Piqué, La Sotana y el periodismo

Gerard Piqué acudió el lunes a La Sotana, un show irreverente y desenfadado donde no suele haber temas tabú y sí una irrenunciable incorrección política. Un programa nacido al amparo de Twitter y que, tras ser defenestrado de Betevé por obra y gracia de la mano siempre negra de Josep Maria Bartomeu, optó por autofinanciarse en la plataforma Patreon, donde casi 3.000 seguidores aportan más de 10.000 euros mensuales.

Leo Messi apareció en el canal de Twitch de Ibai Llanos el día de su presentación en París. Fue un encuentro breve pero insólito, pues era la primera ocasión en que el 10 era “entrevistado” a través del canal de un streamer. Un canal, el de Ibai, por el que han pasado para charlar en sesiones de más de una hora el propio Piqué, el Kun Agüero o Sergio Ramos.

Desde buena parte del periodismo, la reacción ante esa nueva realidad ha sido de estupefacción. Otros, sin embargo, han ido más allá enarbolando la bandera de la incomprensión –cuando no de la indignación– acerca del fenómeno, al que consideran poco menos que un intruso. Un tercer grupo de periodistas sí han apreciado que los nuevos canales de comunicación que Internet pone a nuestra disposición no son una amenaza, sino una oportunidad.

Quien escribe no es un nativo digital. Todo lo que sabe de Internet lo ha aprendido a fuerza de interés y del viejo método empírico de prueba y error, pero sobre todo a partir de la voluntad de no quedarse atrás en el ejercicio de una profesión que, pese a todo, sigue considerando la más bonita del mundo.

El tiempo pasa y todo evoluciona. El “no entiendo nada” de Juanma Castaño cuando Ibai habló con Messi no es más que un desesperado intento de poner puertas al campo. Es no entender que existe un público distinto al que tenía José María García hace 30 años y que, en consecuencia, busca contenidos diferentes. A su gusto. Sí, aún existe gente que creció con García o con De la Morena y que cada noche conserva el hábito de poner la radio antes de acostarse, pero el modo en que consumimos contenidos ya no es ese. Hoy estamos acostumbrados a ver series o películas cuando queremos gracias a las plataformas de streaming, a suscribirnos a canales de YouTube que tratan sobre lo que nos gusta –por raro que sea– y a escuchar la radio no cuando se emite, sino cuando nos apetece.

Si el fenómeno podcast, que no es nada nuevo, ha crecido tanto es porque ha sabido adaptarse a esa nueva realidad. Un podcast no es descargar el programa emitido anoche en la radio para escucharlo después, sino que es una vía para llegar a un público diferente que selecciona muy bien lo que quiere y, por lo tanto, es mucho más exigente.

A la hora de hablar de contenidos deportivos, el público joven no pide lo mismo que a principios de siglo. Ni siquiera lo mismo que hace cinco años. La gente pide participar, interactuar, que se le hable en su idioma y que quien lo haga se ponga a su altura. Y, por lo visto, gente como Ibai –que no es periodista ni pretende serlo, como él mismo ha dicho– lo sabe, mientras que muchos periodistas de la vieja escuela, no tanto.

El fenómeno no es nuevo. La bunkerización de los futbolistas comenzó hace ya algunos años por parte de los propios clubes, pero la aparición de las redes sociales puso en las manos de los deportistas una vía fácil para llegar al público. De repente, como explicaba ayer Piqué, se dan cuenta de que cuando están en la élite no necesitan dar una entrevista. Algunos incluso van más allá e impulsan medios propios (lo que hizo Derek Jeter con The Players’ Tribune es un buen ejemplo) para contar sus historias.

Ante esta nueva realidad, el periodismo tiene dos caminos: patalear y protestar porque le quitan el juguete o volver a las esencias del oficio. La primera vía es la más fácil, porque hacer ruido siempre es más llamativo, aunque sea pan para hoy y hambre para mañana. El retorno al camino original, sin embargo, tiene un gran inconveniente: es caro. El buen periodismo cuesta dinero. Trabajar una historia que aporte valor lleva tiempo y el tiempo se cotiza hoy más que el bitcoin. Pero si La Sotana logra monetizar su producto –guste más o menos–, ¿por qué no puede hacer lo mismo un medio de comunicación? ¿O un periodista?

Si la propiedad de los medios de comunicación no está por la labor, existen otras fórmulas. No son fáciles, pero no tienen por qué ser inviables. Un ejemplo es eldiario.es, que optó desde su creación por la creación de la figura del socio y hoy cuenta con más de 61.000 personas que colaboran en la financiación del digital, aunque necesitara de un empujón inicial para arrancar.

Volviendo al fenómeno del periodismo deportivo y los nuevos canales, está por ver si el desembarco de periodistas en estas plataformas abre una vía para que ambas coexistan sin problemas. Por el momento, la cosa no pinta demasiado bien, porque las incursiones se basan más en la cantidad de horas de emisión que en la calidad y el rigor de los contenidos. Y el último ejemplo lo tenemos en los últimos días del mercado de fichajes de LaLiga.

Público hay. ¿Para todos? Tal vez ha llegado la hora de comenzar a pensar que el tiempo de la comunicación de masas y de la hegemonía de un medio o un programa pasó. Y, claro, actuar en consecuencia. Pero para eso, el primer paso es ponerse las pilas y dejar de llorar.

Foto: La Sotana

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