendía hasta siete categorías para plantarse en esa misma League Two que comparte con el Portsmouth.

La entrada media para ver los partidos del Portsmouth en Fratton Park supera los 15.000 aficionados y no menos de 4.000 cruzan medio Londres para acudir a Kingsmeadow a animar al Wimbledon.

En Santander, el histórico Racing vive una situación igualmente dramática. Desde la presidencia de Pernía, pasando por la broma de Ashan Ali Syed y acabando por esta etapa de Ángel Lavín, el club cántabro, con una deuda estimada superior a los 50 millones de euros, parece abocado a una desaparición que aterroriza a todo su entorno, desesperado por hallar una solución. Futbolistas históricos como Setién, Ceballos o Liaño encabezan las protestas que degeneraron con el plante de una plantilla a la que se le adeudan tres mensualidades y que decidió no jugar el partido de Copa contra la Real Sociedad.

Sí. El universo racinguista está indignado con el presente de un club que de sopetón ocupa todo el espacio mediático con proclamas periodísticas que tanto loan a la entidad y a su afición como destrozan a sus dirigentes, a los que acusan, no sin razón, de haber llevado al club a esta situación.

Y, sin embargo, al Sardinero no han acudido esta temporada más de 5.000 hinchas en un partido, la entrada media en la Liga apenas supera los 2.500 espectadores, la ampliación de capital acabó el pasado mes de septiembre desierta y ninguna empresa, ni grande ni pequeña, se ha decidido a apostar por apoyar a un club al que debe ver muy agitado en las voces pero abandonado por todos.

Probablemente sean comparaciones algo exageradas y hasta quizá fuera de lugar. Pero el Portsmouth está sobreviviendo porque mas de 15.000 personas, aficionados de a pie, decidieron estar a su lado a las duras y a las maduras. Y así, con el apoyo popular, renació el Wimbledon. Son sólo dos nombres a los que se podría sumar como ejemplo principal el Glasgow Rangers, que en la tercera categoría escocesa acoge en Ibrox Park a más de 40.000 aficionados en cada partido.

En España nada soporta esas comparaciones. Murió el Salamanca, desapareció el Palencia, agoniza el Racing… Cuando eso ocurre se multiplican las proclamas, las quejas y las críticas, pero a la hora de la verdad se espera la aparición de cualquier mecenas porque la calle no está para esas gaitas. Ocupa demasiado hablar de Florentino, de Messi, Cristiano y del Tata. Incluso de Guardiola, Benítez y Negredo como para pensar en agruparse y devolver la vida al club de su ciudad. Quizá sea el Oviedo la única excepción, por mucho que al lado del fútbol británico o alemán, el español no pueda agarrarse a nada.

Y mientras, que sigan hablando de la Liga de las estrellas…

Foto: cadenaser.com

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