Mourinho, el detective

The Times desveló este lunes un extracto del último libro que, con Jose Mourinho como protagonista, promete herir no pocas sensibilidades y en el que se da cuenta especialmente de la etapa del entrenador portugués al frente del Real Madrid. Dicho extracto, que descubre que Mou acabó por tildar a sus jugadores de ‘traidores‘ e ‘hijos de puta‘ por filtrar asuntos de vestuario a los medios de comunicación, muestra a un personaje obsesionado no sólo por el control absoluto de su plantilla, sino por todo aquello que se publicaba.

Mourinho, de acuerdo a lo publicado, tenía a sus órdenes un equipo de personas dedicadas exclusivamente al análisis de los medios de comunicación. Cada día a primera hora recibía un dossier en Valdebebas con todas las noticias aparecidas en los periódicos y un amplio resumen de radios, televisiones e incluso lo publicado en Internet. El hecho, que podría considerarse hasta cierto punto enfermizo, no es sin embargo una novedad. En su persona al menos.

El hoy milmillonario y triunfador entrenador portugués llegó siendo un absoluto desconocido en la primavera de 1996. El 21 de mayo de aquel año, tres días después de que Gaspart despidiera a Johan Cruyff, Bobby Robson aterrizó en Barcelona con la discreta compañía de un joven portugués que ya había sido su sombra en el Oporto y que a partir del día siguiente se convirtió en su mano derecha en el Barça. Nadie conocía a Jose Mourinho, pero él no perdió el tiempo en conocer a todo el mundo.

«Bon dia a tothom«, saludó el 22 de mayo Robson en su presentación como entrenador azulgrana. El flemático entrenador ingles, sonriente y desconocedor de lo que le esperaba, enlazó un pequeño, mínimo, discurso en castellano («Estoy muy contento de estar aquí y blablabla«) que cerró con un concluyente «Visca el Barça» ante la sonrisa abierta de Núñez, Casaus y Gaspart, que le flanqueaban en la sala… Y la mirada cómplice de aquel desconocido, apartado del primer plano y que le había preparado sus primeras palabras.

Robson permaneció una temporada, convulsa como no se recuerda, en el banquillo del Camp Nou y Mourinho, que demostró ser un lince desde el primer día, le tomó la medida al entorno en un abrir y cerrar de ojos. Mou apenas tenía trato con los periodistas, más allá de tres o cuatro reporteros concretos, pero a los pocos meses de trabajar en el Barça ya conocía a la perfección quién era quién.

Entre sus labores como mano derecha del entrenador, el portugués puso especial énfasis en conocer de primera mano lo que se escribía en los medios. Así, cada mañana llegaba en su BMW al Camp Nou con una carpeta que con el paso de las semanas se descubrió que contenía todo lo publicado en la prensa referente al Barça. Mourinho, se supone, madrugaba en Sitges y compraba los diarios para después, ya en el vestuario que compartía con Robson, ver qué y quién escribía sobre ellos.

«No. No pongas eso en mi boca, yo no lo he dicho«, zanjó una mañana un jugador azulgrana en una tensa charla con los periodistas que cubrían el día a día del equipo. Después, en petit comité, el mismo futbolista descubrió que el ayudante controlaba absolutamente todo lo que se publicaba en los medios o se decía en las radios y que no eran pocas las veces que ello motivaba discusiones encendidas en el vestuario con el cuerpo técnico.

Mourinho sobrevivió a Robson y trabajó con Van Gaal en una faceta cada vez más amplia, pero nunca dejó de lado esa tarea de controlar lo que se escribía en El Mundo Deportivo, Sport, El Periódico, La Vanguardia, Marca, As, El Mundo… Nada quedaba al margen de su estudio y muchos periodistas con los que apenas cruzaba un saludo eran perfectamente conocidos por él, a quien no le costó nada clasificar a esos periodistas entre afines o enemigos.

Su obsesión le llevó ya durante la etapa de Bobby Robson a encararse con algún informador en particular y a exigir al malogrado Ricard Maxenchs (responsable máximo de la relación con los medios) que le prohibiera el acceso a la zona de vestuarios, donde la relación entre periodistas y deportistas era en aquel entonces muy estrecha (nada que ver con la actualidad). A Maxenchs, de hecho, le costó más de un disgusto el carácter del portugués.

Ahora, al cabo de los años, un libro de próxima publicación sacará a la luz episodios desconocidos pero no por ello difíciles de imaginar de Jose Mourinho. Más allá de particularidades, lo que se confirmará es la curiosa personalidad del hoy entrenador del Chelsea, capaz de montar guerras absolutas e inventar enemigos en su afán de controlarlo todo. Se leerá su paso por el Real Madrid, que acabó con su divorcio de los futbolistas a los que empujó a convertir la rivalidad con el Barça en una enfrentamiento máximo en el  que todo valía.

Pero no vale la pena engañarse. Este Mourinho es el mismo del «ayer, hoy y siempre con el Barça en el corazón«. Su única religión futbolística era, es, el triunfo a cualquier precio y dejando los cadáveres que fueran necesarios por el camino. Para ello se vale, como se valió, de cualquier arma y en toda esa batalla eterna, controlar, conocer y saber qué se dice fue una labor trascendental.

No hay constancia de que siendo ayudante de Robson o Van Gaal  dijera a los jugadores del Barça «sois el  equipo más traicionero que he tenido en mi vida. Nada más que hijos de puta» como se asegura soltó a los del Real Madrid pocas semanas antes de abandonar el club. Pero aquellos futbolistas del Barça sabían, como estos del Madrid, cómo se las gastaba Mou.

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