messi

Messi ha pasado ya por casi todas las fases que se le presuponen a una gran estrella del fútbol. Facilitó la transición del equipo de Ronaldinho y Rijkaard al inolvidable Barça de Guardiola, acompasó los éxitos colectivos con los propios, participó activamente en decisiones capitales del vestuario y atrajo a tantos inversores a su club como a la empresa gestionada por un patriarca que hizo y deshizo a su antojo. Espectáculo, títulos, publicidad y dinero, siempre hermanados en el ‘show business’. Pero, por encima de todo, Messi siempre fue un generador de sueños. Concepto que muchos parecen haber olvidado en los despachos, tanto en los de su club como en los que ocupan sus flamantes nuevos asesores. Mal asunto.

El delantero argentino regresa a Barcelona después de haber completado el proceso de recuperación de una lesión cuyo componente psicológico siempre pesó más sobre el físico. Pero hay cosas que ya nunca más volverán a ser igual, por mucho que Sandro Rosell se apresure y convierta a Messi en el futbolista mejor pagado del mundo. Sin aclarar antes el presidente si la prima del fichaje de Neymar había desordenado la escala salarial del vestuario, o si la proclama vertida por el vicepresidente Javier Faus, contrario a aumentar el sueldo cada seis meses al mejor activo de la entidad, era en realidad una opinión extendida en la junta o fue un simple resbalón de una de las piezas claves del ‘rosellismo’. Un directivo caído ahora en desgracia ante la alegría de quienes lo veían como futuro opositor a la poltrona.

Allá por 1958, el periodista Gay Talese ayudó a un antropólogo llamado Ray Birdwhistell en la confección de un artículo, maldito en su época, y en el que, entre otras consideraciones, se hablaba de la desconfianza que suele establecerse entre el capataz y el deportista: «Los profesores que desprecian a los atletas son, sugirió Birdwhistell, individuos que de niños con toda probabilidad se vieron desdeñados por los deportistas, o quizá perdieron la batalla de la posición social con estos, o quizá simplemente les contraría el hecho de que los deportistas a menudo sean tratados como vacas sagradas por una administración ambiciosa».

Y en el Barça, ya se sabe, no hay encorbatado que acepte una derrota en esa guerra fratricida por la posición social con sus empleados más cualificados. Ahí están las hemerotecas para recordarnos las veces que el gobierno del club pasó de la planta noble al vestuario, o todas y cada una de las huidas de grandes estrellas del Camp Nou.

El problema es que nadie en el Barcelona ha sabido advertir hasta ahora que Messi ya no mira al suelo cuando habla. Que el delantero tiene poco que ver con aquel niño taciturno que manejaba los silencios –y los SMS– como nadie para comunicarse con un club que asiste con perplejidad a la madurez del futbolista. Un chico al que no le importa dejar atrás al que había sido el ángel de la guarda de sus músculos durante tantos años –Juanjo Brau–, y capaz de arremeter sin complejos contra la estructura financiera de Rosell, representada por Faus. Andanada que, si bien fue programada con mimo por ese nuevo círculo de asesores que guía ahora a un jugador dispuesto a profesionalizar sus negocios, contó con el entusiasmo particular del principal interesado, al que nunca se le había visto tan seguro.

Y los capataces, que quizá sigan sin entender de qué va el asunto, incapaces de interpretar la evolución personal de un futbolista que ya no se deja manejar por la industria, lo intentarán solucionar todo con un aumento de sueldo que dejará contentos a todos los planetas que gravitan alrededor del astro. Habrá que ver si a Messi también.

Francisco Cabezas es periodista y Jefe de Deportes de El Mundo de Catalunya.