El nuñismo sobrevive a Núñez

La noticia del ingreso en prisión del expresidente del FC Barcelona Josep Lluís Núñez y de su hijo, Josep Lluís Núñez i Navarro, ha despertado todo tipo de reacciones entre el barcelonismo, un ente tan abstracto como variado en el que tienen cabida tanto quienes añoran el modo de trabajar del constructor como quienes brindan con cava por su encarcelamiento.

Núñez, que permaneció al frente del Barça durante 22 años, instauró en el club una forma de hacer las cosas basada en el populismo frente al socio, el victimismo ante la prensa, el monetarismo como herramienta de conducción de la institución y el personalismo megalomaníaco –si me permiten el palabro– como carta de presentación. Aunque se afinó y fue adquiriendo matices con el paso del tiempo, esas fueron las bases sobre las que se edificó el nuñismo.

El expresidente –entre cuyos mayores logros figuran las ampliaciones del Camp Nou, la conversión de La Masia de Can Planes en residencia para jóvenes futbolistas y, sobre todo, la contratación del entrenador que puso la primera piedra del Barça moderno– padecía ese síndrome que afecta a tanta gente agarrada al poder que acaba por creer que él mismo es la institución que representa. Cuando alguien criticaba a Núñez, él aludía a ataques al Barça del mismo modo que hizo en su día Jordi Pujol con Catalunya o, más recientemente, el presidente Monago, un extremeño convertido a golpe de movimiento pélvico en el mayor impulsor del turismo de las islas Canarias.

Núñez, que seguramente hizo muchas cosas bien, no dio ni una sola puntada sin hilo. Rey del tocho y las esquinas de Barcelona durante décadas, supo administrar y hacer crecer el imperio de la familia de su mujer y convertirse en el estereotipo de constructor metido a dirigente deportivo, tan habitual en los años 80 y 90 en el fútbol español. Bajo su apariencia enjuta, su lágrima fácil y su verbo atolondrado lleno de agresiones al diccionario se escondía un empresario que acertó a crear, en términos de barcelonismo, una suerte de guardia de corps que amparó bajo el nombre de ‘peñas’ y cuya importancia demostraría años después Sandro Rosell a la hora de afrontar las movilizaciones electorales. Una masa en la que se sustenta aún parte de lo que hoy se conoce como nuñismo.

Ahora, Josep Lluís Núñez está en la prisión de Quatre Camins para cumplir condena por sobornar a inspectores de Hacienda. Es más que probable que por razones de edad sea excarcelado en pocas semanas, pero esa mácula quedará para siempre ligada a su nombre. Un nombre que bautiza al Museo del club que presidió y que la junta directiva actual, más ocupada en condecorarle y en castigar a sus antecesores que en cuidar la imagen de la institución, no parece dispuesta a cambiar.

Casi quince años después de que Núñez abandonara el poder, la gestión del Barça ya no está en manos del ladrillo, sino en las de los hijos de las escuelas de negocio y los gestores de fondos de inversión. El nuñismo, sin embargo, se mantiene vivo. Y parece que lo estará durante mucho tiempo, en el club y también, visto lo visto, en un parte de la prensa que aún le agradece no se sabe qué. Sobrecogedor.

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