Papá, ¿por qué no son del Atleti?

Ni Juanfran hubiera llegado a ese centro pasado ni Adrián habría esperado el balón en el lugar exacto para rematarlo. Eto’o no habría trastabillado a Diego Costa ni Arda Turan recogido su propio rechace del palo. En otro tiempo, en otra realidad, el Atlético ni estaría jugándose el pase a una final de Champions en Stamford Bridge. Allí, enfrente del Chelsea de Mourinho, estaria el PSG, el City o el Barça. Quizá el Borussia, acaso el United, el Milan o incluso el Oporto. ¿Pero el Atleti? ¡Vamos hombre!

Y sin embargo, ahí estuvo, imperial, el Atlético de Madrid. Enorme, mayúsculo e imponente para plantar cara a la hegemonía del fútbol, trasladando a Europa la grandeza que ha mostrado en la Liga y ofreciendo un sueño verdadero a una hinchada desconocedora en su mayoría de lo que significa esta realidad.

Al Atleti que arrasó al Chelsea en Londres, o que el domingo puede agarrar tres cuartos de Liga en Valencia, le falta ese último peldaño para instalarse en la eternidad, pero ya ha colocado el pie en la leyenda. Y lo ha hecho, sigue haciéndolo, a través de una personalidad propia llevada hasta las últimas consecuencias. No precisa de Messi, ni de Cristiano; no tiene el apoyo de milmillonarios ni disfruta de una plantilla superlativa, pero a todo ello enfrenta el corazón que día a día ofrece un equipo que juega cada partido como si fuera el último de su vida.

Al acabar el partido de Stamford Bridge, después de que los futbolistas celebrasen con sus aficionados el pase a la final de Lisboa, Simeone se abrazó en el césped con todos y cada uno de ellos. Lo hizo con Diego Costa o Courtois, pero también con Villa y Diego Ribas, ausentes de la gesta, pero con los ojos tan brillantes como sus compañeros dispuestos a pasar a la posteridad. Y con Adrián, el futbolista olvidado en gran parte de la temporada y a quien el destino reservó su momento de gloria.

Allá en la grada del estadio londinense, como en miles de hogares en Madrid, las lágrimas debieron brotar de ojos de esos aficionados que ya saben, siempre supieron, por qué son del Atleti. Y, seguro, todos y cada uno de ellos resucitaron el nombre de Georg Schwarzenbeck, aquel alemán que hace cuarenta años le robó el cielo con un zambombazo desesperado cuando parecía imposible.

Al cabo del tiempo, la Intercontinental es un viejo recuerdo, la Copa del 92, el doblete del 96, el infierno de la Segunda División y hasta la victoria del año pasado en el Bernabéu son episodios inolvidables pero a un paso de quedar ahí, en la vitrina de los recuerdos a la sombra de lo que se avecina en el universo colchonero.

Diego Pablo Simeone, el Cholo, resucitó el espíritu de Luis Aragonés cuando se cumplen tres meses de su fallecimiento. Y el Zapatones, con un balón en la mano y su eterna cara de mala leche, seguirá atento este final de temporada que muchos deben contemplar con una envidia sana porque este es su momento, el momento del Atleti.

Si es verdad que “la Champions me debía una” como aseguró en Múnich Sergio Ramos, figura indiscutible del paseo madridista el martes frente al Bayern de Múnich (de Guardiola para los que le ponen en primer término a la hora de la derrota y que son los mismos que le minimizaron en el momento de la victoria), el fútbol, su historia y su leyenda, mantiene una deuda eterna con el Atlético de Madrid, con sus gentes y con aquella generación que hace 40 años rozó la gloria con los dedos y lloró amargamente su desgracia.

Hace años se hizo muy popular un anuncio televisivo en el que un hijo sorprendía a su padre. ‘Papá, ¿por qué somos del Atleti?’ le preguntaba el niño, ante el pasmo de un padre que no sabía qué contestarle. Era la época, no tan lejana, en que el sufrimiento, la militancia y la resistencia era una razón de ser en el universo colchonero. De tránsito incluso por la Segunda División y a la sombra de ese gran Real Madrid que llegó a ganar tres Champions entre 1998 y 2002, mientras el Atlético apenas podía sobrevivir.

‘Papá, ¿por qué no son del Atleti?’. Esta sería hoy la pregunta. Y es la nueva realidad.

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