Querido Manolo

Querido Manolo, perdóname por tutearte.

Releí hace unos días tu artículo titulado BARÇA, BARÇA, BARÇA! Más allá del fútbol, decía el subtítulo de un escrito que glosaba el significado del Barça más allá del terreno de juego. El més que un club que acunó Narcís de Carreras a finales de los 60 y dimensionó Agustí Montal unos años más tarde. Era un Barça épico, alegre pero perdedor, un club que sucumbía bajo el manto opresor que caía sin remedio desde Madrid. Pero ser del Barça significaba algo distinto. Y así siguió durante décadas.

Decías, querido Manolo (otra vez pido perdón), que “el Barça es la única institución legal que une al hombre de la calle con la Cataluña que pudo haber sido y no fue”. Algo similar ocurre ahora en el viejo Camp Nou. Por suerte, el anhelo de libertad ya no se esboza únicamente cuando los jugadores saltan al campo y el griterío retumba en todo el estadio; ahora el país tiene su rumbo y la gente vive con cierta libertad. ¡Cómo me gustaría Manolo que pudieras sentirlo! Y que hubieras podido disfrutar con París, Roma y Londres… otra vez Londres. ¡Cómo hubiera alardeado Pepe Carvalho del Barça de Guardiola! En el campo nos hemos cansado de ganar, Manolo.

Pero no me refiero a esto. Voy más allá del fútbol, querido Manolo. El més que un club se está transformando irremediablemente en un club més como si fuera un simple juego de palabras, un movimiento azaroso de piezas. Tú lo sabes bien, ser del Barça te hacía ser único, representaba la libertad durante la dictadura, simbolizaba algo mágico. Cuando la gente gritaba Barça, estaba gritando mucho más que el nombre de una institución. A medida que la entidad se modernizaba y se sometía a los designios del mercado global, se buscaron nuevas fórmulas para que el sentimiento perdurara. Llegó la democracia y el Barça seguía siendo més que un club.

Hoy, esta máxima que los azulgrana defienden orgullosos, languidece. El club se rige desde un estricto -y encomiable quizá- punto de vista empresarial. Poco espacio queda para los románticos. La zamarra azulgrana ya no es ese lienzo inmaculado que envidiaban en todo el mundo. Unicef dio paso a una compañía aérea árabe que vulnera los derechos de los trabajadores. Una cesión imperativa para poder seguir compitiendo en este nuestro negocio. Lo mismo pasó con un espigado francés que levantó la cuarta, sí Manolo, la cuarta Champions. Au revoir le dijeron cuando su cuerpo atacado daba síntomas de recuperación tras dos años de sufrimiento. Y los niños también, Manolo. La familia azulgrana es hoy menos familia. Ahora ya no son los padres quienes deciden si el más pequeño se resguarda en su regazo para ver a los nuevos ídolos. La tradición perdió la batalla con la ley. Una ley que ha impregnado el día a día de la institución. La mirada al pasado es una mirada llena de resentimiento, hasta el punto que un presidente acabó ante el juez. No por robar, Manolo, si no por la gestión de un entidad que ganó dos Champions y cuatro ligas en siete años. Pero sobretodo, Manolo, este Barça que fue altavoz de todo un país cuando éste estaba silenciado y maniatado, ahora ya “no tiene ideología”. Así de cruel, así de simple. El Barça no tiene ideología, nos avisaba en un programa nocturno nuestro presidente.

¿De verdad somos diferentes, Manolo? ¿Qué nos hace distintos hoy para que el grito de Barça! Barça! Barça! no sea un simple aullido cualquiera? Dirán que el club pertenece a los socios o que tiene una manera de jugar innegociable… ¿Suficiente? Creo, Manolo, que lo único que nos permite todavía alzar la voz y defender orgullosos el més que un club es nuestra propia historia. Aunque presiento que hemos llegado tarde, Manolo. Nos han convertido en un club més.

Albert Llimós es escritor y periodista del Diari Ara.

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