Como Messi, jamás deseé tanto que volviera el fútbol. Uno, que aún no ha empezado a disfrutar de sus vacaciones, está deseando que los futbolistas acaben las suyas para ver si el rodar del balón eclipsa el esperpéntico espectáculo que la junta directiva del Barça tiene a bien representar, en sesión continua y desde hace unas semanas, a vueltas con los temas judiciales.

La penúltima ocurrencia de los directivos del club ha sido despertarse tres días después de la sentencia contra Messi para lanzar una campaña de apoyo al argentino. Campaña que comenzó generando vergüenza ajena y que ha alcanzado el rubor máximo hoy con la foto de los empleados de la institución haciendo el gesto de las manos arriba.

No permitiremos que se llame delincuente a Messi”, decía estos días el portavoz de una junta escandalizada con ese calificativo cuando ella misma, no hace ni un mes, convirtió por arte de magia y escapismo al club en delincuente. Aquí delincuente hay uno, y ese es el Barça, parece decir esa misma directiva a la que Messi tuvo que poner en su sitio cuando el hombre de Qatar, entonces vicepresidente, se atrevió a llamarle “ese señor”.

Hoy, la junta directiva tiene miedo pese a sentirse con la seguridad florentinesca de gobernar a golpe de encuestas, encuestas que dejan bien a las claras que a 7 de cada 10 socios les trae sin cuidado el rumbo de la institución o, peor aún, que 7 de cada 10 socios consultados son estúpidos. Y aun así, la directiva del Barça tiene miedo.

Miedo de que los números no salgan, de que se descubra la chapuza hecha con Qatar, de no ver venir el próximo atraco de la estrella de turno y, sobre todo, de tener que aguantar para siempre la cruz de ser quienes se tragaron el sapo de la marcha de Messi. El argentino ha dicho una y mil veces que está feliz en Barcelona. Incluso que se siente agradecido a la ciudad y al club, de modo que no habría por qué temer una marcha del 10.

El analfabetismo fiscal de Messi

Ocurre, sin embargo, que Messi se equivocó, cometió fraude fiscal y ha sido condenado a una pena de prisión que no deberá cumplir pero que pesa. Vaya si pesa. Soy de los que piensan que Messi no tenía conocimiento de todo el embrollo en el que se ha visto metido. Si el juez aludió en la sentencia a la “ignorancia voluntaria”, yo me atrevería a pensar que Messi sufre “analfabetismo fiscal”, exactamente el mismo que me afecta a mí y que hace que un gestor se ocupe de mis facturas y mi papeleo.

Si el gestor se equivoca o hace trampas en mi declaración de la renta, hacienda no le buscará a él, sino a servidor. Y eso es lo que me aventuro a pensar que le ha pasado a Messi, pero es él quien debe pagar. El club debe apoyarle en lo que pueda con la misma fuerza con la que debe huir de campañas ruidosas y que perjudican la imagen del Barça, una institución que deja boquiabiertos a medio mundo no ya por su juego, sino por su habilidad para ir saltando de charco en charco.

Tots som Messi?

Y ya se sabe que a río revuelto, ganancia de pescadores. A dos años de la finalización de su contrato, en Barcelona comienzan a hablar de su renovación y en Madrid de su posible marcha. Y quienes, de nuevo encuesta en mano, estudiaron su venta no hace demasiado tiempo, se apresuran a levantar las manos para ser todos Messi, aunque al alzarlas se caiga la dignidad de la institución una vez más, que ya no vendrá de aquí.

Lo que me pregunto de verdad es si Messi sigue reconociendo al Barça que vio al llegar y con el que se ha convertido en el mejor de siempre. Ignoro si Messi se vería jugando en un Barça B que ha perdido ya la poca esencia que le quedaba gracias a Gerard López y a los directivos. No sé tampoco si Leo Messi ve al club con la suficiente fuerza o si, como pensamos muchos, ha sido testigo privilegiado de la caída libre del Barça en términos de pérdida de influencia en los últimos años.

Y desconozco, y eso sí me causa pavor, si estando todo como está –que es como quisieron los socios hace solo un año–, Messi realmente quiere que todos seamos Messi.