Pitó el árbitro la falta, el colega de televisión se entretuvo enfocando no se sabe qué y cuando se dio cuenta Simonsen ya se la había lanzado a Quini, que Brujo como era le coló el gol a Preud’homme. El gol invisible y que solo disfrutaron quienes acudieron aquel día al Camp Nou. Sirvió para ganar una Recopa, semanas antes de comenzar el Mundial y semanas después de perder la Liga más lamentable que existió jamás en el Barça.

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Enrique Castro murió de un infarto a los 68 años pero Quini, ya nos perdonarán, no morirá jamás. Quini, como Urruti, será siempre nuestro. Uno haciendo butifarras en Valladolid, el otro convirtiéndose en un Brujo para el Madrid, al que le marcó de azulgrana más goles, seis, que partidos jugó, cinco.

Malditos desalmados quienes no tuvieron peor ocurrencia que secuestrarlo al tiempo que hacíamos cuentas, después de meterle media docena de goles al Hércules, por alcanzar al Atlético en la Liga. Desalmados que hundieron en la miseria a Schuster y consiguieron que el mismísimo Helenio Herrera no fuera capaz de mantener enchufado a un Barça que se vino abajo y pasó de soñar con esa Liga a conformarse con la Copa.

¡Ep! Poca broma con la Copa. Lo que hoy pasa por ser un título de relleno era en aquellos tiempos no solo la salvación de la temporada como tanto se dice y escribe. Era una auténtica fiesta de reivindicación barcelonista. La oportunidad de sacar toda la rabia y celebrar en Canaletes, en las Ramblas y la Plaça Sant Jaume.

Y Quini volvió a tiempo para meterle dos goles, ironías del destino, al Sporting de su vida. Goles que celebró porque en esos benditos tiempos no existían sandeces de pedir perdón por marcarle un gol a tu ex equipo, sino que se celebraba como merecía tu hinchada. Y lo hizo allí, en el Calderón.

quini gol barcelona

Quini es Meyba, es el señor del puro en el lateral del Camp Nou, es el tipo que silencia un Bernabéu que no se atreve a pitarle después de marcar un gol, GO-LA-ZO, de vaselina antes de ser asaltado por el Maradona al que, dicen, intentó guiar por el buen camino. No pudo lograrlo. Lástima…

Lástima que ese viejo fútbol sea tan despreciado por el olvido al que se le condena y solo acuda al plano de vez en cuando, como en el momento que Bartomeu, en un acto que le honra, decide entregarle una insignia en pleno Camp Nou y recibe ese aplauso tan merecido.

Quini es el tipo por quien fuimos de madrugada a una comisaria lejana, en la Vía Layetana (con y), desafiando a nuestros padres para celebrar que le habían liberado después de los 25 peores días de nuestras vidas. Probablemente fuera la única vez que nos abrazamos a un señor policía… Pero, joder, aquello era lo mínimo. Es un cachondo bromista. Es el 9 que llegó para que Krankl acabase siendo un ídolo breve y al que, de alguna manera, ya nos perdonarán, seguimos viendo como entra en el campo subiendo esas viejas escaleras laterales del antiguo Camp Nou.

Negaremos haberlo dicho o incluso pensado, pero ni Luis Suárez ni Eto’o, ni Zlatan ni Kluivert… Nadie es capaz de ocupar en el recuerdo lo que nos deja Quini.

Perdón, pero es que Quinocho sigue aquí. Chutándole a Urruti, vacilándole mientras sentado encima de un balón Johan se lo mira con un chupa-chups. Y sonríe. Y sonríen. Y sonreímos aunque se nos salten las lágrimas.