Periodismo de vendetta

Siempre quise ser periodista. No me recuerdo de niño soñando con ser futbolista, astronauta o alguna de esas otras cosas que se supone que los niños anhelan de pequeños. Retrocedo unos cuantos años atrás (cada vez más) y me veo enganchado a una radio o, mejor dicho, a uno de aquellos transistores que mis primos me traían –hubo más de uno y más de dos– en sus visitas desde Las Palmas de Gran Canaria, donde vivían.

Soy de los que disfrutaba con el Carrusel Deportivo de Joaquín Prat, Vicente Marco y José María García a pie de campo y de los que, para desempacharse de los anuncios de “Anís Castellana, el anís de España” y “Fino CB de Alvear” zapeaba (cuando no sabíamos que significaba ese verbo) al Tablero Deportivo de Radio Nacional con Santiago Peláez. Siempre amé la radio. Disfruté a Puyal, a García, a Àlex Botines, a Juan Manuel Gozalo y su Radio Gaceta de los Deportes, a Miguel Ángel Valdivieso y sus interminables narraciones de los goles del Barça… Incluso los principios de De la Morena me parecieron originales. Crecí con el periodismo de aquella radio en onda media que sonaba a lata oxidada, del sepia de Dicen y del color de 4-2-4, de La Hoja del Lunes y del Brusi.

Recordaba el otro día Santi Giménez en As una entrevista con Cándido Cannavò en la que el veterano periodista italiano, director durante tantos años de La Gazzetta dello Sport, le decía que “corremos el riesgo que reporterismo de calle quede relegado a favor de un periodista de redacción que se pasa el día hablando por teléfono y mirando Internet”. Los temores de Cannavò, defensor acérrimo del periodismo de toda la vida, no sólo se han cumplido, sino que han quedado sobrepasados. Internet y la cultura (?) de la inmediatez que hace unos años era patrimonio exclusivo –y generalmente bien practicada– de la radio están haciendo que la mala praxis dañe, quién sabe si para siempre, a ese oficio que consiste en explicar las cosas que pasan.

Y cuando ya habíamos dado por perdida la batalla y aceptado las tertulias de bar de borrachos televisadas como animal de compañía, resulta que nuestra capacidad de sorpresa se ve sobrepasada por otro fenómeno que va más allá todavía. Lo ocurrido el pasado jueves cuando un periodista encendió la mecha anunciando en su cuenta de Twitter que Tito Vilanova había ingresado de urgencia en la clínica es un ejemplo de ello. Buena parte –mucha– de la prensa barcelonesa sabía lo que ocurría y calló. Calló haciendo caso a aquellas palabras de Vilanova en las que pidió privacidad para su enfermedad. Calló porque el protagonismo, como explican en todas las facultades, no debe recaer nunca en el periodista. Calló por respeto a la persona.

Una vez encendida la mecha con la llama del ego, la locura. Webs que anunciaban ‘en exclusiva‘ la muerte de Vilanova el mismo jueves, radios que la confirmaban a la mañana siguiente, gente en la red asegurando la certeza de ‘la información‘ aludiendo a parientes, médicos, amigos y fuentes fidedignas… Mierda. Sólo mierda y morbo.

Con todo, el fenómeno mediático más triste de todos estos días no llegó de indocumentados amparados en el anonimato de la red. El peor ejercicio de cinismo, de falta de respeto y de ética periodística lo vimos en un diario serio, el decano de la información deportiva de este país, cuando su director aprovechó la coyuntura para ajustar cuentas y perpetrar una columna deleznable y que le acompañará toda su vida; un artículo en el que utilizó la muerte de una persona para cargar las tintas contra otra. Bajeza en grado sumo que define al personaje.

Al parecer, el estilo clásico y ortodoxo de periodismo no se lleva, seguramente por eso, porque la ortodoxia no vende. Hoy vende más el grito, el exabrupto, la falta de respeto, el gallinero alborotado, el periodismo de camiseta y vuvuzela, el del “y tú más”, el de las medias verdades que, como diría el Butano, son la peor de las mentiras.

Y desde el sábado, también el periodismo de vendetta, el de decir la última palabra y el de directores que quieren ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y –con perdón– el muerto en el entierro.

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