Cuando a finales del mes de mayo la práctica totalidad de los 90.000 aficionados que acudieron al Camp Nou para presenciar la final de Copa entre Athletic y Barça abuchearon el himno de España, con lo que ello debe significar para un hincha de Oviedo, Santander, Salamanca, Sevilla, Madrid o Murcia, nadie desde el vestuario del Barça salió a reprobar tales pitos. Piqué, quien siempre da la cara y nunca se ha escondido, explicó que más que condenar los pitos quizá debería “saber porqué se producen”. A su lado, ni Pedro, ni Alba, ni Iniesta ni tan solo Vicente del Bosque entraron a valorar el asunto.

Aquella reclamada libertad de expresión del mes de mayo parece haber desaparecido en septiembre; mientras unos ponen en el escenario a la broma de Kevin Roldán en una supuesta provocación al Real Madrid y otros su marcado carácter catalanista, nadie atiende a hecho mucho más simple: España no quiere a Piqué… Pero la libertad de expresión solamente parece existir en una dirección, porque quien la utiliza para dar a conocer su rechazo a un deportista catalán por su discurso desacomplejado es reprobado de manera unánime. ¿Acaso no tiene derecho?

Parece, porque a Gerard han acudido todos a defenderle desde el vestuario poniendo el acento en su ‘compromiso’ con la selección, hablando de su identificación (y la de todos) con España y lamentando, criticando y hasta faltando el respeto a quienes se han atrevido a silbar a Piqué, ya fuera en León o en Oviedo. Y esperando a lo que suceda en próximos partidos a jugar por esa selección en la península.

Si a Piqué no le gusta recibir pitos la solución es tan simple como dejar de jugar con España. Después de haber ganado un Mundial y una Eurocopa y demostrar que deportivamente está entre los mejores centrales del mundo, quizá sería el momento de dar ese paso al frente que desde el bando españolista le reclaman tanto como lo desearían desde el catalanista.

A Piqué nadie le acosa, a Piqué nadie le agobia y a Piqué nadie le quita el sueño porque a Piqué, Gerard, todo eso le preocupa entre poco y nada. Y no es una afirmación gratuita porque él mismo lo ha proclamado sin disimulo. Pero a la hora de poner la libertad de expresión en el plano quizá vaya siendo hora de respetar tanto a quienes silban un himno español para demostrar que no lo sienten como suyo, como a quienes pitan a un deportista por mostrarse disconformes en que defienda una camiseta, española, por una simple cuestión profesional.

Claro que entonces habría que preguntarse, directamente, si Casillas, Sergio Ramos, Cazorla, Iniesta, Pedro o Busquets jugarían todo lo que juegan con España si no les pagaran por ello los dineros que les pagan.