Pagar el Camp Nou

600 millones de euros. Ese es el coste que tendría construir un nuevo estadio en los terrenos de la avenida Diagonal, a caballo entre Barcelona y l’Hospitalet y en medio de uno de los principales accesos a la capital catalana. La cifra no es nuestra, ni tampoco la hemos inventado. Es la que ha explicado el vicepresidente económico del FC Barcelona, Javier Faus, en una entrevista en Rac1.

La mitad, 300 millones, sería el precio a pagar por remodelar a fondo el Camp Nou, dejando del actual poco menos que su estructura externa para acabar, de hecho, por tener un estadio absolutamente nuevo.

Dejando al margen las incomodidades para los socios en la segunda opción (inexistentes ayer para Toni Freixa, elevadas hoy para Faus), uno se pregunta cómo se ha pasado de la ridícula decisión de imprimir en blanco y negro porque las copias en color eran caras a plantearse una inversión de entre 50.000 y 100.000 millones de pesetas (suena más duro así, ¿verdad?) en sólo tres años.

¿No estaba el Barça arruinado? ¿No se ha empapelado el club de arriba a abajo con publicidad de Qatar porque no había más remedio pese a que nos explicaron que sólo era por la camiseta? ¿No se eliminaron secciones no profesionales porque no se podía asumir un coste anual de unos pocos miles de euros? ¿Cómo se financiará una obra faraónica como la que propone la directiva del Barça?

Hace unos días explicábamos que algunos de los estadios que se ponen como ejemplo no han sido construidos por los clubes, sino que son de titularidad privada o de una federación, y que el caso medianamente más parecido que podríamos encontrar es el del Arsenal y su mudanza al Emirates Stadium, que supuso un enorme trauma económico para el club londinense (390 millones de libras) del que aún intenta sacar la cabeza.

¿Dónde está, pues, el secreto? Si se descartó el proyecto Foster por caro (alrededor de 250 millones) y la candidatura de Rosell apostó por un proyecto como el Espai Barça, mucho más modesto, ¿a qué vienen esas prisas por poner en marcha obras de semejante cuantía si el club aún arrastra una deuda que supera la mitad de su presupuesto?

En tanto no aparezca por aquí el representante de KPMG para explicar el mágico modo de hacerlo, uno no lo acaba de ver claro. Eso sí, el abonado que esté tranquilo porque siempre podrá escuchar la famosa cancioncilla que dice que “tenemos los abonos más baratos de Europa y su precio está congelado hasta 2016”.

2016. Apunten ese año, porque habrá elecciones, probablemente haya en marcha un nuevo estadio y, seguro, la descongelación del precio de los abonos será digna del más potente microondas. El legado de Rosell habrá que pagarlo, pero seguramente no será suficiente con toner negro.

Desempolvemos el papel carbón.

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