¿Quiere el Barça a un jugador violento?

A raiz del interés del Barça por fichar al jugador uruguayo Luis Suárez y después de la agresión que éste perpetró hace unas semanas al italiano Giorgio Chiellini –y que le costó su expulsión del Mundial, del país y una durísima y excesiva sanción, ha surgido un dilema entre la afición culé. ¿Se debe fichar a un jugador tan violento?

Nadie parece discutir la calidad del delantero. Es uno de los mejores del momento, ganador de la última Bota de oro europea –trofeo compartido con Cristiano Ronaldo– y con una trayectoria in crescendo que augura éxitos (en el Liverpool ha batido distintos récords de mitos como Robbie Fowler, Kevin Phillips o Andy Cole). Suárez asegura presión, movilidad y gol. Y hambre de títulos.

Otro debate sería el de su adaptación al sistema del Barça (recordemos el fiasco del súper crack Ibrahimovic) y a la capacidad de ubicarle que tenga Luis Enrique. Y hay también un tercer aspecto a estudiar, el económico; conviene meditar si otro fichaje millonario condicionaría el resto de inversiones más necesarias que debe el club realizar en otras líneas.

Pero el debate en cuestión es si el Barça, acostumbrado a practicar un juego limpio –con sus excepciones– quiere arriesgarse a ponerse al nivel de su máximo rival. Así de simple y llano.

En nuestra memoria reciente tenemos al Real Madrid de Mourinho, que junto al de Juanito o al Athletic de Goicoechea son algunos de los máximos exponentes del juego violento, del todo vale para ganar. Sacar de quicio al rival, amedrentarle, dañarle física y mentalmente con todas las artimañas posibles. ¿Es eso lo que quiere el Barça? O planteado de otra manera: ¿Es Luis Suárez un jugador de estas características, o se le está estigmatizando? También era un jugador muy violento Zinedine Zidane (por más que se la haya querido lavar la imagen) y buen crédito dio a sus equipos.

Mahatma Gandhi dijo en una ocasión: «Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar el bien éste sólo es temporal, el mal que causa es permanente». Esto, traducido a la cuestión que abordamos, podría venir a significar que aunque se logren títulos deportivos, la mancha que causa la violencia al jugador y al equipo al que representa queda para siempre. Algunos pensarán que eso no importa cuando consigues tu novena Copa de Europa. Otros pensarán que no hubiesen querido ganar títulos a base de que su entrenador metiese el dedo en el ojo del rival, o que incitase a sus jugadores a patear salvajemente a los rivales.

Como casi todo en este mundo, al final todo es cuestión de mesura. Algo de rauxa puede ser necesaria. Un exceso puede resultar despreciable e incluso contraproducente a nivel deportivo.

Todos los aficionados al fútbol hemos visto la mordedura de Suárez al jugador italiano, y también las dos anteriores. Los medios se han encargado de mostrárnoslas estos días. Pero no sé si somos conscientes de todas sus agresiones o idas de olla. Los que no somos Maldini y no nos tragamos hasta un Zbrojovka- Jablonec de la liga checa, quizás no conozcamos todo su historial. Valga este vídeo como botón de muestra.

Tras ver estas reacciones del uruguayo al estilo Pepe, me quedan dudas de si en el FC Barcelona serían capaces de reconducir su conducta.

Cierto es que Suárez ha rechazado hasta ahora la ayuda de psicólogos deportivos que le ha ofrecido el Liverpool, y no cuesta imaginar que el Barça le pondría uno de cabecera como condición sine qua non. Aun así, no sé hasta qué punto se puede acabar con esa actitud tan explosiva. Además, tras la dura sanción de FIFA, el charrúa sería observado con lupa y cualquier reincidencia podría acarrear sanciones mucho más severas, quién sabe si de temporadas enteras.

Si viene al Barça, la ilusión en cuanto a su aportación futbolística será máxima, pero habrá que vigilarle, cuidarle, conseguir a través de concienciación y si es necesario mediante técnicas de autocontrol que no alcance a perder los estribos, que no llegue a agredir a contrarios. ¿Es eso posible?

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