Messi y las reglas de juego

Más de dos siglos después de haber sancionado nuestra primera Constitución, las distintas interpretaciones de las normas siguen armando ruido en un acto deportivo como lo es una final de Copa, en este caso, de fútbol.

También hay distintas interpretaciones para un regate. Para algunos supone una desconsideración hacia el adversario, para otros, supone una alegoría al espectáculo.

En esta cuestión soy claramente favorable a los segundos. Creo que es una perversión de orden mayor, pretender que un jugador efectúe su juego de una forma o de otra a petición del contrario por hallarse este semi-derrotado. Sin embargo, parece ser ampliamente aceptable que alguien te ponga la bota en la cara o te clave los tacos en el tobillo con resultados de diversa consideración, sin que la cosa pase a mayores. Eso sí, habrá que reírle las gracietas al ocurrente que se vanagloria de que su contrario no murió y pudo seguir desarrollando la práctica del fútbol. En fin, interpretaciones…

Lo que no es interpretable en modo alguno es la supremacía de un señor pequeñito que, sin tener sangre azul  ni apelar a su supuesto noble origen, provoca admiración incontenida en cualquier aficionado no ya al fútbol, sino al deporte y al espectáculo en general.

En tiempos donde la perversión y la manipulación de la información está al orden del día, y donde la negación de la superioridad rival, tanto como la magnificación de cualquier logro propio por pequeño que sea, son valores añadidos, el ejemplo de Messi es demoledor.

Porque si algo pone de relieve el rey Messi es que no por ser inferior se es menos, sino todo lo contrario. Si el deporte consiste básicamente en superarse y sobreponerse a las propias carencias a base de esfuerzo y sacrificio, Messi añade al cóctel un don innato de talento que le permite romper la lógica de las reglas de juego establecidas.

Messi simboliza, más que nadie, la rebeldía del talento ante aquellos que proponen una carrera armamentística mediante el uso de la fuerza como aval para conquistar la imagen del éxito deportivo. Messi derriba inmisericordemente las barreras impuestas por las jerarquías establecidas y lidera a distancia sideral el fútbol como esencia, como imagen y como cultura.

Messi resuelve con astucia el dominio de la física del balón, su conjunción con los asteroides en movimiento, el cálculo de la trayectoria y la colisión de partículas en un visto y no visto. Y todo ello sintetizado en un personaje ratonil desprovisto de los hercúleos cánones de su tiempo que es lo que lo hace aún más fascinante.

Así pues, por mucho que se quiera negar a Messi y lo que simboliza, llega un momento en que es de todo punto risible la no aceptación del nuevo orden por él establecido. Para hastío y envidia de sus detractores, está marcando una era mágica en un tiempo donde hacerlo es mucho más difícil, habida cuenta que los adversarios son muchos y más potentes y ya no se está en los albores de la futbolcracia.

Messi es el fútbol y pobres de aquéllos que no sepan verlo y se dediquen a distraer al personal con maniobras propagandísticas.

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