Packers: más que una franquicia

Green Bay es una pequeña ciudad del estado norteamericano de Wisconsin. Situada a orillas del lago Michigan y en la desembocadura del río Fox, sería una ciudad más si no fuera porque allí reside el equipo más laureado -y a la vez el más peculiar- de la historia del fútbol americano: los Green Bay Packers.

Con sus poco más de 100.000 habitantes (el doble si contamos su área metropolitana), Green Bay es la ciudad más pequeña de los Estados Unidos de entre todas las que tienen un equipo en las ligas profesionales. De hecho, los más de 70.000 asientos del Lambeau Field, dejan medio desiertas las calles cuando los Packers juegan en casa.

Paradójicamente, ser una ciudad pequeña no ha sido obstáculo para que los Packers sean, a día de hoy, el equipo con más títulos de la historia del fútbol americano. En su palmarés lucen nueve ligas y cuatro Super Bowl, incluyendo las dos primeras que se disputaron bajo esa denominación, en 1966 y 1967.

Pero, más allá de los éxitos deportivos, si hay algo que define a los Packers es que se trata del único equipo profesional del país cuya propiedad recae en su comunidad. Salvando las distancias, se trata de un modelo similar al que se estilaba en la liga española de fútbol hasta la ley que obligó a los clubes a convertirse en sociedades anónimas deportivas. Un modelo que hoy sólo mantienen Barça, Real Madrid, Athletic Club y Osasuna.

Fundada en 1919 por Earl ‘Curly’ Lambeau y George Calhoun, la franquicia de Wisconsin está dirigida desde 1922 por Green Bay Packers Inc., una empresa sin ánimo de lucro cuyas acciones (casi 5 millones) están en manos de más de 110.000 accionistas que no son sino habitantes de la ciudad. Para garantizar la atomización de la propiedad, ninguno de ellos puede poseer más de un cierto número de acciones. Las riendas del equipo están en manos de un comité ejecutivo formado por de siete personas, de las cuales sólo una, el presidente, recibe dinero por su labor. Los accionistas no toman decisiones, pero sí pueden cuestionarlas o preguntar a qué se destina el dinero. De ahí que los Packers sean la única franquicia que está obligada a hacer públicos sus libros contables -lo que garantiza aún más el control del club- y también la única que no reparte dividendos entre sus accionistas: todos los beneficios se reinvierten en el equipo.

La implicación de la comunidad de Green Bay en el funcionamiento y la supervivencia de los Packers es enorme. La distribución de su propiedad entre semejante cantidad de accionistas hace que sea prácticamente imposible realizar una mudanza de la franquicia a otra ciudad, ni tampoco vender el equipo. Por esa razón y tras más de 90 años de historia, los cheeseheads o cabezas de queso (apodo que reciben por la potente industria láctea del estado) son el club que conserva desde hace más tiempo tanto su ubicación como su nombre.

Si el Barça presume de ser más que un club, los Packers no le andan a la zaga. La tradición culé de inscribir como socios del club a los recién nacidos es habitual en Green Bay. También allí tienen una lista de espera para obtener un abono, pero en el caso de los cheeseheads el tiempo de espera para lograrlo es de más de veinte años. Y es que la afición de los Packers viene llenando Lambeau Field ininterrumpidamente desde hace más de 40 años. Otro récord que añadir al equipo de verde y oro.

La influencia de los Packers en la NFL durante todos estos años ha sido enorme. Jugadores como Don Hutson, Tony Canadeo, Bart Starr, Ray Nitschke o Reggie White han ayudado a extender la leyenda de Green Bay, pero ningún otro ha destacado tanto en le época moderna como Brett Favre, el quarterback que dirigió al equipo desde 1992 a 2007 y que logró establecer multitud de records, muchos de los cuales aún perduran, como el de lanzamientos de touchdown (508 en toda su carrera).

Pero si hay un empacador que ha dejado impronta en la NFL, ese fue Vince Lombardi, el entrenador jefe que llevó a los Packers a hacerse con las dos primeras ediciones de la Super Bowl, en 1967 y 1968. Su carácter y su trayectoria convirtieron al equipo de Green Bay en una referencia tras tomar las riendas procedente de los New York Giants, donde ejercía como coordinador ofensivo. Tras su muerte, en 1970, la NFL decidió dar su nombre al trofeo de la Super Bowl, que desde entonces se denomina Vince Lombardy Trophy.

Salvado por el rival

La rivalidad más antigua de la NFL tiene como protagonistas a Green Bay Packers y a los Chicago Bears. El enconado odio entre Packers y Bears no tiene parangón en la competición. Y, a pesar de todo, la historia ha hecho que en más de una ocasión los segundos hayan ayudado a la supervivencia de los primeros. En este contexto destaca la figura de George Halas, mítico jugador, entrenador y dueño del equipo de Chicago.

En 1956, los Packers trataban de convencer a sus propietarios -la comunidad, como se ha dicho ya- de la necesidad de construir un nuevo estadio para competir en la NFL. El viejo City Stadium se había quedado pequeño y el equipo corría el riesgo de desaparecer si la liga no le admitía. Haciendo de tripas corazón, Halas se desplazó a Green Bay y convenció a los ciudadanos para que aprobaran los fondos precisos para construir Lambeau Field.

Dos años más tarde, los Packers realizaron la peor temporada de su historia, y su entonces presidente, Dominic Olejniczak, decidió buscar un nuevo entrenador. Finalmente, aceptó el consejo de George Halas e incorporó a Vince Lombardi como head coach de Green Bay. De alguna manera, la época dorada de los Packers llegó -seguramente sin querer- gracias al dueño de los Bears.

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