Más Bayern y menos Messi

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Prácticamente un año después de caer con estrépito en semifinales de la Champions League, el Barça sigue deambulando no muy lejos de aquel lugar en el que entregó su cetro de mejor equipo del continente. La eliminatoria ante el City deja a las claras la aún demasiado prominente influencia de Messi que, a su vez, vuelve a demostrar que está un peldaño por encima de todos cuando está motivado. Es altamente improbable, aun así, que el Barça consiga llegar a Lisboa acogiéndose únicamente al genio de Messi. Quedan mejores equipos en la competición que el City y ya van sobre aviso: parar a Messi significa parar al Barcelona, a pesar de que el astro se disfrace en las grandes noches de artificiero y no tenga problemas en derribar cualquier tipo de muro que se interponga entre él y la red.

En estas ligas de más de noventa puntos con las que nos están obsequiando Barça y Madrid en los últimos años, existe una amplia corriente que atribuye estos números a Messi y Ronaldo. Sin ellos, dicen, las Ligas serían de 60 o 70 puntos como lo fueron en los primeros años del nuevo siglo. Personalmente, difiero de esta hipótesis y culpo más al cada vez menor nivel de los equipos de la Liga y a los cada vez mayores presupuestos de los grandes como grandes responsables de los cien puntos. El Atlético de Madrid este año es el mejor ejemplo de ello: por delante del Barça y a sólo tres puntos del Madrid. Diego Costa está completando una temporada fenomenal, pero él solo es incapaz de sostener al equipo en la segunda plaza de la Liga. Es el sentimiento de equipo y la intensidad lo que tiene al Atlético en cuartos de la Champions League y peleando por la Liga.

Otro caso más conocido es el del Bayern, que alzó todos los títulos en juego el pasado año. Sí, los bávaros se paseaban por los campos de la Bundesliga como si estuviesen poseídos por el espíritu del blitzkrieg, pero fueron capaces de llevar ese dominio a Europa. Y lo hicieron sin Messi ni Ronaldo. Ribéry y Robben son grandes jugadores, si bien se hallan lejos de los niveles de los dos jugadores más imponentes del fútbol mundial. El éxito del Bayern de Heynckes iba desde Neuer hasta Mario Gómez y prueba de ello es que Franck no se llevó el Balón de Oro: en un conjunto con el protagonismo tan repartido hubiese sido injusto premiar solamente a Scarface. Jupp armó un equipo a prueba de las más sofisticadas bombas tácticas, en el que anular a Ribéry suponía dar alas a Arjen o exponerte al inexorable castigo que conllevaba dejar solo a Mario. Y todo respaldado por un motor de ingeniería alemana, con una pareja pétrea en Schweinsteiger y Javi Martínez.

Obnubilado por los números de dibujos animados de Leo, el Barça se ha olvidado que sus mejores años han llegado cuando el protagonismo no recayó únicamente en el rosarino. En 2009, Henry y Eto’o amasaron una cantidad de goles y de defensas ingente que permitió al argentino explotar como mejor jugador del mundo. En 2011, fueron Villa y Pedro los encargados de allanar el camino a la gloria. En 2012, Messi marcó la alucinante cifra de 92 goles y el Barça sólo se hizo con la Copa del Rey. Sus recientes lesiones, junto al declive de Xavi, sólo han expuesto más las carencias del equipo, demasiado entregado en los últimos años al genio de Messi, convertido en la Roma del Barcelona. Todos los caminos llevaban hacia él y, por ende, cuando un equipo se encargaba de cortocircuitar los pases a Leo el Barça se sumía en una depresión ofensiva.

La eliminatoria de octavos de Champions League ha servido para conocer que el nuevo Barcelona de Martino sigue arrastrando una dependencia excesiva del mejor jugador de la historia, lo cual no es un buen presagio de cara a las opciones de los culés para levantar la orejona. Zubizarreta volvió a dejar los deberes para el año siguiente y ya no hay demasiado que se pueda hacer, más que esperar que Neymar explote en el jugador que está destinado a ser y que Iniesta y Cesc mantengan el nivel para suplir el que se va escurriendo de las piernas de Xavi. Y que sea lo que Messi quiera.

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