Oculto tras la rotundidad de los resultados, el Barça anda disimulando sus carencias. Conquistó sin brillo la Supercopa de España y despegó en la Liga con ocho triunfos consecutivos que pretendían ahorrar cualquier tipo de debate. Pero si en más de un compromiso quedó patente su falta de tino, los consecutivos empates en Pamplona y Milán dejan al descubierto los déficits que asoman en el grupo de Gerardo Martino.

Un empate en San Siro nunca debería interpretarse desde la duda. Arrancar un punto en el coliseo lombardo podría contemplarse como un paso adelante. La manera en que se sumó ese punto, sin embargo, es lo que levanta la liebre. El Barça camina, que no cabalga, sin dar muestras de la grandeza que se le supone y se ha rendido a una vulgaridad que no se explica.

Aparcadas las rotaciones volvió a ser Messi quien mantuvo en pie al equipo. Mala señal para un equipo al que se le presume grandeza y que arrastra desde hace cinco años el peso de la leyenda. Se diría que este Barça está en fase de reconstrucción a no ser que se contemplasen tantas carencias.

La elaboración ha dejado paso a una repetición de pases horizontales y a una falta de profundidad alarmante, la verticalidad ha desaparecido, los triángulos se han convertido en rectángulos, el juego de posición es apenas estático. No son los nombres solamente, sino el conjunto lo que muestra que este Barça no es el que nos habían vendido.

Al rival, ya sea un Osasuna o el Milan, le resulta sencillo responder. Atando en corto a quienes en principio deben marcar las diferencias le basta para ahogar las ideas. El equipo de Allegri sobrevivió al asalto del Barça con un simple ejercicio de voluntad. Dio igual que fueran los de Martino los que llevasen la iniciativa porque ese guión estaba escrito de antemano y de la estrategia que se le espera al equipo catalán no hay noticias.

El Barça perdió hace tiempo la frescura y su hecho diferencial. Lo mantiene en la memoria pero no lo muestra en el campo. Futbolistas de mucho peso mediático, de mucho nombre pero poca consistencia es lo que forman la columna vertebral del once que se considera indiscutible. Porque a la hora de la verdad se acabaron las rotaciones y la jerarquía se impuso a todo lo demás.

Si a veces cuesta entender la invisibilidad de un Sergi Roberto que recibe más elogios que minutos, se antoja inexplicable el empujón al banquillo de Bartra, al que se le pagó con la indiferencia su excelente rendimiento de las últimas semanas.

Con el puesto asegurado, los totems del vestuario transitan sin dar más explicaciones que los resultados apoyan las tesis del entrenador, quien abandonó San Siro exclamando que el equipo llega “en buena forma” al Clásico.

Y, sin embargo, en el entorno empieza a sospecharse que el futuro de este Barça está lejos, muy lejos, del mejor pasado que se recuerda.